Siempre es bueno tener a un historiador a la mano

Entendemos que “bildu” significa “reunir (se)” en euskera, e invoca la coalición electoral y parlamentaria de un poco más de una década, fundada en la independencia vasca e integrada al polo soberanista conformado por varios partidos y agrupaciones afines.  Dándole una característica y lenguaje a la política española,  Pedro Sánchez también ha negociado y pactado continuamente con la actual bancada parlamentaria de la extrema vascongada para mantener a flote al gobierno que preside, consabido el elevado y riesgoso espíritu  pragmático que lo distingue.

Es tal ese espíritu que le importa un bledo transarse sobre los principios a los que se aferran sus socios, aunque tuerza la trayectoria política e histórica del partido al que pertenece, y, haciendo mérito junto a José Rodríguez Zapatero, confundirse con una izquierda que ha hecho el contramilagro de  hundir a Venezuela, como la sucursal chavista de Podemos en los predios ibéricos, y con sendas expresiones que apuestan a la desintegración española. De esta manera, recientemente, ha extendido la investigación memorial de los crímenes del franquismo hasta 1983, haciendo la concesión a Bildu y a ETA de una biografía nada envidiable, lo cual significa, como coinciden los columnistas F. Jiménez Losantos (El Mundo), e Ignacio Camacho (ABC), al iniciarse el mes de julio del presente año, que la Transición, la Constitución de 1978, y los gobiernos que llegaron al primero de Felipe González, por lo menos, forman parte de la prolongada era que cubrió el Caudillo,  por la Gracia de Dios. 

La legítima necesidad que determinados sectores políticos y sociales puedan sentir por la reinterpretación histórica que crean la más justa, fuerza al debate de origen y soporte académico que se haga manifestación de una no menos legítima demanda de reivindicación; esto es, sobre bases objetivas, reales y concretas, es posible plantear y compartir otra perspectiva social en torno al pasado. Sin embargo, es contraproducente y riesgoso convertirlo en un esfuerzo de  profundo e interesado sesgo y sello partidista, sirviendo a la causa ultranacionalista, por ejemplo;  o a cualesquiera otras causas que pretenden, otro ejemplo, una versión diferente de la Transición, como la ensayó Pablo Iglesias, echando mano de meritorios, aunque insuficientes, historiadores para darle soporte y legitimidad a la propuesta de poder que lideraba.

El fenómeno ha ocurrido y ocurre en Venezuela, satanizado hasta lo indecible el ya lejano período del Puntofijismo, a modo de ilustración, por una parte,  con una versión extraordinariamente maniquea que se ha querido imponer a través de una ley para la memoria histórica paradójicamente  olvidada, promulgada en 2011, si mal no recordamos, por cierto, personalmente cuestionada en una sesión parlamentaria por el suscrito.  Y, por otra, con referencia a específicas escenas ya históricas que se las desea para el fuelle político de los días que corren, sin éxito, como los sesenta años que cumplió el llamado Porteñazo que TeleSur, bajo control cubano, divulgó como un alzamiento anti-imperialista ante el sanguinario gobierno de Betancourt que, mínimo, desconociéndole el más elemental deber de defenderse, implicó el innecesario baño de sangre de una decisión descomunalmente temeraria de alzarse; valga acotar, no por casualidad, la laureada fotografía de Héctor Rondón Lovera del malherido soldado Andrés Quero, auxiliado por un sacerdote Luis María Padilla, fue tomada en La Alcantarilla, sector donde fueron liberados más de ochenta guerrilleros que estaban presos y cabe preguntarse,  ¿no fueron los autores de los disparos que dieron con la humanidad de Quero?

Y, finalmente,  tampoco es casualidad que, en nuestro país, ya no estemos familiarizados con un número importante de historiadores profesionales que no temieron polemizar públicamente, como los que tuvimos al despedir el siglo XX, ahora, ausentes, bajo la censura y el bloqueo informativo, sin que los oficiales y oficiosos se hagan sentir.  Siempre es bueno tener a la mano a los más honestos especialistas, como creemos que ya es urgente a España, recuperando el espíritu de aquella saga de profesionales que ostentó, sin   transarse con la mentira.

Luis Barragan
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