Regímenes de desestructuración

«Entre esos dos muros camina gente 

vestida con el color del polvo, interminablemente, 

sin la esperanza de una hojita verde de los 

jardines que hay detrás de los muros. 

¡Abrir puertas en esos muros, como sea, abrir puertas!»

Gabriele Tergit (*)

De una espesa mezcla de errancia, polvo y gases urbanos estamos cubiertos, al andar todos con la otra mezcla de lentitudes y prisas. Quienes mandan hoy en Venezuela,  cuentan con identidad, una identidad forjada por los privilegios que otros, en la proximidad, ensayan, mientras que el resto la va perdiendo, divagando, arropado por la intemperie, buscando puertas y ventanas por donde escapar, entre las paredes de esta gigantesca prisión en la que se ha convertido el país.

Los regímenes de fuerza tienden a prolongarse en la medida que quiebran   resistencias, desestructurando a la sociedad que tienen por coto de conquista y de caza.  Jamás fue una invención aquello del primer torpedo que siempre estuvo destinado a la familia, rompiendo la unidad, la cercanía  y la intimidad que la caracterizan al promediarla.

Es lo que ha ocurrido, por una parte, al auspiciar el exilio masivo orientado a la definitiva y, a veces, cruel desestructuración familiar. Cada vez menores lucen las oportunidades para un reencuentro, esparcidos por el mundo los integrantes de un hogar que, desde los más remotos tiempos, los convocó el solo hecho de tener el mismo apellido, y, sobre todo, el común afecto y el apego constituidos en un formidable patrimonio.

Por otra, cada vez son más amplios los sectores sociales en el país, golpeados por la desescolarización. El quebrantamiento de la escuela que complementó y hasta fungió como reemplazo de la casa misma, encamina tempranamente a los niños y adolescentes hacia el hampa, jurando encontrar amistad y explicación en las bandas criminales. Y esto, fundamentalmente afecta a los más vulnerables e indefensos estratos, como si varias bombas nucleares de tiempo estallaran para despedazarles calculadamente las esperanzas y evaporar la fe.

Cualesquiera instituciones de la sociedad asediada, constituyen sendos objetivos para las camarillas desestructurantes del poder, pues,  la mafia política está por encima de la propia familia biológica, añadidos los testaferros. Todo le es efímero, intrascendente y susceptible de simulaciones, salvo el presente y sus sonantes y campantes contabilidades. 

(*)           “Los Effinger. Una saga berlinesa», Libros del Asteroide, Barcelona, 2022:  393.

Fotografía: De-puertas adentro ©Maribel-Gijon. 

Luis Barragan
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