Juventud

Demográficamente, el futuro venezolano se ha convertido en una gigantesca e incómoda incógnita, incluso, para la región.  Lo será mientras dure el régimen socialista que prácticamente ha subastado el territorio nacional logrando expulsar a millones de coterráneos,   trastocado en  base militar para la expansión del Estado Criminal, con los habitantes sólo indispensables para el saqueo de sus recursos naturales.

Puede aseverarse que la población ha envejecido casi repentinamente por la salida masiva de quienes físicamente lucen más aptos para sobrevivir en el extranjero a través de los más variados oficios y horarios extenuantes, disminuyendo acá, seguramente, las expectativas de vida por razones que no debemos circunscribir exclusivamente al Covid-19.  Obviamente, como en casi  todos los ámbitos que atañen al Estado,  no hay cifras que sean capaces de orientar la más modesta opinión, por lo menos, firmes y confiables, calculado el número de habitantes por las tomas satelitales de una nocturnidad que toma en cuenta la quiebra de la industria eléctrica, por ejemplo.

Finalizando la década de los setenta del veinte, mientras hubo mercado editorial por estas latitudes, circuló en nuestro país el título de un prolijo autor, bajo el exitoso y barcelonísimo sello de Plaza & Janés  de entonces, cuyo ejemplar de tapas duras todavía conservamos: “Historia social de la juventud” de Víctor Alba.  Y, aunque eran otros nuestros estudios formales, lo leímos con entusiasmo y  contribuyó mucho a nuestra perspectiva personal, e, incluso,  junto al sociólogo Orlando Albornoz, nos permitió esbozar  una ponencia sobre las juventudes políticas para un congreso ideológico realizado a mediados de los ochenta.

El caso está en que sólo puede tenerse por juventud lo que una determinada sociedad tenga por tal, siendo la fórmula sustancial del amplísimo recorrido histórico y sociológico al que se atrevió Alba, tras los años sesenta que ciertamente nos parecen cada vez más extraños.  Acotemos, decenio en el que,  desde los países desarrollados,    el principal hecho revolucionario consistió en el descubrimiento comercial y político de una edad por siempre prometedora, así no fuese realizadora: la sola vivencia de una circunstancia  juvenil,  constituía un mensaje y una garantía de cambio que combinaban muy bien con la izquierda marxista que consiguió una ambientación tan extraordinaria como la cubana, aunque – por entonces – nadie imaginaba que Miguelito Jagger cantaría con casi ochenta años de edad a cuestas, y que la dictadura habanera alcanzara las perfecciones hoy adquiridas y exhibidas con desenfado.

Por estos tiempos, excepto pertenezca a los círculos privilegiados del poder, fuera o dentro del país, todo joven llega aceleradamente a una adultez prematura. La situación hogareña y personal lo fuerza, demasiado frecuentemente, como nunca antes se vio, a abandonar los estudios y probar con cualesquiera oficios para contribuir al mantenimiento de la casa.  No obstante, el discurso político dominante lo halaga, encumbra y sostiene con una sorprendente extemporaneidad, como no lo hace el novísimo mercado de bienes y servicios que muy bien segmenta las edades, las caracteriza y jura llenar sus expectativas.

Vale decir, por una parte,  la dirigencia política realza a los muchachos, como si viviésemos en los años sesenta, aunque a título de inventario, pues desprecia y niega todo gesto de rebelión.  Y sentimos que buena parte de los muchachos se come el cuento y, nada creativos, reflexivos y actuantes, experimentan un cierto narcisismo del Michael Jackson que Eloy Silvio Pomenta y Juan Liscano tanto denunciaron decenios atrás. 

Por otra, el reimpulso económico que ha tomado el régimen, sin que tengamos certeza alguna de sus limpios, directos y legítimos motivos,  se ha cebado en un segmento de la juventud que accede a cantidades importantes de divisas y, aun siendo ínfimamente minoritario,  ejerce una perversa pedagogía sobre contemporáneos y coetáneos.  Una versión hedonista de la vida,  induce al apoyo de un orden de cosas que privilegia, diferencia y potencia el target más conveniente para los fines eminentemente mercantiles a la vez que políticos en boga.

La oposición real y convincente, luce confusa ante el fenómeno quizá marcada por los comienzos de una centuria en la que destacaron varios dirigentes treintañeros, o cercanos a una edad en la que se creyeron naturales promotores y estelares protagonistas de un cambio inevitable respecto al régimen que, desde los tiempos mismos del noviciado, ya castigaba a la población.  El propio Chávez Frías estimuló y promovió tamaña creencia entre los adversarios u oponentes, entre los cuales habrá aquellos que han disfrutado presencialmente de algún concierto de Miguelito,  aunque – ya siéndolos – desprecian la palabra “viejo”.

Estamos a tiempo de atender el problema demográfico que ha creado el socialismo del siglo XXI, planteando una perspectiva adecuada para una futura solución.  Por supuesto, el asunto no es nada divertido, así hablemos de los jóvenes.

Luis Barragan
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