De los oficios de crisis

Por más de dos décadas, hemos observado el ingenio comercial de quienes, con o sin preparación técnica o académica, han debido lanzarse a la calle para intentar llevar el pan a la casa administrando en todo lo posible la desesperación.  Recordamos el comienzo de un admirado vecino que, después de gozar de un empleo estable y bien remunerado, acorde a su experiencia y destrezas, la empresa cerró y se fue del país: superó la vergüenza (por cierto, propia  de la ya vieja clase media), y pasó de vender plátanos en la esquina a ensamblar una carretilla con varios canastos para vender toda suerte de golosinas recorriendo avenidas y calles hasta hacerse de un espacio frente al liceo público del sector. Empero, llegó el coronavirus y bregó con la policía cerca de la casa para vender sendos botellones de agua, alquilando por fin un kiosco que ocupa a su familia desde las horas de la  madrugada hasta las de la noche. 

Apartando a las mafias que controlan el metro caraqueño al colocar a sus buhoneros ambulantes, quienes recorremos de un punto a otro las ciudades y pueblos del país, solemos olvidar pronto el desempeño de quienes caminaban por las largas horas para ofertar sus mercancías o servicios, café y otras infusiones, o la plastificación de documentos. En un viejo reportaje, la periodista Emily Avendaño (El Nacional, Caracas, 21/10/2013), además, consultó con los peatones digitalmente organizados de entonces (Peatones Activos, Una Samplabera por Caracas,  Caracas a Pie, entre otros), reseñando al modificador de una carretilla portadora de una gran corneta para vender cd´s musicales, o el acondicionamiento de un coche para bebé a objeto de ofrecer quesillos, que nos cansamos de ver rodando, añadidos los que empuñaban los termos con bebidas y sopas diversas, los cigarrilleros, etc.

Aclaremos, con ellos no acabó el corona virus ni la catástrofe humanitaria que ya despuntaba, observándose la debacle de los ingresos petroleros en la perspectiva histórica, ya definitivamente estructural, sino el pequeño bombazo atómico de la escasez e inexistencia del dinero sencillo, del papel moneda, del medio convencional de pago. Todavía estaban por masificarse los dispositivos electrónicos de pago, por lo que una extraordinaria legión de desempleados tan injustamente padeció aún mayor hambre, sumados los cantantes de ocasión que peregrinaban con una pequeña guitarra por los locales nocturnos que le daban la generosa oportunidad de un incómodo escenario entre las mesas.

Muy pocos son los andariegos que ahora sobreviven, gracias al cigarrillo o el café y, si los tienen, periódicos viejos, manejando una mínima cantidad de papel moneda de baja denominación de compararlo con los grandes receptores de las camionetas o busetas por-puestos. Ya no se hurga en la basura sólo por comida, sino por aparatos electrodomésticos y electrónicos que puedan reparase o servir de repuestos: personalmente, vimos a alguien que recogió las piezas de un comedor para bebés, reparó las quebradas, lavándolo con afán para luego venderlo por diez dólares a una bazar o quincallería, según nos dijeron luego.

Los oficios desesperados e inaplazables de la crisis, hoy no exhiben el antiguo ingenio, superdolarizado todo intercambio comercial, pero – reparamos en la denuncia – se nos ha dicho que los pocos que lo hacen o logran, sufren los embates de la matraca policial, ya que, técnicamente, un trabajo independiente, le piden una fantasmal autorización municipal o el registro cada vez más costoso de una firma personal.  Puede concluirse, cada vez son menos las opciones para llevar limpiamente el pan a la casa. 

Luis Barragan
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