Entre el hedonismo y el resentimiento

El profesor Seymour Martin Lipset, por su agudeza y aportes teóricos a la ciencia política contemporánea, es considerado indispensable para comprender el cambio político y el funcionamiento de las democracias. En uno de sus más comentados trabajos, “Requisitos sociales de la democracia”, aborda la relación entre crecimiento económico y el fortalecimiento de las instituciones políticas basadas en la voluntad popular, una relación aparentemente lógica pero, no obstante, siempre hay que recordar que puede darse en el campo de los hechos una sociedad con crecimiento económico que coincida con una desigualdad extrema.

En tales casos, Lipset advierte que un contexto de desigualdad material provoca modificaciones en la psicología social de las clases superiores, de las elites, que las hacen refractarias a la democracia. De hecho, las elites pueden desear, intensamente, levantar un muro infranqueable entre ellos y los desamparados antes que propender a un sistema democrático que implique la participación de las mayorías en la toma de decisiones. 

En sus claras palabras, “cuanto más pobre es un país y más bajo es el nivel de vida absoluto de las clases más bajas, mayor es la presión sobre los estratos superiores para que traten a las clases inferiores como seres que quedan fuera del ámbito de la sociedad humana, como vulgares, como innatamente inferiores, como una casta inferior. Las marcadas diferencias en el estilo de vida entre quienes están en la cúspide y quienes están en la base hace que esto sea psicológicamente necesario. En consecuencia, los estratos superiores también tienden a considerar los derechos políticos de los estratos inferiores, especialmente el derecho a participar en el poder, como algo básicamente absurdo e inmoral. Los estratos superiores no sólo se oponen ellos mismos a la democracia sino que su conducta política, frecuentemente arrogante, ayuda a intensificar reacciones extremistas por parte de las clases más bajas».

Según la ENCOVI 2022, nuestra sociedad se hace cada vez más desigual, al punto en que los ingresos del decil poblacional de mayores ingresos y el de los más bajos tiene una diferencia de 1:70, una abismal proporción. Somos el país más desigual del continente, en el continente más desigual del planeta. Si las presunciones teóricas de Lipset son correctas, la observación en el medio social debe ser que cada vez son más las personas entre las clases privilegiadas sumergidas en una actitud hedonista, individualista, que son capaces de decir, al igual que Maluma, “no tengo porque opinar sobre derechos humanos, yo vengo a disfrutar de la música y el fútbol”.

Aún peor, se harán cada vez más corrientes ideas que promuevan el voto censitario, es decir, que el voto debería ser para la gente que tenga estudios (casualmente, la gente que puede estudiar en una sociedad tan desigual es una exigua minoría). Y que, pese a que exista un evidente régimen autoritario, que viole derechos humanos y sea objeto de investigación internacional por ese motivo, la conseja de quienes tienen mayor capacidad para difundir sus ideas en los medios de comunicación masivos, las clases pudientes, es que todos debemos solo dedicarnos a trabajar y dejar que las cosas fluyan solas (si es que fluyen).

El descubrimiento es que la campaña oficialista del “Venezuela se arregló” encontró de frente a unas elites entusiasmadas con el cinismo gubernamental. Finalmente, éstas encontraron un régimen político similar al que existía en Venezuela antes de 1945 y que es infinitamente más represivo para mantener a raya a la chusma, a los “pata en el suelo” y a los apargatudos. La segunda advertencia de Lipset es la más problemática, como pudo leer la mente atenta, es que así como en las clases altas crece la auto – referencia y la arrogancia, en las clases bajas se incrementa el resentimiento y la ira difícilmente contenida. Una sociedad tan absurdamente polarizada está más cerca de un baño de sangre que de establecer una democracia, en realidad ¿somos conscientes de los riesgos?. 

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