Maletín de mano

Vigente en otras latitudes, en Venezuela ya no se ve ya el clásico maletín especialmente diseñado para guardar y trasladar  los  instrumentos portátiles básicos para un médico.  Posiblemente mejorado y con tendencia al cambio, el exitoso diseño universal que identifica el oficio, entre nosotros, únicamente está asociado a la figura y representación de José Gregorio Hernández que, al parecer, no corría el peligro de ser asaltado camino a atender a los más pobres en las humildes viviendas de una ciudad empobrecida.

Desde hace muchos años y quizá exactamente los que corresponden al presente siglo, el maletín en cuestión ha desaparecido de la vida cotidiana, reemplazado por el estetoscopio al cuello, como símbolo y señal de la profesión.  Acaso, por apuro o descuido, es lo único que se permite el galeno al entrar o salir de una clínica o de un hospital público, considerado éste como de guerra.

Frecuentemente,  el instrumental médico de uso inmediato se lleva en modestos morrales, como le ocurre a todos en este lado del mundo con sus pertenencias personales y no sólo por lo práctico y cómodo, sino por la más elemental prevención.  E, incluso, morrales nada vistosos, preferiblemente, los consabidos de tricolor que regalaba el régimen en las escuelas y, despojando a los hijos, ha caracterizado a los adultos de los más precarios sectores de la sociedad.

Algo darán por un tensiómetro, varias jeringas, o algunas pastillas que pudiera llevar el profesional de la medicina temeroso también de un secuestro que lo ponga entre la vida o la muerte, en el caso que se le pida salvar a un jerarca del malandraje.  Por supuesto, hay hurtos famélicos, pero también pasan por tales los que organizan y administran alguna pandilla, forzando a los más menesterosos para cometerlos. 

Todo instrumental portátil ha de disimularse en territorio venezolano, así fuere un oxímetro, un nebulizador o un glucómetro, pues, en el reino de la escasez de productos de alta tecnología y pronto abaratamiento en otras latitudes, tratándose de la salud, el modelo económico del socialismo los encarece superlativamente. Los hay de  un ingenioso diseño, además, atractivo para que los niños crean que la mascarilla de respiración es el inicio de un juego, aunque más de las veces el regaño se diga suficiente al acercarlos a los vapores incomprensibles de una olla que hierve las plantas medicinales recomendadas por el curandero más cercano.

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