La menina faltante

En las últimas semanas, el recorrido a pie por importantes sectores del municipio Chacao ha sido atractivo para numerosas personas que se (auto)fotografían al lado de unas damas vestidas a la usanza palaciega de mediados del siglo XVII. Cada menina, faltándole paje que la acompañe, hecha  de un material resistente a la intemperie, expone un distinto motivo venezolano: paisajístico, petrolero, infaltable Bolívar al lado de cantantes, beisbolistas o diseñadores de moda.

El no menos venezolano Antonio Azzato es el autor que exhibió años atrás sus piezas en las calles madrileñas y varias ciudades andaluzas, y, ahora, ha roto con el hastío caraqueño, aunque los ibéricos cuestionaron la versión que conocieron a juzgar por un reportaje de @begogomezurzaiz, publicado en El País hacia 2020 (https://elpais.com/icon-design/arte/2020-11-04/meninas-esculturas-intervenidas-pintadas-madrid.html).

El celebérrimo lienzo de Diego de Velásquez, protagonizado por el entorno en vez de la infanta Margarita de Austria, hija de Felipe IV, es un formidable pretexto  para la crónica reciente del país; agreguemos: la crónica censurada, porque luce – por ejemplo – pertinente una estampa del tristemente célebre El Helicoide, como alcanzamos a ver rápidamente en las redes digitales, sin lograr retener el anónimo diseño, creativo y alterno en cuestión. 

Acaso, la más importante de las meninas es la quizá espontáneamente dibujada al pie de la significativa escultura de los niños con el papagayo, a la entrada de Parque Cristal, referente por mucho tiempo de las grandes protestas citadinas contra el régimen.

Objeto de los habituales actos vandálicos, desde hace algunos años no cuenta con la placa que registraba a Teresa Cabello y a Marianela Ruíz, como la escultora y vitralista respectivamente, por lo que los trazos llenan un importante vacío. 

Inexpertos en la materia,  estamos lejos de juzgar la obra esparcida en el muy transitado municipio, aunque – intuimos – el mayor de los atrevimientos probablemente hubiese sido convertir a las meninas en una suerte de muñecas inflables de las que se conocen en el mundo de los implementos o juguetes sexuales.

Se nos antojan demasiado convencionales en la presente versión, cónsona con el propósito de no alborotar o escandalizar a la opinión pública para evitar los riesgos políticos de fácil adivinación. Sin embargo, por convencionales que nos parezcan, fueron celebradas las elegantes y mudas mujeres que se aceptan como parte del día y de la noche, metropolitanas.

Más de veinte años de retrocesos en materia cultural para un país que fue de grandes y modestos artistas, museos y galerías, con una fuente periodística cada vez más especializada, y, hoy, es lo que es, constituye una noticia todo objeto estético, sugestivo, distinto que se nos atraviese, incluso, para satisfacer los consabidos requerimientos y hábitos digitales en boga.

Unos son más imaginarios y, así, verdaderos, mientras que, otros, más realistas y falsos en esta espiral aparentemente irremediable del tedio que nos aqueja.

(*)        “Terra nostra”, Joaquín Mortíz, México, 1975: 240.

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