Quisiera ser una tía

Hace unos días, el colegio de mi hijo envió un comunicado que decía: “Los alumnos no tendrán actividades el viernes”. Y de sólo pensar que ese día trabajaría con Tobías en casa, sabría que mi agenda quedaría así:

7:30 am – Preparar una clase de stand-up comedy.

8:00 am – Decirle a Tobías que se cepille.

8:15 am – Comenzar un guion.

9:15 am – Decirle a Tobías que se cepille.

9:30 am – Editar mi podcast.

10:30 am – Cepillar a Tobías con el cepillo de la poceta.

Todo lo cual hace que termine tan estresado como un motorizado que termina su día sin haber partido ningún retrovisor. Algo muy egoísta de mi parte, pues me hace recordar la cantidad de veces que mis tías nos recibieron en sus casas. En una época donde además no había celulares que les permitiera grabar evidencias de que nos comportábamos como monos de zoológico al ver comida.

Porque para una mamá, las tías vienen a ser como la pastilla del día después, pero una década después. Pues justo cuando los papás ya están enloqueciendo al punto de hablar dormidos diciendo “Tobías, cepíllate los dientes”, recuerdan que tienen dos opciones para salvarse. La costosa (irse sin hijos a un resort en Punta Cana) o la barata (dejarlos, cual cargamento de escombros, en ese relleno sanitario llamado “La Tía”). Obviamente optan por la barata (aunque ya descubrí que las tías aceptan ese favor para después cobrarlo con un viaje a Punta Cana).

Pero mis primos y yo se las pusimos bien difícil a mis tías -como quien trata de hacer dieta en pleno diciembre. Primero, porque siempre les pedíamos cantidades de comida tan grandes como para alimentar a un luchador de sumo con un hermano siamés. Y ellas nos alimentaban contentas, como si su cocina fuese el bufé de un resort en Punta Cana (porque ya se visualizaban en su viaje).

Lamentablemente había que quemar ese exceso de calorías de alguna forma. Nuestra primera opción era entrando al ascensor del edificio de una de mis tías para apretar todos los botones y dejar ese tablero tan iluminado como casino de Las Vegas. 

Si no, jugábamos a boxear en el apartamento de otra de mis tías y dábamos una pelea tan buena y escandalosa, que la vecina de abajo terminaba apostando grandes cantidades a su favorito: el oficial de policía que venía en camino.

Hubo la vez en la que jugamos béisbol en el edificio de otra de mis tías y terminé dando un jonrón tan majestuoso, que rompí un empate, rompí un no-hitter y rompí un parabrisas.

En otra ocasión, nos colamos en una reunión de amigas de otra tía y la decepcionamos cuando quebramos el envase de una fragancia muy importante: un peo líquido. Aunque después nos disfrutamos ese momento con el mismo morbo de un guardia nacional que acaba de lanzar una bomba lacrimógena.

También estuvo el día en que una tía se fue a dormir y nosotros aprovechamos para salir a la baranda de su balcón, en el piso 25, y hacer esa prueba que la raza humana fijó para determinar quién es el macho alfa de la manada: orinamos al vacío para ver cuál chorrito llegaba más lejos.

A pesar de todo eso, mis tías siempre nos respondían con cariño y con los mejores trucos de tías para la vida. Por ejemplo, nos enseñaron que puedes hablar de sexo en público siempre y cuando uses una palabra clave. Yo por eso me refiero al sexo utilizando una palabra casual que no levanta ninguna sospecha. Uso “Parangaricutirimícuaro”. 

También nos enseñaron que el poner sobrenombres no es bullying, sino la forma más sencilla de expresar amor. Porque ellas solas crearon más apodos en nuestra familia que un liceo entero. Motes como Pepa, Lubito, Televisión, Roca, Tami, Pisa, Caraota, Pitico, Lele, Luli, Tata, Manicomio, Pedacito de gente, Uva, Tiz, Charro, Grillo, Coco, Pito, Karibú y Lililú; haciendo que una reunión de mi familia ya parezca una serie de Cartoon Network.

Es por esto que ya no me preocupo cuando el colegio de Tobías me informa que no tendrá actividades. Más bien me parece una oportunidad para que él comience a verme menos como un papá y más como una tía. De hecho, desearía que mis hermanos leyeran esto para que ahora me manden a sus hijos por unos días. Juro que se los regresaré muy bien portados. No hará falta pedirles que se cepillen los dientes. 

Y por si acaso se lo preguntan, agosto es perfecto para ir a Punta Cana.

Reuben Morales
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