A la libre

Las aún más sencillas y disímiles transmisiones digitales dieron al traste con la industria convencional del entretenimiento, tardando naturalmente sus años.  Habilidosamente gratuitos algunos servicios, son de una extraordinaria y rentable habilidad publicitaria, cuentan con una audiencia y adscripción millonaria igualmente inestable por la competencia, innovación y fiera rivalidad de las aplicaciones.

Faltando poco, ha hecho a la industria cada vez más cómoda y accesible: nada aparatosa y desprovista del viejo y prolífico cableado, desde el móvil celular o el reloj asimismo catalogado de inteligente, solo requerimos de buena vista y oído, además del oftalmólogo y más adelante el otorrino que darán cuenta de nuestros fanatismos. Los problemas de mayor frecuencia en las redes abonan a la propiedad intelectual y a las noticias o hechos falsos, departamento éste circunscrito recurrentemente al mundo político. Sin embargo, es necesario tomar precauciones respecto al mundo de la salud. 

En días pasados, nos comentaron de una cuenta que aconsejaba, por ejemplo, la sustitución inmediata del fármaco para la hipertensión arterial  a favor de un grupo de insumos naturales y, una vez consumidos los frutos licuados a temprana hora, al segundo día, hubo que llevar a la persona de emergencia al médico porque hubo un par de ingredientes contraindicados. Simplemente, la cuenta no señaló los peligros de una receta que, por natural, presume que no comporta riesgo alguno y bajo ninguna circunstancia. 

El ejemplo anterior tiene sus equivalentes en otras numerosas áreas afines o extrañas, como una actividad comercial o una asesoría jurídica, pretendiendo la más completa universalidad de respuestas y soluciones.  Y tanto o más delicado es el problema, al tratarse del ámbito psicológico o psiquiátrico.

Ahora bien, aparentemente libérrimas, las redes requieren de un mínimo de certezas y de responsabilidades, incluso, penales, si la hubiere, aunque esto que apunta a una dimensión, la del Estado, no debe acarrear controles absolutos o algo semejante que impida el libre flujo de sus participantes. En la vida real y cotidiana, un elevado porcentaje de las previsiones a tomar dependen más de los niveles de conocimiento y de sensatez de las personas para sobrevivir que de la omnipresencia del Estado para protegerlas de todo, menos del Estado mismo.

En efecto, hay un poderoso sentido común que impide andar por determinados lugares y horas más propicias para los delincuentes, o evitar el consumo de comida chatarrera y callejera, frente a un Estado ausente o que no ejerce los adecuados controles sanitarios, como suele pasar en Venezuela.  Y el empleo de las redes implica también el de la mesura más elemental, como la de indagar o consultar en tiempo real sobre el perjuicio de determinados productos, ejercicios, recomendaciones, inversiones, adscripciones, etc., pues, salvo casos demasiados graves y calamitosos que justifiquen el costo de una verificación de responsabilidades, la mayor parte de los casos quedan impunes.

Ciertamente, las redes digitales suelen andar a la libre y el mundo no se ha acabado. Una cosa es que el Estado, cuando realmente lo es, ha de emplear eficazmente sus delimitadas, concretas y específicas competencias, y muy otra asumir que lo necesitamos a todo evento porque somos enteramente estúpidos frente al teclado. 

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