El Partido de la Muerte

Europa arde en llamas a mitad de la Segunda Guerra Mundial gracias a los ánimos expansionistas del Tercer Reich. Tras la invasión de Polonia, las tropas alemanas continúan avanzando de modo efectivo con su estrategia del “Blitzkrieg” para ocupar Dinamarca y Noruega, luego Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos y Francia, desde donde despachan aviones para bombardear las principales ciudades de Inglaterra.

A principios de 1942, el mayor peligro para Adolf Hitler es el frente abierto contra las fuerzas de la Unión Soviética. Por ello planea, bajo el mando del general Enric Koch, la “Operación Barbarroja”, un intento por hacerse camino hasta Moscú, plantando sus tropas frente a Ucrania para marchar sobre Kiev.      

El mismísimo “Führer” ordena a su general, uno de los más sanguinarios y crueles militares en la nómina, tratar a los ucranianos como una raza inferior que debe ser esclavizada o erradicada de la faz de la tierra. Entre una serie de medidas atroces, como clausurar escuelas, deportar, perseguir y exterminar a más de cinco millones de personas, además de inaugurar los campos de concentración de Janowska y Syrets, también, cosa curiosa, prohíbe los partidos de fútbol.

El motivo de tan extraña providencia se debe a la vinculación de los clubes de la ciudad con agentes de la policía comunista y el Ejército Rojo como fundadores de los mismos. Es por esa razón que los equipos Dynamo Lokomotiv se disuelven. A pesar de ello, aunque despichen todos los balones en el vecindario, cualquiera puede coser uno e inflarlo para que siga botando el cuero en canchas improvisadas.  

Por esos días un hornero llamado Iosif Kordic, encargado de la panadería estatal número tres de Kiev, reconoció la cara de un mendigo limosneando en la calle. Se trataba de Mykola Trusevyc, guardameta del Dynamo, equipo de sus amores. Lo trató con respeto, le ofreció comida, empleó como barrendero y entabló amistad con quien consideraba un ídolo, pidiéndole ubicar a sus antiguos compañeros del equipo, al igual que algunos del Lokomotiv, para sacarlos de la indigencia, darles trabajo, aumentar el pan de cada día y brindarles la oportunidad de seguir practicando el deporte que tanto adoraban. 

Fue así como, de modo clandestino, nació el “FC Start”, contando en sus filas con Mykola Trusevyc, Mikhail Svyridovsky, Nicolay Korotkikh, Oleksiy Klymenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko del Dynamo, así como Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Melnik del Lokomitiv. Todo un once de lujo que, a pesar de estar mal alimentado y equipado, pasó a disputar encuentros contra soldados de las guarniciones húngaras y rumanas, así como los trabajadores del ferrocarril militar. 

Entonces, no tardó en regarse el rumor sobre la fama de aquel imbatible “equipo de panaderos” y los oficiales de la Luftwaffe y la SS pusieron bajo la lupa a Iosif Kordic, sugiriendo arrestar y fusilarlos a todos. El general Koch, en cambio, vislumbró la oportunidad perfecta para exhibir la superioridad de la raza ariana sobre los nativos, levantando un equipo integrado por los más distros jugadores entre las líneas teutonas en aras de jugar contra los tahoneros ucranianos.

Una vez elegidos el portero, defensas, mediocampistas y delanteros del “Flakelf”, pactaron cita para enfrentarse en el estadio Zenit contra el FC Start a principios de agosto, pero, llegada la fecha del cruce, Koch se arrepintió de tan brillante idea al segundo que la pelota comenzó a rodar sobre el césped. El FC Start le propinó una zurra al contrincante que culminó con vergonzoso marcador de 5-1. Apenas sonó el silbato final, no habiendo aprendido la lección, los portadores de la esvástica pidieron revancha.  

Los pasquines de propaganda luciendo el águila negra fueron distribuidos por calles, plazas y parques, convocando al público para que rebosara las gradas y alrededores de la pista olímpica en aras de presenciar tan magno evento.     

El espectáculo se dio en el mismo teatro una semana después, abarrotado de dos mil quinientas almas y ante la vista de altas autoridades del nazismo, entre las cuales resaltaba la figura del temible general Koch. Muchos advirtieron al hornero y jugadores del FC Start sobre posibles represalias en caso de no dejarse ganar, o negarse a saludar levantando el brazo derecho con palma de mano abierta y gritar el “Sieg Heil”.

Podríamos decir que aquel baile comenzó con el pie izquierdo. Al saltar al terreno, resignados, temblando del miedo y el hambre, apenas supieron que el partido sería pitado por un árbitro de la SS de apellido Erwinno pudieron aguantarse las ganas de conservar su dignidad, negándose a responder el ademán y pronunciar el Sieg Heil hacia la tribuna ocupada por el general Koch y sus oficiales.

Por supuesto, apenas el balón se apartó del punto en el círculo central, Erwin, ofendido por semejante desplante, permitió todo tipo de abusos al estilo de golpes, patadas y ventajas para el Flakelf. A pesar de saber que vencerlos podía acarrear consecuencias nefastas, el equipo, además de rehusarse a dar el saludo nazi a sus oponentes, salió a jugar con la misma naturalidad de siempre. Los del Flakelf, claro está, utilizaron toda táctica de un equipo sucio, pegando al cuerpo en vez de la pelota con planchazos, codazos, zancadillas, tirando de camisetas, o pisando los botines. Todo se valía para ellos.  

Aguantaron golpes e injusticias hasta que los germanos anotaron el primer tanto. La furia fue tal que superaron el trago amargo e impotencia de las desventajas cuando, por fin, el árbitro cantó una falta en su favor. A unos cuantos metros de la medialuna, Ivan Kuzmenko, irradiando confianza en sí mismo, la pidió y, al cobrarla, sacó un trallazo que hinchó las redes, haciendo que el estadio entero estallara al unísono, festejando aquella joya de golazo. 

Así comenzó una remontada impresionante que, gracias a la estelar actuación de Makar Goncharenko, quien anotó un doblete, les permitió irse al medio tiempo con ventaja de 3-1. Sin embargo, alguien se le acercó a Kordic en el descanso para susurrarle al oído una frase que le congeló la sangre. El consejo era no salir con la misma actitud al complementario y que se dejaran dominar por el Flakelf, pues, de lo contrario, nada ni nadie sería capaz de salvarlos. 

-El costo de una victoria es caro cuando hablamos de la vida.

Susto, piensan al escuchar amenaza tan escalofriante, pero no pueden desilusionar a sus camaradas por nada del mundo. Igual quieren exterminarlos a todos, así que revelan el mismo ímpetu y arrojo durante la segunda parte. El intrépido de Trusevyc hizo maromas dignas de un gato para tapar o atajar todo cañonazo, sin poder evitar que el Flakelf, ayudado por triquiñuelas del agente Erwin, lograra el empate. Con el partido cercano a su final, cuando muchos llegaron a creer que, durante los últimos diez minutos, el FC Start podía tirar la toalla, o conformarse con la igualdad como solución plausible para sortear problemas, en repentino desparpajo de gallardía se lanzó a la ofensiva de modo avasallante, convirtiendo un par de chicharros en cuestión de segundos. 

Incluso tuvieron una última oportunidad de subir el sexto a las tablas cuando Klymenko recibió un pase precioso de Goncharenko. Al controlarlo, con habilidad asombrosa, se quitó a dos defensas en par de toques, saltó sobre sus barridas, regateó al arquero con un quiebre de caderas que lo hizo caer, y, al estar solo frente a la portería, en vez de anotar empujándola, el muy osado prefirió pisar el balón, girarse y chutar con todas sus fuerzas en dirección del palco en el cual estaban sentados los oficiales alemanes. De ser haber sido una granada seguramente vuela en pedazos al general, así como varios de sus esbirros. 

El triunfo 5-3, al igual que aquel último gesto de irreverencia, fue celebrado y aplaudido por todo el aforo, menos los agentes del nazismo en la zona que aterrizó el pelotazo. En tiempos de horror y miseria, allí estaban ellos para darle aliento a su pueblo, mostrando que, si podían vencerlos en el rectángulo de juego, también eran capaces de hacerlo en el campo de batalla. El general Koch, humillado, echando humo por las narices de la rabieta, impartió órdenes para lidiar con aquellos insolentes y consumar su venganza. 

A los pocos días, los jugadores del FC Start y el panadero fueron arrestados y torturados por oficiales de la Gestapo, presuntamente por ser espías, o miembros de la NKVD, Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética, órgano de inteligencia y represión de Stalin. El primero en morir a punta de porrazos fue Nicolay Korotkikh. Al resto lo despacharon al campo de concentración de Syrets para realizar trabajos forzosos hasta el punto de la mengua. En febrero de 1943, después de oponer resistencia ante los guardias de sus barracas, Ivan Kuzmenko, Oleksiy Klymenko y el portero Mykola Trusevyc fueron puestos frente a un pelotón de fusilamiento y abaleados. Otros, con el transcurso de los meses, sucumbieron ante los demonios del hambre, la sed e inanición, raquíticos, con la piel forrándoles la osamenta. 

Eso sucedió justo cuando las tropas alemanas pasaron a sufrir la derrota en Stalingrado, seguida por los reveses de Kursk, Járkov y Dniéper, episodios que cambiaron el rumbo de la guerra al instante que el Ejército Rojo inició su avance en dirección al oeste para liberar los territorios ocupados. Las fuerzas del Tercer Reich no hallaron más remedio que huir de Kiev y retrasar la vanguardia, abandonando territorio ucraniano. Atrás dejaron campos de concentración atestados de seres que parecían cadáveres insepultos en vez de personas.

Del equipo FC Start únicamente sobrevivieron al holocausto y la guerra cuatro de sus jugadores, Fedir Tyutchev, Makar Goncharenko, Mikhail Svyridovsky y Mikhail Putistin, quienes, luego de experimentar una temporada en el infierno por golear en dos partidos de fútbol al Flakelf como victoria moral en la peor de las épocas, se aventuraron en misión como responsables de divulgar su historia de honor, coraje y bizarría hasta convertirla en parte de la cultura popular soviética. 

En 1981, se erigió un monumento en memoria de aquellos héroes a la entrada del antiguo Estadio Zenit de Kiev, que desde entonces lleva el nombre Start. Se trata de una estatua de bronce, sobre una columna como pedestal, de un hombre pisando una gran águila, como si la fuese a patearla en dirección de unos bancos de madera que inclinan a los espectadores hacia el campo, por encima de una tribuna techada en el centro, cuya pintura blanca está descascarada y rayada con grafitis, indicando el sitio donde Klymenko atizó el último disparo de aquel “Partido de la Muerte”. 

Jimeno Hernández
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