¿Con qué se come el optimismo económico?

En los últimos meses, Venezuela ha comenzado a sonar distinto en los pasillos del mundo. Donde antes había silencio o preocupación, hoy aparece una palabra que no se escuchaba con tanta frecuencia: optimismo.

Inversionistas atentos, organismos multilaterales reanudando relaciones, expectativas de reestructuración de deuda, proyecciones de crecimiento. Venezuela, inesperadamente, vuelve a ser tema de conversación en clave positiva en escenarios internacionales.

Y eso, hay que decirlo sin complejos: es una excelente noticia.

Aplaudo ese optimismo y me sumo a él, pese a todas las dificultades y precariedad que lo rodean. Los venezolanos ya estamos hartos de malas noticias. Es justo y necesario este optimismo.

Después de años de aislamiento, deterioro institucional y colapso económico, cualquier señal de normalización merece ser reconocida. El país necesita inversión, necesita crédito, necesita reconstruir su lugar en el mundo. Negarlo sería mezquino.

Pero reconocerlo no es suficiente.

Porque mientras ese optimismo crece en cifras, reuniones y titulares, hay una pregunta que sigue sin respuesta en la vida cotidiana del venezolano:

¿Con qué se come el optimismo económico?

Hay algo profundamente desconcertante en habitar un país que mejora más rápido en el discurso que en la experiencia. Porque mientras se habla de crecimiento y oportunidades, la mayoría de la gente sigue enfrentando una realidad muy dura, marcada por ingresos insuficientes, servicios precarios y una incertidumbre que no termina de desaparecer.

El venezolano hoy en día convive con esa dualidad. Por un lado, escucha que hay reactivación. Por el otro, sigue haciendo malabares para llegar a fin de mes. Esa contradicción no solo genera escepticismo; genera desgaste y frustración.

Y ahí es donde el optimismo empieza a fallar.

No porque sea falso, sino porque es incompleto.

Ese optimismo entre los inversionistas, que lo huelen claramente desde comienzos de enero, ante los ojos del venezolano promedio son simplemente algoritmos incomprensibles que deben ser traducidos en realidades para su comprensión.

El problema no es que haya optimismo económico. El problema es que nadie lo está traduciendo. Se presenta como un concepto técnico, como una expectativa futura, como una promesa que todavía no toca la puerta de la casa. A eso se suma la desconfianza generalizada en quienes dirigen el país sin haber sido electos por el voto popular.

Y el venezolano no vive de expectativas.

Vive de lo que puede comprar, de los servicios que recibe, de la estabilidad que siente.

Por eso, ese optimismo en cifras debe venir acompañado de algo mucho más concreto: más dinero en el bolsillo de la señora del barrio; menos apagones y menos racionamientos de agua en la casa del obrero; más seguridad jurídica y claridad tributaria para los empresarios; más libertades y la posibilidad real de elegir democráticamente a nuestros líderes políticos.

Sin eso, el optimismo es solo un idioma que pocos entienden.

Y peor aún: que pocos creen.

Porque en Venezuela no solo se ha deteriorado la economía. También se ha erosionado algo más profundo: la capacidad de creer. Años de promesas incumplidas han hecho que cualquier narrativa positiva sea recibida con cautela, cuando no con indiferencia.

Y esa es una de las heridas más difíciles de reparar.

Hoy el país enfrenta un momento particular: hay señales reales de cambio en lo macroeconómico, pero una enorme desconexión con lo cotidiano. Esa brecha no es solo económica. Es emocional.

Es la sensación de que el país puede estar mejorando… pero no necesariamente para ti.

Cerrar esa brecha debería ser la prioridad.

Porque los países no se levantan solo con cifras. Se levantan con realidades.

Y hoy, más que nunca, Venezuela enfrenta una pregunta incómoda: ¿de qué sirve un optimismo que no logra ser compartido?

Responderla no implica negar lo positivo. Implica aterrizarlo. Explicarlo. Hacerlo tangible.

Porque solo cuando el optimismo deja de ser discurso y se convierte en experiencia, comienza realmente a importarle a la gente.

Víctor Bolívar
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