Tal día como hoy

La mañana del once de septiembre de 2001 estaba de vacaciones, pasando de primer a segundo año en la universidad. Apenas me servía una taza de café sonó el teléfono y atendí. Era mi mamá y tenía voz de alarma. Casi que sin saludar me pidió que prendiera inmediatamente el televisor, porque al parecer se acababa de producir un accidente aéreo en Nueva York. Según ella, una avioneta había impactado contra una de las Torres Gemelas.
Apenas agarré el control remoto, encendí la tele y sintonicé CNN, pude ver la magnitud del hueco en el edificio, así como una gran columna de humo negro brotando del mismo. Lo primero que pensé fue que ni de vaina podía tratarse de una avioneta. Más bien parecían cosas de un misil, o algo así como una bomba de alto calibre. Era un cráter inmenso que se extendía más de una decena de pisos.
Eso tiene que haber sido a las nueve en punto, porque no habían pasado ni un par de minutos cuando, de repente, mientras observaba incrédulo las imágenes conjeturando la teoría del misil o la bomba, en el cuadro apareció un avión comercial que se clavó contra la otra torre y explotó en una inmensa bola de fuego. Los corresponsales del canal quedaron mudos y a mí se me cayó al suelo la taza de café.
Ese día fue imposible separarse de la pantalla y poco a poco, mientras iban transcurriendo las horas a paso aletargado, fui siguiendo el desarrollo de los eventos que cambiaron al mundo como lo conocíamos, sin saber realmente qué diablos era lo que estaba sucediendo. Tuvieron que pasar años hasta que se pudo esclarecer lo que pasó aquel once de septiembre. Cuesta asimilar o caer en cuenta que eso que uno recuerda como si hubiese acontecido ayer fue tal fecha como hoy, pero hace ya un cuarto de siglo. Y es que mientras vamos envejeciendo nos damos cuenta que al tiempo le gusta escurrirse sin avisar y una vida entera puede a veces sentirse como un ratito.
Aquel día cuatro aviones comerciales despegaron de aeropuertos al noreste de los Estados Unidos con ruta hacia Los Ángeles y San Francisco. Fueron secuestrados en pleno vuelo por terroristas pertenecientes a Al-Qaeda, una organización terrorista, paramilitar y yihadista fundada por Osama bin Laden. Cada comando, o grupo de choque, contaba, por lo menos, con un elemento que había recibido entrenamiento de vuelo en los simuladores del aeropuerto ejecutivo de Opa Locka en Miami. El plan se trataba de una misión suicida, pues debían chocar los aparatos contra edificios prominentes, buscando destruir parcial o completamente los blancos atacados, generando saldo de una baja masiva de “infieles”.
El vuelo 11 de American Airlines, despegado de Boston a las 7:59 a.m. hacia Los Ángeles, fue tomado a la media hora por cinco hombres del Medio Oriente. Tras asesinar a tres personas ingresaron a la cabina. Mataron al piloto y copiloto. Uno de ellos, Mohammed Atta, tomó control de la aeronave. El Boeing 767-223ER impactó la Torre Norte del World Trade Center en Manhattan a las 8:46 a.m.
No habían pasado todavía veinte minutos cuando, a las 9:03 a.m., mientras las cámaras de todos los noticieros alrededor del mundo transmitían imágenes en vivo, cuando otro Boeing 767, vuelo 175 de United Airlines, también despegado del aeropuerto internacional Logan de Boston y con dirección a Los Ángeles, se clavó contra la Torre Sur.
El tercer vuelo, número 77 de American Airlines, un Boeing 757-223 despegado del aeropuerto internacional Dulles en Washington, D.C. hacia Los Ángeles, impactó a las 9:37 a.m. contra el Pentágono, sede principal del ejército estadounidense, en el condado de Arlington, Virginia.
A esa hora cerraron el espacio aéreo de los Estados Unidos y todos los vuelos en curso fueron obligados a aterrizar dondequiera que pudiesen, creando un escenario de caos que bien supieron manejar los operadores de distintas torres de control. La única tripulación que desobedeció la orden fue la del cuarto y último avión secuestrado por los terroristas. Era el vuelo 93 de United Airlines, un Boeing 757-222 despegado a las 8:42 a.m. desde el Newark de New Jersey para cubrir ruta hasta San Francisco. Minutos después del despegue en la cabina recibieron un mensaje a través del sistema ACARS por parte del despachador de la aerolínea.
-Atentos a cualquier intrusión en la cabina, dos aviones impactaron contra el World Trade Center.
El mensaje no obtuvo respuesta. Ya cuatro terroristas de Al Qaeda, Ziad Jarrah, Ahmed al-Haznawi, Saeed al-Ghamdi y Ahmed al-Nami, acababan de abandonar sus asientos para someter a los pasajeros y a la jefa de azafatas con armas blancas. Uno de ellos, al-Nami, abrió su chaqueta mostrando pegado al torso un artefacto explosivo y el detonador. Este último, amenazando con hacer estallar la bomba, obligó a los pasajeros a pararse y retroceder hasta la parte trasera. La pobre azafata Deborah Welsh rogó por su vida a gritos mientras uno de ellos le clavó una puñalada. Entonces Jarrah y al-Haznawi irrumpieron en la cabina para degollar al capitán Jason Dahl y el primer oficial Leroy Homer Jr., removiendo los cadáveres de sus puestos para ponerse en control de la nave.
Un intrépido llamado Mark Rothenberg increpó al hombre con la bomba y se negó a obedecer sus órdenes. Abandonó su asiento e intentó abalanzarse contra él, pero recibió varias puñaladas con un exacto y se desangró frente a todos. Varios de los pasajeros y tripulación lograron comunicarse con sus familiares o amigos por teléfono para alertarlos de la situación. Gracias a eso pudieron enterarse sobre los otros tres aviones que habían sido secuestrados e impactaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Entonces cuatro valientes, Tom Burnett, Todd Beamer, Mark Bingham y Jeremy Glick, idearon un plan para reducir a los secuestradores y tomar control del avión. Igual morirían todos. Era mejor hacer algo que nada. Daba lo mismo que detonaran el explosivo, ya que planeaban estrellar el aparato con todos a bordo contra un edificio importante.
Los dos terroristas que debían someter a los pasajeros, Saeed al-Ghamdi y Ahmed al-Nami, sin poder contener a los alebrestados, procedieron a encerrarse junto a sus compañeros en la cabina. El motín, gritos y golpes, pudo ser escuchado tiempo después cuando los medios reprodujeron al público la grabación de la caja negra. Mientras intentaban derribar la puerta de la cabina entre varios pasajeros utilizando un carrito de comida como ariete, el avión fue perdiendo altura rápidamente y amenazó con irse a pique. El nuevo piloto dio bruscos giros de derecha a izquierda intentando sacudir el avión y sabotear la estrategia de los pasajeros. En la grabación se podía oír sobre la sordina de la gritería afuera de la cabina uno de los árabes exclamar desesperado: -Sujeta la puerta… Mantenles fuera… Confía en Alá… Confía en Alá.
Cuatro voces al unísono rezaron versos del Corán, tranquilizándose mutuamente y discutiendo en su idioma sobre las medidas que necesitaban tomar para sofocar el ánimo de los amotinados. No hubo otra solución que seguir con las plegarias y empujar el mando para irse directo al suelo. El aparato se estampó de nariz, estallando a las 10:03 a.m. sobre un campo en las inmediaciones de Shanksville, Pensilvania. Todos murieron, pero la osadía de los rehenes logró el cometido de que los terroristas no precipitaran el avión sobre un centro poblado, o contra un edificio emblemático.
Cuatro minutos justo antes de la caída del vuelo 93 de United Airlines en Shanksville, Manhattan se tornó en el epicentro de una catástrofe sin precedentes cuando, a las 9:59 a.m., después de una hora ardiendo y gente lanzándose al vacío para escapar a las llamas, la Torre Sur se derrumbó, dejando atrás una densa nube de humo negro, polvo y papeles, siniestra estela después del colapso de toneladas hierro y concreto. A la media hora, 10:28 a.m., la Torre Norte siguió el ejemplo de su melliza en escena que pareció el más espeluznante déjà vu.
Según los cronistas, todavía es el ataque terrorista más mortífero en la historia. El hecho que se produjeran en USA, especialmente en Washington D.C. y Nueva York, uno de los principales centros financieros a nivel mundial, sacudió al mundo entero. Era la primera vez desde el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses bombardearon la base de Pearl Harbor en la isla de Oahu de Hawái, que un país enemigo de los Estados Unidos atacaba su territorio. En aquella remota oportunidad tuvo como principal consecuencia la entrada de la más poderosa potencia del continente americano a la Segunda Guerra Mundial.
-¿Estaba algún gobierno del Medio Oriente atrás de los atentados?
La pregunta dio vueltas en la cabeza de cualquiera que temió en aquel momento el estallido inminente de la Tercera Guerra Mundial.
La Gran Manzana se tornó entonces en el foco de atención de todo el planeta mientras iba engrosando la lista de cadáveres recuperados e iban apareciendo los rostros con nombre y apellido de los desaparecidos. Tardaron semanas en calcular la cantidad de muertos y heridos, que, según las primeras cuentas, saldaron en unos tres mil fallecidos y seis mil lesionados. El presidente George W. Bush, durante su primer discurso después de los atentados, aclaró que semejante acto de barbarie fue perpetrado con ánimos de desestabilizar y sembrar el caos a nivel mundial.
En aquella misma alocución anunció un aumento en el gasto militar para reforzar la seguridad y policía en su país, al igual que las operaciones militares y de inteligencia en el exterior. Su gobierno planeaba lanzar una escalada de fuerza, a largo alcance, contra los grupos terroristas involucrados en el ataque, así como naciones que los financiaran o albergaran. Así comenzó lo que llamó una “guerra contra el terror” para darle cacería a los elementos de Al-Qaeda y su principal líder, un tal Osama bin Laden.
Menos de un mes después, el 7 de octubre de 2001, se produjeron los primeros bombardeos de las tropas norteamericanas y sus aliados en Afganistán, país ubicado en Asia del Sur, montañoso y sin salida al mar, cuyas fronteras más amplias son compartidas con Irán y Pakistán. Así comenzó la “Operación Libertad Duradera”, preludio de una invasión con el objetivo de derrocar al régimen talibán que protegía a los elementos Al-Qaeda en aquel territorio inhóspito y prácticamente desconocido.
Recuerdo ahora, quizá con la gracia que brinda la distancia del tiempo que en aquella fecha, o, mejor dicho, época, como muchos profetas del desastre vaticinaron que los atentados del 11 de septiembre, el bombardeo e invasión de Afganistán serían las primeras chispas que terminarían por incendiar el mapa en un conflicto bélico que terminaría por enfrentar dos hemisferios, así como sus costumbres o modos de vida, no por ideales políticos, sino por temas religiosos que podían tornarse en razón suficiente para cometer salvajadas al mejor estilo de las cruzadas en la Edad Media, cuando nos aniquilábamos unos a los otros por cuestión de credo y sin ningún tipo de remordimientos.
Eso jamás volverá a pasar, replicaron muchos incrédulos riendo a carcajadas.
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