Todos somos brutos (salvo excepciones)

De chiquita vivía con una sospecha aplastante: yo, la menorcita de Pancho y Elena, había venido con falla de fábrica. Una especie de error de ensamble en la matriz. Mientras mis tres hermanas y mi hermano parecían salidos de un taller de orfebrería alemana —con sus talentos bien calibrados, limpiecitos y rindiendo al cien por cien—, a mí me daba la impresión de que me habían armado a las carreras, con repuestos usados y piezas sobrantes. Como esos radios de tubo de antes que agarran la estación, sí, pero entre chispazos y un chicharrazo molesto.

Años más tarde, leyendo por ahí para entender mi desajuste, me topé con un dato que me devolvió la prestancia: resulta que el cerebro es una guataca voraz, una despensa cósmica que archiva absolutamente todo lo que los sentidos husmean. Lo visto, lo oído, el tufo al café matutino, la llovizna sobre el zinc, las rabietas de la infancia. Todo. La diferencia es que la mayoría de los mortales manda casi todo ese bagaje para el cuarto del baratillo; lo encarcelan en un clóset mental y botan la llave.

Yo no. Yo nací sin puerta en el clóset. Tengo la memoria como ventorrillo de pueblo en día de fiesta: todo a mano, a la vista, apelotonado pero dispuesto. Mi mente es una lata de galletas  llena de retazos, botones sueltos y fotos amarillentas, donde cada estampa está fresquita, lista para convertirse en materia prima de la crónica o el relato.

En ese terreno —el de la parla y las letras— siempre me moví como pez en el agua (o como chivo en patio ajeno, según se mire). Las palabras fueron mi guarida y mi alfombra mágica. Las escogía en la cabeza igualito que escogía las frutas en el mercado: tocándoles el lomo, sopesándolas, buscando las que olieran bien y tuvieran buen color. Hablar y escribir me salían sin apretar, tan natural como colar café en manga de trapo a las seis de la mañana o abrir la ventana de par en par para que entre la brisa de la tarde. En eso era rápida, certera, capaz de entretejer ideas con la maña y el ritmo con que se teje una hamaca de tintes coloridos. Ahí engatusaba, persuadía, echaba el cuento. Ahí sí: ahí era yo plenamente Morillo.

¡Ah, pero no me pusieran por delante una ecuación, una fórmula química o un mamotreto de vectores! Ahí el cerebro se me volvía una hallaca fría, un pedazo de piedra mojada que ni con fósforo ni con gasolina lograban encender. No era mala voluntad, ¡qué va!, era absoluta falta de cableado. Pedirme a mí que resolviera un despeje algebraico era como pedirle a un burro que bailara joropo tramado en puntas de pie: el cuerpo simplemente no entendía de qué diantres le estaban hablando.

La confirmación gloriosa y humillante llegó en tercer año de bachillerato, al toparme de frente con el dragón de la química. El profesor, Dionisio Martín, ya le había dado clases a mi estirpe: mis tres hermanas mayores habían pasado por sus manos dejando una estela de genialidad, resolviendo fórmulas con la misma frescura con que una abuela pela una mandarina en el zaguán. Pero eso sí, cada una con su chifladura particular.

Milagros, por ejemplo, era una alquimista nata: leía las reacciones químicas como quien lee un cuento de misterio; veía patrones bellísimos donde yo solo veía un sancocho de letras. Pero pónganle a redactar una nota de disculpa o una carta de amor: el papel se le volvía un espanto y se quedaba tiesa, paralizada, como si los adjetivos fueran bichos ponzoñosos.

María Isabel, por su parte, posee un cerebro fulminante, una arquitectura milimétrica que funciona como rascacielos antisísmico. Pero para ella la vida no existe si no está metida en un diagrama de flujo. Necesita cajitas, flechitas, esquemas. Si no le dibujas el mapa, las ideas se le desparraman y se le vuelven un desastre, como ropa limpia desplomada del tendedero en pleno vendaval.

Y luego estaba Mercedes… ah, Mercedes es un fenómeno de la naturaleza. Mercedes es genio en todo, un milagro biológico donde conviven todas las inteligencias en perfecta armonía, sin darse codazos, como si su cabeza fuera una casona con cuartos infinitos y todos iluminados. En ese mismo bando jugaba mi hermano Carlos: un polímata de esos que uno mira con una mezcla de devoción y profunda resignación, porque uno sabe que por más que brinque no le llega ni al tobillo.

Para ellos, los números y las moléculas eran un juego de dominó, un pasatiempo dominical. Para mí, las fórmulas en el pizarrón eran cucarachas moviéndose en la oscuridad, burlándose en mi propia cara.

Al segundo día de clase, tras haber hecho un diagnóstico clínico de mi analfabetismo científico, el profesor Dionisio me miró por encima de las monturas de sus lentes —esos anteojos que usaba como guillotina— y soltó la perla que todavía hoy me saca una carcajada:

—¿Está usted completamente segura de que es Morillo?

Tragué seco, acomodándome el cuello de la camisa y haciendo acopio de toda la dignidad que le queda a una adolescente acorralada.

—Sí, profesor. Pero no se me angustie. El año que viene me mudaré para Humanidades.

Ahí quedó al desnudo mi triste realidad: yo no pertenecía a la dinastía de la tabla periódica. No era hija de la probeta ni de los enlaces covalentes que mis hermanas descifraban como quien lee una receta de bizcochuelo. Tampoco me tocó la enciclopedia viviente que Carlos llevaba por cráneo. Lo mío era de otra masa. Yo era vasalla del reino del lenguaje, donde las palabras pesan, cantan, cortan y perfuman. En ese patio sí sabía bailar yo. Ahí no había duda: ahí sí era una Morillo con todas las de la ley.

Con los años y los golpes entendí que aquella inutilidad para la química no me restó ni un pedacito de alma: al contrario, me dibujó el contorno. Me enseñó que la inteligencia es un reparto bastante tuerto, que todos tenemos una esquina soleada y un rincón a oscuras, como las casas viejas donde un cuarto es fresco y en el de al lado hay riesgo de morir del sofocón. Esa desigualdad no es una tragedia ni un defecto de fábrica: es una belleza. Es lo que nos hace distintos, raros, indispensables los unos para los otros.

Un recado de buena fe para el sistema educativo

Si algo me quedó claro de toda esa travesía es que la escuela se empeña en medirnos a todos con la misma vara de madera, como si saliéramos en serie de una fábrica de bloques. Y resulta que la inteligencia no es un continente plano: es un archipiélago desordenado. Cada muchacho nace en una isla distinta, con su propio clima, sus frutos particulares y sus mañas para sobrevivir.

Ya va siendo hora de que los educadores se den cuenta: no pueden pretender que todo el mundo cruce el mismo puente a pie, cuando hay unos que nacieron con aletas para nadar y otros con alas para salir volando.

La escuela tiene que dejarse de bobadas y no confundir la torpeza con el fracaso, ni la rareza con la minusvalía, ni la lentitud con la falta de sesos. Tendría que aprender a mirar a cada muchacho como lo que es: una geografía sagrada con sus días de sequía, sus tiempos de cosecha, sus cerros y sus mareas.

Si de verdad quieren formar gente de provecho y no loros frustrados, el sistema educativo debería aplicarse una sola máxima, tan sencilla como revolucionaria: enseñarle a cada quién desde su propia isla, y no desde la playa del profesor.

Porque el día en que la escuela deje de empeñarse en emparejarnos a la fuerza, ocurre el verdadero milagro: cada muchacho descubre de golpe dónde está su luz, dónde se va a dar el porrazo y en qué rincón del mundo —si lo dejan en paz— va a poder florecer a sus anchas.

Soledad Morillo
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