Reinaldo Arenas y un símbolo de la fe
Por Henyerson Angulo
@Heryens
Reinaldo Arenas nace del vientre de una campesina cubana en la provincia de Oriente, Cuba, en 1946. Desde muy joven Arenas se interesa por las letras. Tras haber sufrido el mal que le significó la dictadura de Fulgencio Batista apoyó a la Revolución cubana, pero no durante mucho tiempo. Una vez que el castrismo se radicalizó Arenas tomó una posición crítica y peligrosa para el régimen, es por eso que se le excluye y opta por la disidencia. Durante los 70’s es apresado y torturado por su oposición al castrismo y su abierta homosexualidad. Es liberado a mediados de esa década y, años más tarde, se traslada a Nueva York donde es diagnosticado de SIDA. En 1990 opta por morir bajo su propia mano.
La mayor parte de la obra de Arenas no es más que la respuesta a un régimen opresor que impidió su desarrollo humano. El poema Introducción del símbolo de la fe no fue sino una manifestación más de su repudio hacia el impedimento que el castrismo le ofreció, el impedimento de hacerse un ser del sosiego. Quisiera pensar que este poema es un canto a un profundo intento de hallar un símbolo que le introdujera a ese creer inexistente que se sabía muerto entre tanto mal, esa búsqueda de todo misterio que ha de ser creído a través de la fe, porque no es sino a través de ella que se puede iniciar una búsqueda de lo tan anhelado y tan lejos de la realidad que padecía su tan maltratada tierra por culpa también de una búsqueda de la Patria Grande. Es este poema una exploración de la dicha destacando lo gris y elevando la fe, una fe que sabemos moribunda en Arenas.
Introducción del símbolo de la fe es escrito durante 1970 en una planta cañera a la que Arenas fue obligado a ir para formar parte de un ambicioso y fracasado proyecto de siembra de caña para producir azúcar. Arenas, viendo tanto movimiento de civiles y militares, sabiendo que este proyecto no llegaría a nada, manifiesta su repudio hacia tanta falsedad. El rechazo hacia el régimen militarista de Fidel Castro es, como en este poema, el referente que reina en su obra literaria.
Hoy, más viva que nunca, la voz de Reinaldo Arenas se hace sentir en el continente. Hoy honramos a Arenas en la búsqueda de esa extraviada dicha entre tanto desasosiego.
Introducción del símbolo de la fe
Sé que más allá de la muerte
está la muerte,
sé que más acá de la vida
está la estafa.
Sé que no existe el consuelo
que no existe
la anhelada tierra de mis sueños
ni la desgarrada visión de nuestros héroes.
Pero
te seguimos buscando, patria,
en las traiciones del recién llegado
y en las mentiras del primer cronista.
Sé que no existe el refugio del abrazo
y que Dios es un estruendo de hojalata.
Pero
te seguimos buscando, patria,
en las amenazas del nuevo impostor
y en las palmas que revientan buldoceadas.
Sé que no existe la visión
del que siempre parece entre las llamas
que no existe la tierra presentida.
Pero
te seguimos buscando, tierra,
en el roer incesante de las aguas,
en el reventar de mangos y mameyes,
en el tecleteo de las estaciones
y en la confusión de todos los gritos.
Sé que no existe la zona del descanso
que faltan alimentos para el sueño,
que no hay puertas en medio del espanto
Pero
te seguimos, buscando, puerta,
en las costas usurpadas de metralla,
en la caligrafía de los delincuentes,
en el insustancial delirio de una conga.
Sé
que hay un enorme torrente de ofensas aún guardadas
y arsenales de armas estratégicas,
que hay palabras malditas, que hay presiones
y que en ningún sitio está el árbol que no existe.
Pero
te seguimos buscando, árbol,
en las madrugadas de cola para el pan
y en las noches de colas para el sueño.
Te seguimos buscando, sueño,
en las contradicciones de la historia
en los silbidos de las perseguidoras
y en las paredes atestadas de blasfemias.
Sé
que no hallaremos tiempo
que no hay tiempo ya para gritar,
que nos falta la memoria,
que olvidamos el poema, que, aturdidos,
acudimos a la última llamada
(El agua, la cola del cigarro).
Pero
te seguimos buscando, tiempo,
en nuestro obligatorio concurrir a mítines,
funerales y triunfos oficiales,
y en las interminables jornadas en el campo.
Te seguimos buscando, palabra,
por sobre las charlas de las cacatúas
y el que vendió su voz por un paseo,
por sobre el cobarde que reconoce el llanto
pero tiene familias… y horas de recreo.
Te seguimos trabajando, poema,
por sobre la histeria de las multitudes
y tras la consigna de los altavoces,
más allá del ficticio esplendor y las promesas.
Que es ridículo invocar la dicha
que no existe ‘la tierra tan deseada’
que no hallarán calma nuestras furias.
Todo eso lo sé.
Pero te seguimos buscando, dicha,
en la memoria de un gran latigazo
y tras el escozor de la última patada.
Te seguimos buscando, tierra,
en el fatigado ademán de nuestros padres
y en el obligatorio trotar de nuestras piernas.
Te seguimos buscando, calma,
en el infinito gravitar de nuestras furias
en el sitio donde confluyen nuestros huesos
en los mosquitos que comparten nuestros cuerpos
en el acoso por sueños y aceras
en el aullido del mar
en el sabor que perdieron los helados
en el olor del galán de noche
en la idea convertida en interjecciones ahogadas
en las noches de abstinencia
en la lujuria elemental
en el hambre de ayer que hoy hambrientos condenamos
en la pasada humillación que hoy humillados denunciamos.
En la censura de ayer que hoy amordazados señalamos
en el día que estalla
en los épicos suicidios
en el timo colectivo
en el chantaje internacional
en el pueril aplauso de las multitudes
en el reventar de cuerpos contra el muro
en las mañanas ametralladas
en la perenne infamia
en el impublicable ademán de los adolescentes
en nuestra voracidad impostergable
en el insolente estruendo de la primavera
en la ausencia de dios
en la soledad perpetua
y en el desesperado rodar hacia la muerte
Te seguimos buscando
te seguimos
te seguimos.
Central ‘Manuel Sanguily’
Consolación del Norte, Pinar del Río.
Mayo de 1970.
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