Desnuda

Por Beatriz Müller

 

 

 

Desnuda me miro frente al espejo. Observo mis hombros, la clavícula, mis pechos, mis brazos, caderas y piernas. Todo en un acto de masturbación visual.

 

Acaricio mi abdomen, luego con el dedo medio y el índice de mi mano derecha acaricio también el lado izquierdo de mi rostro, desde la sien hasta la barbilla en un movimiento de medio tiempo. Con la misma mano, y ahora con todos los dedos, bajo suavemente hasta mi seno despertando a mi cuello durante el recorrido con el roce de las uñas. Dibujo mi cuerpo en el espejo con tonos miel y ácidos, utilizando como pincel mi mirada, desde los pies hasta los hombros y desde ahí hasta el recuerdo que guardo de ti.

 

Me detengo justo en el lunar oscuro que separa un pecho del otro, lo miro fijamente y decido no colorearlo. Cuando por fin los ojos del espejo me miran directo a los ojos que llevo puestos, escurro ese tanque de agua dulce y amarga, mis dedos se mueven rápidamente por el aire e intentan atrapar el suspiro que se escapó y que se derrite sobre mis mejillas. Separo mis piernas y distingo los muslos que se esconden dentro de ellas y que un día respiraron la mirada de otros dedos: los tuyos. Otro lunar y muchos lunares más, todos burlándose de mí y de un estúpido escalofrío causado por el aliento que alguna vez salió suavemente de una boca ajena, conocida y extraña, suave y mentirosa, que sonó en mi cuello y se posó sobre mi hombro.

 

Miro por el espejo cómo se va acercando, materializada en mi memoria, y sin tocarme acaricia mis hombros como si el tiempo estuviese diseñado sólo para ese movimiento. Luego acerca más su cuerpo y besa mi hombro derecho, siento el calor de su pecho acariciando mi espalda. Dejo caer mis brazos y en vez de ellos, son los suyos los que me rodean. Sus dedos se inventan un recorrido por mi piel extrayendo secretos de cada poro, secretos de inodoro que nunca sabré. Miro su cara en el espejo, sus ojos no dejan de desnudar mi cuerpo ya desnudo.

 

Del cuello hasta la cintura, subiendo por el abdomen hasta mis pechos, sus manos se creen la ciencia que estudia mi reacción ante sus efectos nocivos. Muero en un suspiro perfecto, mis ojos se desmayan y mi cabeza se hace a un lado para cederle al oído la lengua húmeda que viene ahora a borrar las líneas que dibujaron los dedos. Mis piernas se mueven, los dedos de los pies se levantan un poco como queriendo averiguar qué sucede arriba, sobre las curvas y montañas, al final de la carretera.

 

Exhalo (…) Mis ojos reaccionan después de segundos inconscientes y el cuerpo detrás de mí desaparece.

 

De nuevo sola. Imaginándote en mí piel mientras que el espejo en que me miro se ríe de mí y esconde el cuerpo que se niega a salir de su jaula inconforme. 

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