Postes de luz amarilla en la madrugada

Por Beatriz Müller

 

 

  

Esta noche soy un detective sin más objetivo que hurgar en tu cuerpo como en una  ciudad. No debo descubrir asesinos ni desenmascarar amantes porque soy el amante en esta escena del crimen.

 

Tu cabello negro y brillante como el asfalto se riega en el sofá y hace que me enrede en él mientras con mis dedos, convertidos en pinzas, levanto cuidadosamente los trozos de algodón y encaje de tus calles oscuras. Tu boca es un túnel de susurros del cual salen  pecados a velocidad media. Tus movimientos son suaves y mis manos escuchan el tenue preludio de tu cuerpo que me invita a un concierto en todas las notas mayores.

 

Los dedos, que ahora son lápices semidesnudos, dibujan caricias haciendo líneas en tu espalda y círculos en tus pechos, mis labios borran de los tuyos recuerdos viejos, con mi lengua hago graffitis en tu piel y bajando por tus veredas me encuentro ante la fuente de la plaza en el centro de tu vientre.

 

Mis labios caminan pacientemente de norte a sur dejando una estela húmeda a lo largo de esas avenidas que son tus piernas y de tus alcantarillas salen penetrantes olores y secreciones viscosas que me contaminan de impacienca. Al darme cuenta me hallo en la entrada de un callejón sin salida. Decidido, penetro a través de la oscuridad mientras le encargo tu espalda a un piso tan caliente como frío, se cuela ese frío por la rendija del pudor y entonces, suavemente, tu cuerpo baila.

 

Siento pasar entre mis labios un huracán que me eleva por el aire en un remolino de escombros de sala y polvo, tu espalda se hace cóncava y mis ojos cerrados destellan chispas por todas partes, mis manos se aferran a la firmeza de tus pechos mientras las tuyas buscan de dónde aguantarse, mi herramienta de gran detective entra y sale, tus piernas se cierran y aprietan, tus dientes muerden el aire con fuerza y un desagüe de tuberías rotas me hace estremecer, mi respiración se agita y me domina, mi corazón a mil emana locura y desde el fondo de mi alma se escucha un grito, producto de la tortura salada que gentilmente me cura y, cual oruga, me deja finalmente en estado quiescente.

 

Se detiene el tiempo, tus ojos que son postes de luz amarilla en la madrugada se apagan inconformes dejando la ciudad oscura mientras tus alas de mariposa que ya no se baten construyen una ruta de escape imaginaria. Escucho a un perro que ladra a lo lejos y las aves de tu parque cerebral vuelan, tus sótanos huelen a humedad, tu noche es silenciosa y fría y en ataúdes se encierran mis inquietudes.

 

Con mi gran lupa de detective dejo entre tus canales huellas vacías de mentiras dactilares.

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