Venezuela necesita y merece ser próspera

Venezuela próspera 2

Siempre he considerado a Venezuela como una tierra sagrada que nos cobija con su diversidad, tal como dice la canción “desierto, selva, nieve y volcán”. Aún recuerdo cuando mi hija tiró unas semillas de mandarina en el jardín de la casa y esta tierra devolvió un hermoso árbol de mandarinas que año tras año nos sigue regalando sus frutos, y es que así es nuestra tierra, fértil, próspera… de modo que no me cabe la menor duda que merece de nosotros el devolverle tanto amor.

La prosperidad es una energía que actúa como la manejemos y, reflexionando sobre el porqué de lo que nos ha ocurrido, el porqué de esta situación de escasez ante la abundancia y recursos que nos ofrece nuestro hermoso país no me queda otra que asumir que la responsabilidad es de los que formamos parte de ella. Si vemos otros países con menos recursos que son ejemplo de abundancia es claro entender que no hemos sabido aprovechar lo que nos ha sido otorgado.

Para compartirles mi sentir es necesario reflexionar sobre eso que llamamos prosperidad. Veamos esta definición “Desarrollo favorable, especialmente en el aspecto económico y social.”, como vemos en la definición se conjuga lo económico y lo social pero desde la perspectiva de lo favorable lo que lleva a concluir que debe ser extensivo para todos.

El ser prósperos nos da armonía y tranquilidad y que puede estar al alcance de todos siempre y cuando:

1)    Nos reconciliemos con el dinero y eliminemos ideas absurdas sobre lo nocivo o malo que es tenerlo; el dinero es una herramienta de amor que nos permite ayudarnos y ayudar a otros.

2)    Está bien ayudar a otros y que se sepa para que las buenas acciones se transformen en buenas noticias y probablemente otros se unan.

3)    Nadie necesita de tu lástima pero todos necesitamos del apoyo conjunto para empoderarnos y ser prósperos

4)    Si creemos que el dinero es algo sucio me voy a negar a recibirlo, pero si lo vemos como un instrumento de amor, una bendición, digo gracias y entro en el ciclo de la esencia de la prosperidad que se basa en el compartir bendiciones.

5)    El compartir más potente es ayudar al prójimo al desarrollo de su potencialidad y que pueda crecer económicamente en base a sus talentos, y no el dar dádivas que son pan para hoy y hambre para mañana; esto lleva a los que reciben a ubicarse en una posición de dependencia y le entrega a quien les da el poder y el control de su destino.

6)    Es totalmente nocivo ver a quienes poseen más que nosotros con rabia o envidia, la clave es verlos como ejemplo  y desde allí observar como han desarrollado sus habilidades y talentos para crear una vida mejor, y no que nos ciegue  el odio y que veamos el robo como el escape para alcanzar lo que otros tienen. Quien roba nunca podrá estar en armonía porque no forma parte de un comportamiento próspero.

Esto es lo que necesita Venezuela, nos necesita a todos orientados al progreso, en armonía por un presente y un futuro mejor. Un pobre favor nos hace el resentimiento, el odio, la confrontación, las dádivas. Requerimos de oportunidades, posibilidades, unión, hermandad, el entender que debemos estar  todos unidos en una misma misión que nos lleve a la abundancia que nos merecemos, donde haya optimismo, esfuerzo, dedicación de cada uno, dejando atrás la envidia, el odio y el desprestigio de quienes pudieron obtener una mejor calidad de vida.

El odio es una energía devastadora que daña todo a su paso, que trae deterioro, ruina moral social y económica,  energía que, desde mi humilde opinión, ha sido nuestra principal enfermedad aunada a esa posición de debilidad y “comodidad” de esperar que otros me den, y/o de quitarle al que tiene para tenerlo yo.

Venezuela necesita de nuestro amor, de nuestra hermandad,  de entender que si tenemos el potencial, la capacidad y los recursos para salir adelante y que nadie debe cercenarnos, tenemos derecho a un país mejor, tenemos el deber de recuperar el amor que es la única energía capaz de derrocar al odio.

Hermanos venezolanos, o nos  ponemos los pantalones y le echamos pichón o nos hundimos.

Liliana Castiglione
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