El Gran Planificador

La última vez que lo vieron fue en aquellos oscuros años de la Santa Inquisición. La fecha exacta se ha perdido. Pero vino a ver la cara de aquel mal llamado protector de la fe. Los medios para la salvación se habían convertido en fines en si mismos. La iglesia se había trastocado en una maquinaria terrible donde se molía cualquier forma diferente de apreciar a Dios. La verdad se había transformado en un argumento de poder a favor de quienes lo ejercían. Se habían olvidado que Él había puesto el énfasis en el amor. De eso no quedaba nada. La bula Ad extirpanda, promulgada por el papa Inocencio IV el 15 de mayo de 1252, había legalizado la tortura contra “los heréticos, que eran ladrones y asesinos de almas, y que no debían ser tratados mejor que si fuesen literalmente ladrones y asesinos”. Todo su mensaje había sido olvidado. Vino, experimentó esa dura sensación de sentirse defraudado, y se fue en silencio, esperando tiempos mejores. El fuste torcido de la humanidad nunca da tregua.

Ha vuelto. Ahora está de nuevo entre nosotros. Otra forma de terror se ha enseñoreado entre los hombres. El mal no descansa en su constante mutación. Sin embargo, sigue siendo el mismo, y usando las mismas armas para reducir en el hombre el libre albedrío. La tentación originaria fue demarcada en esas cuatro palabras que perturbó todo el plan divino. La serpiente azuzó el pecado y se atrevió a susurrar una oferta irresistible: “Y seréis como dioses”. El mal siempre ha querido suplantar los designios de Dios, convertirse en su falso heraldo, apropiarse de las ansias de los hombres, expoliar su libertad. ¿Se puede administrar la vida de la gente? ¿Ese es el plan de Dios? ¿Acaso Dios nos concedió la libertad para que otro viniera a confiscarla, ofreciendo otra mana, otra tierra prometida, otro paraíso? ¿No es acaso la misma Inquisición de hace ocho siglos? ¿No termina sufriendo el hombre indefensión ante las brutales embestidas del poder?

Su paso por las calles de las ciudades pasó inadvertido. Pudo ver cómo la gente sufría hambre, enfermedad y desolación. Se sorprendió de esa fatal indiferencia con la que todo se dejaba transcurrir sin que hubiera una señal de conmiseración. También pudo contemplar el odio y la violencia ejercida con furor primitivo. Tan rápido que pasa la muerte a ser la esencia de lo que antes estaba vivo. Un balazo, un puñal, y todo comienza a dejar de ser, en medio de un silencio que transpira miedo e incapacidad. El mal tiene esa falta de color, ese negro que desafía cualquier haz de luz. En su caminar pudo ver con dolor como operaba la muerte insensata y sintió cómo cientos de miles de vidas habían sido truncadas en una orgía de odio infernal. Apreció en toda su malignidad ese poder ejercido sin los dones de Dios. Él solo había venido a calibrar la esencia del mal contemporáneo. No estaba dado que interviniera. Esta vez no habría ninguna resurrección. Ninguna señal diferente a la experiencia misma. Ningún otro mensaje que el que ya había sido dado desde el principio de los tiempos. Pero “si no se convierten, afilará la espada, tensará el arco, y apuntará”.

También se expuso a la institución de la mentira. La propaganda de la irrealidad que se impone a la gente hasta llegar a poner en duda lo que en verdad estaba ocurriendo. La misma vieja tentación de la serpiente originaria, ahora trastocada en vivencia fútil y promesa irrealizable. Todo el presente se condicionaba a un futuro que se confiscaba hoy. El tirano se asomaba y ofrecía un “paraíso que vendrá alguna vez, mientras tanto, mientras llega, les toca a ustedes la esclavitud y el arduo trabajo de volver a construir las pirámides de la inutilidad”. Con asombro pudo analizar cómo en el transcurso de la servidumbre eran miles los ardides intentados para mantener a la gente apaciguada. Un carnet, “el de la patria nueva”, es entregado como una constancia del adeudo, sabiendo que es estéril intentar conseguirle otro significado que un registro más que se suma a otros anteriores, una señal de la persecución moderna, el viejo tatuaje de los campos de concentración, pero sin dejar marca ni comprobación. No hay peor pecado que esta manipulación constante. Debajo de la mentira yace aplastado el plan originario, la libertad y las capacidades del ser humano para proveerse dignidad, y entre todos, justicia. Todo parece haberse consumado.

En algún momento, una ráfaga de gracia lo hizo ver diferente, aun en medio de una multitud que, enfurecida clamaba a Dios con las mismas palabras que alguna vez lo hicieron los que se consideraban pueblo elegido. “Extravía Señor el camino de los malvados, y acompáñanos en la recuperación del camino de la justicia”. Pedid, y se os dará, recordó que fue una de sus promesas cuando como uno más recorría la tierra. Una patrulla se lo llevó sin que Él prestara resistencia alguna. En el largo y accidentado trayecto pudo ver mil caras y millones de resentimientos. Pudo rozar el rencor por el tiempo perdido. Se percató de la vergüenza de aquel que se entregó a la idolatría ideológica. Sintió el pavor de aquellos que preferirían no pelear. Sintió el tufo de la traición del que se entrega. Pudo entrever las caras de Judas y el brillo sanguinolento de las treinta monedas. Sintió el sabor de la confusión. Pudo tantear la maquinaria asesina que transformaba a sus objetivos en una masa sin cara, sabiendo, no obstante, que estaban a punto de clausurar vidas, sueños, afectos y posibilidades. Entendió, con terror, que el hombre se estaba vaciando rápidamente de amor, y que ese espacio estaba siendo ocupado por la oscuridad más absoluta. “Señor, cuántos son mis adversarios. Cuantos se levantan contra mí, disfrazados de ángeles de luz. Predican el amor, pero practican el odio. Dicen que están al servicio de la gente, pero la verdad es que los tienen a todos en la más abyecta condición de servidumbre”. ¡Han confiscado el nombre de Dios!

Una habitación lúgubre fue el lugar del encuentro. El Gran Planificador estaba allí, sentado, tratando de adivinar los porqués. Un largo silencio hizo la antesala, mientras las dos miradas combatían en un intento fallido para comprender. “Mal momento para tu venida” atinó a decir el burócrata devenido en Dictador Supremo. “Si quisieras a los hombres, si estuvieras pendiente de tu rebaño, no los expondrías a la caída de los precios del petróleo y a la guerra económica emprendida desde el egoísmo de los que más tienen. Dejaste de enviarnos tus dones, y ahora solo puedo repartir promesas que, tal vez, nunca podré honrar. Tú, que todo lo puedes, estás conspirando contra una ley científica y universal: Ellos están condenados a ser igualados por la fuerza de los hechos, y nosotros, una minoría esclarecida, tenemos la obligación de llevarlos a la tierra prometida, donde no hay diferencias, donde la igualdad es el signo de los que son libres. Tú hiciste agreste el camino, Tú los quisiste libres, y ellos no quieren serlo. Ellos cambian su libertad por un mendrugo de pan, hacen trueque con el espectáculo. Se han acostumbrado a esta orgía distributiva, digna heredera del becerro de oro que trastocaba tus austeras noches en el desierto por episodios de desenfreno que podían durar semanas. Tú no entiendes nada. El dios que ellos quieren es el que da sin exigir otra cosa que sumisión y silencio. Esa es su felicidad, y yo soy su proveedor. Por eso Tú estás allí, esposado y condenado a morir en uno de mis más oscuros calabozos, mientras que yo sigo al frente, repartiendo lo que tengo en inventario, cuando hay pan, doy pan, y si no, doy palo. La gente me teme, y eso es mucho más estable que tu frágil mandamiento del amor unilateral. Si me temen, puedo incluso obligarlos a que me amen”.

El Gran Planificador se sentía más cómodo. Este también era un monólogo impuesto violentamente por la fuerza ejercida con pureza criminal. Se sintió animado, y continuó. “No hay poder que se me iguale. Incluso los que se sienten preferidos por la fortuna se levantan y proclaman delante de todos que se sienten agradecidos, y que felicitan esta ecuación perfecta donde Yo accedo a las demandas de los privados y el pueblo. Las tres P, le dicen. Todos fundidos y confundidos en una misma pasión arrebatadora, el dislate rentístico, el saqueo de los recursos, sin importar que el telón de fondo sea el duro palo que aplaca, el hambre que aquieta, la violencia que silencia, la extorsión que apacigua, la mentira que confunde, el caos que enreda. Allí se les acaban las oraciones y los buenos deseos, y comienzan a salivar para conseguir estar más cerca de mí, su nueva y real deidad. Yo si hago milagros. Rescato al mediocre, empodero al criminal, patrocino la mentira, invierto en la impostura, y desalmo al país hasta dejarlo presa de su propia oscuridad. Tú sabes que soy tu anticipación destruccionista, soy el mal organizado para garantizar ese vacío que Tú inauguraste con el agua cuando inundaste al mundo, o con el fuego cuando decidiste acabar con Sodoma y Gomorra. Yo soy tu argumento más eficaz”.

El silencio era la única respuesta. Y una mirada penetrante que traspasaba la coraza de mentiras para llegar a la esencia. Pensaba, y su pensamiento se esparcía con la luminosidad de una centella por todo el cuarto. “Al final el hombre optará por su libertad. Al final superará la confusión. Al final optará por la verdad. Al final rescatará su dignidad, porque las instituciones del mal no son sostenibles. Yo en el aprieto, doy holgura. Repudio el mal, lucho contra la mentira y detesto a los malhechores, sanguinarios y embusteros. Yo venzo a los sepulcros abiertos que halagan con la lengua y destruyen con sus manos. Yo soy reconstrucción. Tú eres la perdición donde al final estás condenado a perderte. Yo soy la bondad y tú solo eres la fuerza. Yo soy la razón y tú solo eres el sinsentido. Yo soy la libertad como don, y tú un carcelero”.

No le estaba dado al Gran Planificador comprender la esencia de su error. Miraba con desparpajo mientras imaginaba una muerte sin cruz para aquel que tenía al frente. Uno más, vencido por el argumento más preclaro, porque el que tiene la fuerza impone sus condiciones. “Volviste en mala época. Te cuadraste mal de nuevo”, atinó a decir con soberbia desbordada. Pero el otro callaba. Se cruzaban las miradas y el silencio era un grito ensordecedor. “¿Por qué se gloria el malvado de su ambición y el codicioso se felicita con su insolencia, si al final toda codicia termina siendo el polvo en el que te convertirás? Todos están sometidos al escrutinio, algún día rendirás cuentas y saldrás fallo. Serás contado, pesado, dividido, y puesto fin a tu época. Serás vencido porque has querido ser como dios, siendo como eres un insignificante arrebato de maldad”. Todo eso pareció haberse dicho, pero solo dijo “No entiendes nada”.

“No entiendes la portentosa capacidad de los que deciden luchar por su libertad. No atinas a comprender que, llegado el momento, lo que parecía desecho pasa a ser piedra angular, la debilidad se transforma en fuerza, el desánimo en determinación, y la complacencia pasa a ser exigencia de cambio. Demasiados siglos son testigos de la única cosa que está fuera de tu capacidad de dominio, una verdad que no ha sido quebrantada, tan simple como que el mal nunca se impone definitivamente. Y ese también será tu destino. Los que ahora sometes, cautivarán a sus cautivadores y dominarán a sus opresores. Y la gente, poco a poco, restaurará las bases de su libertad, la única arma que pueden blandir contra su propio pecado”.

Una chispa iluminó toda la sala y mostró que ya no había nadie más que un pobre poderoso solitario condenado a descontar los días. Él se había ido, no estaba previsto que muriera de nuevo, eso ya había ocurrido. Algunos dicen que lo vieron en medio de las nubes de gas represor, sereno y firme, del lado de los que apresuraban el paso para abrir las puertas de la libertad.

 

Víctor Maldonado
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