Entrevista imaginaria con Marcel Granier
La democracia venezolana como problema

Esta entrevista nunca ha ocurrido. Es el producto de tratar de entender su pensamiento, a través de la lectura de sus obras, entrevistas y notas de prensa. Mi reconocimiento a un venezolano imprescindible, ahora que recordamos que hace 10 años fue despojada RCTV.

Poco más de treinta y dos años han pasado desde la edición del libro “La Generación de Relevo vs. el Estado Omnipotente. ¿Perdió la batalla la generación de relevo? ¿Fue capaz de realizar los grandes cambios que Venezuela requería para hacer realidad el sueño de El Libertador? El que deseó esa trama de cambios, el que hizo todo lo posible para delinearlos, sigue aún hoy deseando lo mismo y enfrentándose al mismo adversario: el poder inescrupuloso y enfermizo, que se corrompe, que se organiza en mafias de solidaridades automáticas, y que construye para si una ideología autoafirmante que seduce e invita a una pasiva entrega a la mascarada más benigna de un monstruo terrible. El Estado providencial es el antifaz del populismo autoritario y desconfiado que para sobrevivir no tiene escrúpulos en aniquilar esperanzas y convicciones de los mejores venezolanos.

Treinta y tres años después el autor podría estar enfermo de escepticismo. Pero para eso es demasiado tarde. Sigue encarando los espectros de siempre, pero ahora lo hace con mayor claridad y firmeza, un privilegio que le dan los años y el haber permanecido aquí, entre nosotros, a pesar de la implacable persecución de la que ha sido objeto. Tal vez intuya que toda circunstancia es pasajera, y que todo lo que soñó que podía ser posible, al final se va a lograr, pero por los caminos más tortuosos. Un país condenado a estar siempre al límite, ese espacio inexplicable donde compiten los delirios con la ingenuidad y el conformismo. Un país que parece vivir de la nostalgia heroica, pero que no consigue recobrar la grandeza moral de la que hizo gala en los quince años de la declaración de independencia. Un país que perdió sus pasos y que se entregó sin demasiada resistencia al Estado.

¿Venezuela es ese país de las oportunidades perdidas?

MG. No es casual que las preguntas que me formulé en 1984 sean las mismas que hoy podríamos hacernos, y que tengamos encima el mismo yugo. Hemos sido víctimas de una forma de relacionarnos con el Estado que nos ha transformado en sus víctimas propiciatorias. Las claves han sido el despilfarro, la corrupción y los espejismos de las empresas públicas. La frustración social sigue teniendo el mismo origen en un Estado que promete mucho pero que al final solo ha sido eficiente en la repartición de la pobreza y de la represión. Hemos sido engullidos y regurgitados por una entidad voraz e insaciable. Nos han convertido en un país aislado, intencionalmente desinformado, víctima indefensa de una violencia sistemática, de una corrupción que medra entre la promoción obscena y la más desfachatada impunidad. Sobrevivimos con muchas dificultades a las consecuencias cotidianas de una ausencia total de justicia y de la incapacidad pública y notoria, de quienes nos gobiernan, para administrar con eficiencia y transparencia. Habría que preguntarle a todos los que en el camino han sufrido algún tipo de perjuicio si se sienten ganadores o perdedores. Porque las consecuencias están a la vista. Es difícil ocultar esta convivencia trágica en la que cientos de venezolanos mueren mensualmente bajo el hampa descontrolada y los responsables no son castigados. Difícil obviar el sufrimiento por el deterioro de todos los servicios públicos y la perplejidad de los que se preguntan qué se ha hecho con toda la riqueza proporcionada por la renta petrolera. Difícil ser patrocinantes pasivos de la maraña de alianzas nacionales e internacionales que han significado un monumental costo de oportunidad para millones de venezolanos. Pero no debemos perder de vista que todas estas terribles circunstancias se repiten como si no pudiéramos deshacernos de un ciclo infernal. No podemos dejar de preguntarnos sobre las razones graníticas que nos mantiene estancados en el mismo guion y en esa angustiosa repetición. Tenemos que resolver el acertijo fundacional sobre por qué derrochamos las oportunidades que se nos presentan.

Un estado voraz y depredador sin que haya posibilidad de compensarlo desde lo privado

M.G. Ha habido una constante en la persecución del emprendedor, del inversionista, y de la empresa privada. El Estado nunca ha aceptado competencia ni ha permitido los contrastes. Las víctimas se pueden contabilizar en términos de pérdida de empleos y en esa dependencia creciente de todos los ciudadanos al tener que transar con los gobiernos sus fuentes legítimas de subsistencia. El aparato productivo privado ha sido sometido al asedio constante mediante un régimen de controles y condicionamientos que han llegado al colmo con la imposición de la violencia económica practicada por el socialismo del siglo XXI. ¿Cómo hemos podido llegar a experimentar esto? Una de las claves del poderío del Estado está en nuestra indefensión jurídica. Vivimos una ausencia absoluta de seguridad jurídica. Sufrimos un régimen donde no existe independencia del poder judicial y, por lo tanto, la débil referencia al imperio de la ley no es suficiente aval para el respeto de los derechos de propiedad. El Estado venezolano vive del chantaje y requiere una hegemonía absoluta en todos los órdenes. El ciudadano, empresario o trabajador, ha tenido que aprender a ser un gestor cuya dedicación casi absoluta tiene como referencia a un gobierno que inventa permisos, trámites y limites que terminan por obligarnos a la genuflexión. El que no esté en disposición de hincarse paga el precio. Por eso no es casual que Venezuela depende de un único recurso y que tengamos niveles de empresarialidad tan bajos.

Treinta y dos años después parece que la profecía apocalíptica terminó concretándose

M.G. Probablemente haya razones históricas y culturales de peso para que entre todos hayamos permitido la instauración del Estado Omnipotente. En aquel entonces advertí de la inconveniencia de endosarle toda nuestra libertad y responsabilidad, que son atributos individuales, a ese Estado que no paraba de exigir más y más grados de autonomía sin que por eso se dispusiera a rendir cuentas. Sin discutir demasiado renunciamos al debate con consecuencias sobre el desarrollo del país y el sistema de vida que queríamos edificar. Todo eso lo intercambiamos por consignas y personalismos que al final nos defraudaron. Confundimos la grandeza del Estado con prosperidad, y nos sentimos propietarios de un conjunto de proyectos y desafíos que al final solamente se convirtieron en deuda, pobreza y desencanto. El gobierno dispuso de la riqueza del país y se apoderó de todo lo que él mismo, de manera unilateral, definía como estratégico. Nada de eso ha impedido que seamos un pobre país que se cree rico. Y fue así porque los ciudadanos fuimos desempoderados a favor de un Estado que nunca tuvo la intención de reciprocar. Compramos la ilusión social de la riqueza súbita y transformamos la heroicidad de nuestros libertadores en el espejismo de que aquí todo es posible, incluso, prosperar sin trabajar productivamente. Nos engolosinamos con el providencialismo, extendimos la mano que pide con demasiada facilidad y por demasiadas veces. Y al final, compramos explicaciones falaces que nos hacían ver que era posible realizar todas esas aspiraciones siempre y cuando le diéramos el mandato al hombre fuerte del momento. Las razones de nuestro apocalipsis es nuestra ligereza excesiva, de la cual se ha aprovechado el Estado para aplastarnos definitivamente.

Y sin embargo la propaganda del gobierno lo muestra como si fuera todo lo contrario. Insiste en que todo el poder reside en el pueblo, y que como nunca antes el pueblo es ahora el protagonista de esta hora del país

M.G. La realidad dista mucho de ser la que pregona la propaganda oficial. Ellos presumen de lo que carecen. El esfuerzo ha sido el aislar al ciudadano y el usar una puesta en escena tras otra para traficar con la realidad. Este es un país silenciado, y RCTV es uno de sus esplendorosos ejemplos, el más notable, pero no el único. El gobierno cerró la estación aun contra la voluntad de los ciudadanos, y sabiendo que debía pagar un costo político altísimo. La razón de estado que esgrimió fue perversa y falaz. La verdad es que detrás de estas medidas estaba la decisión autoritaria de impedir que los venezolanos tengan una versión apropiada de la realidad que están viviendo, que la puedan compartir, y que sobre ella puedan ejercer su derecho a reclamar y a protestar. Pero salgamos, al menos por ahora, de lo anecdótico para seguir identificando viejas y nuevas tendencias. Este Estado Omnipotente quiere obtener toda la impunidad posible, sus operadores quieren seguir enriqueciéndose a toda costa mientras acusan a los empresarios de ser la razón de todos los males del país. Quieren exacerbar el secretismo para poder sortear los escasos obstáculos de un estado de derecho derribado y sometido. Y como lo sabemos hoy, todo esto lo quieren sin que les importe la suerte de los venezolanos. Todo lo contrario, más allá de las tramoyas y los escenarios de las cadenas presidenciales, un Estado todopoderoso termina odiando al pueblo y deseando su desaparición. El ciudadano ha sido silenciado y cegado. En este país no se sabe nada sobre el gobierno ni sobre el estado de la nación. No se rinden cuentas. No podemos dimensionar la magnitud de cada una de las crisis. Ni sobre el narcotráfico, ni sobre la situación de las cárceles, ni sobre el número de las casas construidas. Suponemos el crecimiento de la violencia y de los crímenes, pero el gobierno nos niega el derecho a saber cabalmente lo que efectivamente está ocurriendo. No se sabe dónde está el oro de las reservas internacionales. No se sabe la magnitud del desfalco. No tenemos idea de la deuda y de sus condiciones.  Vivimos a ciegas porque el gobierno pervirtió las estadísticas. No sabemos cuántos somos, cuántos sobreviven y cuántos mueren. Cualquier cifra es sospechosa porque los Estados Omnipotentes terminan siendo expertos en la mentira y en el fraude. Nos han impuesto por la fuerza el aturdimiento y esa condición terrible que se expresa en la verdad oficial. Nadie puede creer en bajo esas condiciones el pueblo esté realmente empoderado.

Ni siquiera somos ahora ese factor de producción que tanto criticabas en su momento porque negaba la posibilidad del poder compartido y compensado que es típico de las democracias

M.G. Porque ahora no vivimos en democracia y resulta absolutamente fútil pretender compartir algo con un Estado Omnipotente, autoritario y de ideología radical marxista, como el que permitimos degenerar. Ahora es imposible la participación democrática, que por cierto siempre fue recelada por los políticos. Bajo la falsa consigna de que había que limitar el poder político de los factores económicos llegamos a entregar todo el potencial nacional a un caudillo golpista. Debemos seguirnos preguntándonos sobre los por qué. Los procesos de modernización a los que hemos sido expuestos no han podido desarraigarnos del misticismo y del realismo mágico. Aquí creemos en el milagro de la riqueza súbita y recelamos de las fortunas bien constituidas porque han sido el fruto del esfuerzo productivo. Eso que llamé el “complejo del maná” sigue siendo uno de nuestros elementos constitutivos, porque aun viviendo al borde, esperamos siempre que ocurra el milagro.  Los milagros, ya los sabemos, no existen. Pero si existe la tentación de vivir el infantilismo político que quiere sobreprotegerse a la sombra del providencialismo público. Ese abrazo es mortal porque sobre-exige al ciudadano que entrega todo a cambio de muy poco. La promesa es falsa, pero sus consecuencias son verdaderas. La renta petrolera nunca ha sido suficiente para financiar un Estado que no para de crecer. Pero los espejismos que utiliza, por ejemplo, la gasolina regalada, nos hacen perder de vista que la miseria y la inflación son exigencias que terminan siendo irrenunciables. El gobierno termina siendo un obstáculo tras otro para los que lo quieren hacer bien, mientras que los que apuestan al compadrazgo y la impunidad que permite la complicidad, terminan envileciendo a su favor todo el entramado social. El poder en manos del pueblo es un espejismo del que se han beneficiado los que están dirigiendo el proceso, que además son los patrocinantes de un caos social del que nos costará mucho salir. Eso que llaman “los colectivos” son bandas armadas que operan a favor del gobierno y mediante su patrocinio. Pero detrás de ese eufemismo no hay poder ciudadano sino desorden social que forma parte del esquema de sometimiento y silenciamiento de la sociedad. Nadie que viva con tanto temor puede creerse poderoso.
Algún día perderemos el miedo a la libertad, y comprenderemos las razones de Marcel Granier, el John Galt venezolano.

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