La elección presidencial ( II )

La desmoralizante participación de la MUD en las elecciones regionales del 15 de octubre y la aceptación de sus inadmisibles resultados le abrieron al régimen el camino para alcanzar su principal objetivo estratégico, quebrar la unidad del frente opositor. La juramentación ante la ANC de los cuatro candidatos adecos “electos” adelantó aún más la tarea. El trancazo final lo propinó el rotundo rechazo popular a sus supuestos dirigentes, quienes de pronto se vieron obligados a repudiar, para mayor gloria de sus incoherencias,  las elecciones municipales. A partir de ese instante crucial del proceso político venezolano, tal como lo sostuvo este domingo Felix Seijas, director de la encuestadora Delphos en declaraciones a El Nacional, de la MUD “solo queda su nombre.”

Otros dos factores han terminado de armar esta penosa realidad. El primero es la rebelión de las bases de los partidos que participaron en las regionales pero denuncian las municipales. Con toda la razón del mundo argumentan los amotinados que si sus dirigentes, amparados en la tesis de no ceder espacios justifican haber ido a las regionales pero descartan las municipales aunque ya hablan de hacer unas elecciones primarias para seleccionar un candidato único para la presidencial, ellos tienen idéntico derecho a buscar sus propios espacios en el ámbito municipal. Sobre todo después que Henrique Capriles, Henry Ramos Allup y Henri Falcón han puesto en evidencia las fuerzas motrices que de veras mueven los hilos de esa “unidad” al protagonizar en los medios de comunicación una descompuesta y vergonzosa trifulca barriobajera de tres borrachitos peleándose por una botella vacía. La postulación de Enrique Mendoza a la alcaldía del municipio Sucre, hecha por diversas agrupaciones vecinales vinculadas a partidos ahora abstencionistas, apenas constituye la demostración más palpable de la irremediable desintegración de estos partidos que, perdidos en la intrincada madeja de sus propias y mezquinas contradicciones, no han sabido o querido estar a la altura de las exigentes circunstancias de estos duros años de revolución roja-rojita.

El segundo factor, el que sin duda le pone punto final a las esperanzas del pueblo opositor en los partidos dialogantes de la MUD, lo constituyen tres sorpresivas decisiones del régimen. Una, anular la inhabilitación política de Manuel Rosales; la otra, dejar en libertad incondicional a dos dirigentes de Voluntad Popular, Yon Goicochea y a Delson Guárate, ambos emblemáticos presos políticos del régimen. Estas justas excarcelaciones, por supuesto, no fueron graciosos gestos de tolerancia miraflorina, sino resultado de tres acuerdos bochornosos. A cambio de estos beneficios “judiciales”, Rosales se postuló de inmediato a la gobernación del Zulia para ocupar el cargo que la espuria ANC le arrebató a Juan Pablo Guanipa, y Goicohea y Guárate se postularon, el primero como candidato de Avanzada Progresista a la alcaldía del Hatillo y el segundo a la del municipio Mario Briceño de Maracay como candidato de Un Nuevo Tiempo. Auténticas puñaladas traperas propinadas al corazón de quienes todavía se hacían la vaga ilusión de encontrarle una salida electoral a la crisis general que está a punto de borrar a Venezuela del mapa de las naciones civilizadas del planeta.

Cumplida esta primera parte del plan maestro diseñado por sus asesores nacionales y extranjeros, Maduro ya puede concentrar todas sus energías en la materialización de su gran golpe final contra la democracia y las libertades en Venezuela, organizando una elección presidencial, probablemente anticipada para no desaprovechar el impulso inercial de la derrota política y existencial de la MUD en las regionales, que lo llevará a la Presidencia de una nueva y cubanizada república, fiel reflejo de esa que Hugo Chávez creía ver allí, como un punto clavado en el horizonte nacional. A no ser que mientras tanto el colapso inevitable de la economía y la necesidad agónica de devolverle a Venezuela una aceptable normalidad política y económica, se conviertan en una fuerza popular que al fin, sin medias tintas ni pendejadas, como solía reclamarle el comandante galáctico a sus partidarios menos decididos, acorrale a los venezolanos y al fin los haga comprender que hasta aquí podemos llegar.

Armando Durán

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Licenciado y Doctor en Filosofía y Letras. Fue editor del semanario Viernes, ganador del Premio Nacional de Periodismo en 1987.
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