Punto y seguido

En una llamada telefónica me dices que quieres escuchar perversiones, que te las diga, pero no siempre puedo hacerlo porque el idioma en el que soy perversa no es el que tú entiendes. Nuestras perversiones no necesitan palabras porque se dicen con el cuerpo a través de un lenguaje que tú y yo hablamos con fluidez.

Las puedes oler si te acercas, puedes tocarlas, las puedes morder y buscarlas con tu lengua.

Puedes besarme las perversiones, te las puedo especificar cuando me quite la ropa y las encuentres en el margen de mi cintura. Yo las leo en los dos puntos de tus pezones y en la coma que forma tu oreja. Tú las vas a escuchar en el paréntesis de mis labios cuando abra la boca y saque la lengua para marcar un punto y seguido desde tu cuello por todo el cuerpo. Ahí están mis perversiones: en el signo de exclamación de un orgasmo que se deshace en tu boca y en el punto y coma que forman tu clítoris y la entrada de tu vagina donde busco tu humedad. Yo encuentro las tuyas en el signo de interrogación de tus ojos cuando te miro. Las podemos lamer, succionar y tragar. Te las puedes comer esta noche o dejarlas para el desayuno. También podemos leerlas y releerlas, escucharlas y reescribirlas las veces que quieras.

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