Ruptura o colaboracionismo

No se puede pueden servir a dos señores a la vez. La vieja frase del evangelio bien podría aplicarse a una forma de hacer política que se ha incubado entre nosotros como una de las variadas formas del mal que no nos deja avanzar. Me refiero esta vez a los que quieren combatir al régimen amigándose con el régimen. Los que dicen que lo están venciendo mientras están negociando con ellos las viejas formas por las cuales el régimen se ha quedado con el poder mientras demuele a todos sus supuestos adversarios hasta hacerlos bagazo inservible. Esta vez no va a ser diferente y los que hoy todavía tienen algo de imagen y confianza ciudadana, muy pronto serán desahuciados como parte de lo que nadie quiere al frente del país.

Hay una pertinaz ceguera en esa forma de hacer política llena de indefiniciones y espacios de incertidumbre. No puede ser casual que así haya sido una y otra vez. Hay un diseño que se impone por defecto, el que busca negociar lo innegociable, el que intenta lo mismo sin importar los fracasos seriales, el que trata de resolver esto sin que haya un balance previo de ganancias y pérdidas basado en las experiencias anteriores. ¡Que daño ha hecho por estos lares la mala comprensión del “ganar-ganar”! Porque ese modelito de bolsillo no aplica casi nunca, pero en nuestra realidad mucho menos. Los obnubilados de siempre debería comenzar a reconocer, luego de veinte años de demostraciones contumaces, que el socialismo del siglo XXI es el último modelo disponible de un totalitarismo marxista que no está hecho para la convivencia democrática. Aquí lo único que se ha demostrado hasta la náusea en los últimos veinte años es que lo que gana el régimen lo pierde el país, sin que nadie haya podido evidenciar que hay la más leve tendencia a que esta vez pueda ser diferente. El insistir es culposo.

La verdad sea dicha, no hay totalitarismo que pueda compartir el poder dentro de la lógica del pluralismo. Es contra su propia naturaleza, ausente de controles, incapaz de presentar rendición de cuentas, y permanentemente indispuesto para la práctica cívica de la integridad. A estas alturas resulta verdaderamente revulsivo que quieran seguir intentándolo. No hay diálogo posible ni fructuoso. Lo que sorprende es que, a pesar de todas las evidencias, sigan insistiendo en lo mismo. Pero eso es lo que están haciendo, incluso al costo de desbaratar el estatuto que rige la presidencia interina y devastar la frágil opción de Juan Guaidó.

Se quiere hacer pasar por cierto lo que es una farsa. No hay diálogo sino una cuidadosa puesta en escena en la que se presentan como contrapartes los que son una misma cosa, que juegan al juego imposible de deslindarse para disimular que no son dos, sino que son uno, porque desean lo mismo y no la pasan mal cuando permanecen juntos. Las identidades entre los que son los mismos son de pensamiento y acción. Piensan igual, admiran a los mismos “héroes” y tienen igual visión del país. No pueden dejar de pensar como lo que son. Las soluciones que conciben no pueden imaginar la superación del socialismo, porque no creen que el socialismo sea nefasto o inviable. Y el problema que tenemos los venezolanos es que unos y otros son igualmente socialistas. Desde el flanco del socialismo no se puede juzgar como malo la implementación del socialismo. Por eso les cuesta reconocer algo más que un resoluble déficit de instrumentación de la actual experiencia, y de ninguna manera van a llegar a la conclusión de que el modelo es malo. Y eso es parte del problema que nosotros tenemos: Que todos ellos creen que la solución más eficaz pasa por el intento de perfeccionar la ejecución del socialismo. Y por eso mismo pueden quedarse todos sin intentar ruptura.

Hay responsabilidad política en la recalcitrancia con la que socialistas quieren enmendarle la plana a los socialistas que retienen indebidamente el poder. Porque son la misma cosa creen que pueden ir juntos a una transición en la que se pueden regularizar todos los desastres que han acumulado. Porque son socialistas creen que para hacerle el favor a una de las caras la otra debe apelar a la eliminación de las sanciones. Como si estuviéramos lidiando con una patología de personalidades múltiples, en este juego de roles el establishment nacional juega a ser a la vez policía y ladrón, el bueno y el malo, el culpable y el inocente, mientras el país sufre la sangría del tiempo que ellos pierden sin importarles un pepino cada uno de los dramas personales que ellos contribuyen a agravar.

Porque unos y otros son deudores emocionales del socialismo. Todos ellos se han paseado por la militancia en los partidos de izquierda, y todos ellos han compartido el mismo proyecto de asaltar el poder para imponer el modelo en el que ellos creen: Derechos relativizados a la sobrevivencia de la revolución, el castigo inclemente a la propiedad, la persecución del éxito, el fomento autoritario del estado interventor y la identificación de dos enemigos irreductibles: la empresa privada y el sistema de mercado. No son dos partes, es un solo punto de vista que está dispuesto a la más obscena connivencia, en la que comparten los mismos modelos mentales, tienen la misma jerga y creen que entre ellos pueden imponer a todo el país sus términos de negociación, por los qua nada cambia, sobre todo la posibilidad de seguir mandando y asolando los recursos del país. La consigna es sencilla: poder, riqueza e impunidad absoluta.  De allí el fracaso del país y la serena tranquilidad de todos ellos. Todo lo demás es coreografía.

En política no hay promedios sino posiciones fundadas en la integridad y en el compromiso con la verdad. Los tibios, que intentan puntos medios imposibles, son vomitivos. Por eso el discurso político hay que desentrañarlo para saber cual es el señor al que verdaderamente están rindiendo homenaje los políticos. Porque repito: No se pueden servir a dos señores a la vez. Y para saberlo hay que rastrear la realidad. Hay que desconfiar por lo tanto de aquellos que dicen una cosa y hacen otra, de los que evaden su responsabilidad frente al país y se mantienen en el plano de la más mediocre calistenia, yendo de aquí a allá, pero incapaces de dar respuesta a una única pregunta, a la interrogante universal de los venezolanos: El cese de la usurpación ¿para cuándo?

¿En qué consiste la ruptura? Significa el dejar atrás la conducta displicente con la demagogia de los políticos. Implica el ser estrictos en la exigencia de resultados y especialmente escrupulosos a la hora de pedir cuentas sobre los medios que se utilizan para lograr los fines acordados. Significa romper definitivamente con la amoralidad con la que ejercemos la ciudadanía y esa práctica tan inconveniente de ser los “perdonavidas” de nuestros líderes. Porque con eso solo hemos logrado una generación de perdedores recurrentes que, aferrados a nuestra indulgencia, se mantienen dirigiendo nuestros destinos.

Pero la ruptura también consiste en romper con el socialismo, tirarlo a pérdida definitivamente, no creer en que puede ser redimible y, por lo tanto, dejar sin respaldo al discurso populista que vende como piedra filosofal el gobierno extenso que promete omnisciencia, omnipresencia y omnisapiencia, como si pudieran ser una expresión cabal de una divinidad y no un mal necesario al que debemos delimitar en sus confines. Acabar entre nosotros con la falsa convicción de que los que dirigen el gobierno tienen más virtudes que la suma del resto de los ciudadanos, y por lo tanto hay que encomendarles la distribución de la riqueza. Ruptura es acabar con la falsa creencia que nos subordina al populismo, que nos ata a las imposturas de partidos que han traicionado una y otra vez la causa del país. Romper sobre todas las cosas con la ingenua creencia de que el socialismo usurpador es redimible y por lo tanto susceptible de negociar una transición. Hay que deslindarse de la ingenuidad que se expresa en falsas soluciones que nunca llegan precisamente porque son falsas. Deshacerse de los falsos profetas y de la ansiedad porque esta vez los líderes no nos traicionen. Hay que romper con los falsos atajos y la presunción de que esta vez es cuestión de tiempo. Hay que deslastrarse de una forma de hacer política y de vivir el país que nos tiene encadenados. Romper es intentar algo nuevo. Hay que salir de esto, y esa posibilidad comienza con que creamos que romper es posible y deseable. Sacar a todos los mercaderes del templo, decirles lo que efectivamente son, y permitir quo otros se encarguen. Porqué con los que tenemos al frente solo aseguramos muchos años más de servidumbre.

Porque la otra opción, la que están practicando, es colaborar con el régimen. ¿Qué quiere el régimen? Una oposición que quiera negociar y que esté dispuesta a quitar las sanciones sin que cese la usurpación. El régimen necesita contrapartes socialistas que “comprendan lo que está ocurriendo”. Y que no sean tan quisquillosas a la hora de ir a unas elecciones “con mínimas condiciones”. El régimen necesita una oposición que no tenga apuros, que realmente carezca de vocación de poder, y que por supuesto, tenga los mismos modelos de estado que ellos han estado erigiendo. Le gusta esa “oposición” que no tiene demasiados problemas para convivir con la asamblea constituyente, que acate de hecho las decisiones del tribunal de justicia, y que luzca tan feliz al ver la reincorporación de los diputados “del bloque de la patria”. Al régimen le encanta esa oposición que le da lo mismo cumplir la ley que ignorarla, que se dobla para no partirse (podría decirse mejor que se inclina) y que “así como va viniendo va decidiendo”. Una oposición pedilona, ingenua, dócil y paciente con los desvaríos de sus líderes. Una oposición que le saca el jugo a cada parodia electoral, pero que no llega nunca a la ruptura que el país les exige. Una oposición que le hace el favor al régimen de perseguir a la disidencia, que gusta de la delación y que usa las redes sociales para afirmar lo que el régimen desea y que ellos compran como agenda propia. ¿Puede estar más feliz el régimen que con esta oposición de falsos arrestos, coreografías exentas de peligros, que se descompone en el esfuerzo de parecer sin ser, y que es el coladero perfecto del capital político que acumula? ¿Puede estar más satisfecho el régimen que con esta oposición condicionada indefectiblemente al diálogo? ¿Puede estar más tranquilo el régimen que con esa intelectualidad que idolatra la negociación y reniega de cualquier tipo de conflicto? Pues bien, esa es la oposición que tenemos. O si quieren, ese es el gobierno que no nos merecemos.

Nada va a ocurrir. El peor diseño posible, un gobierno colegiado, silencioso, incapaz de rendir cuentas, obsesionado con ir a unas elecciones inadmisibles, empecinado en seguir negociando, profundamente soberbio y prepotente, socialista hasta los tuétanos, corrompido en términos de medios y fines, que perdió la ruta hace rato y que no demuestra que le importe si vamos o no vamos, mucho menos si vamos bien o mal, porque a fin de cuentas, hace rato pasaron el punto de no retorno y se condenaron a la fatal irrelevancia de los que teniendo talentos que poner a trabajar, prefirieron esconderlos debajo de la cama, logrando solamente caer por la pendiente de la que no van a poder regresar. Que esto haya ocurrido no es culpa de los que se los advertimos. La responsabilidad es solamente de ellos y de la forma que tenemos de asumir la política, tan indulgentes que permitimos lo inimaginable hasta que ya es demasiado tarde. Ahora solo podemos imaginar lo que viene después de esto, porque ya estamos en el final del epílogo.

Víctor Maldonado
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