Casitas de muñecas

Los sistemas políticos tienen sus instituciones. Las democracias se encarnan en un conjunto de mediadores, de instancias intermedias que compiten para expresar lo mejor posible la voluntad de los ciudadanos. De todas ellas, las instituciones partidistas son las más determinantes porque aspiran al poder y pretenden imponer la implantación de ideales con objetivo político. Los partidos políticos ofrecen a su feligresía cargos, acceso privilegiado a los centros donde se toman las decisiones, y también un ideal de sociedad por la que se comprometen a luchar.

Max Weber, al desarrollar su prominente “Sociología del Estado”, señala que la política es una empresa de los interesados. ¿A qué se refiere? A que la dedicación política es de tiempo completo, lo que deja fuera a buena parte de los ciudadanos cuyo deber cívico se limita a identificar cuál de las opciones partidistas representa mejor sus intereses. Solo una minoría, sostiene Weber, están interesados en la participación en el poder político, y son ellos los que crean, mediante reclutamiento voluntario, un séquito, un grupo de adherentes, se presentan ellos mismos o sus patrocinantes como candidatos electorales, reúnen dinero, y salen en busca de votos.

Los partidos políticos solamente tienen sentido en ambientes democráticos con condiciones de marco suficientemente sólidas como para que tenga sentido la competencia por el poder y representación, que nunca debería ser para el unanimismo, sino para lograr una mayoría que permita el intento de gobernar. En el transcurso son muchas las negociaciones que se deben acometer, y muchos los sapos que se deben tragar.

Pero tenemos un problema a la vista. En condiciones de franco deterioro democrático, o cuando las tiranías ejercen el poder totalitariamente hasta transformarse en un ecosistema criminal, el papel de los partidos se desdibuja hasta hacerse espectral. Porque sin elecciones no hay una ruta legítima para la toma del poder, y el esfuerzo consiste entonces en hacer todo lo posible para restaurar las condiciones democráticas. ¿Cómo se logra eso?

También Weber diría que a una organización solamente se le puede enfrentar con otra organización. Es iluso pensar que a un ecosistema narco criminal se le pueda vencer desde el diletantismo o el heroísmo personal. Nada más lejos que esa posibilidad. Por lo tanto, un político responsable tiene que valerse de una unidad social que, de manera continua y sistemática, sea capaz de producir resultados.  O sea, no hay ninguna probabilidad de éxito para un político que no cuente con el respaldo de un partido. ¿Cuál es el producto de la acción política? ¿Cuáles son sus condiciones?

El producto de la empresa política, en el caso venezolano, es lograr un cuarteto de condiciones que permitan salir del atolladero totalitario: Un partido político debe producir líderes con poder que sean capaces de decidir estrategias, que se transformen rápidamente en resultados. Hay una paradoja que debemos revisar: para alcanzar el poder necesitas acumular poder. ¿Cómo se acumula poder? Tiene que ver con atractivo, credibilidad, principios y trayectoria. Como ocurre en otros casos, un político tendrá poder en la misma medida que la gente reconozca que su papel puede ser determinante en la ocurrencia de un hecho político. Suena como el perro que se muerde la cola. Pero la verdad es que el poder trae más poder, y  probablemente debamos reconocer que el principio de todo poder son los resultados.

Cuando los políticos viven y luchan en ambientes democráticos el principal resultado es ganar elecciones, o perderlas. Pero ¿qué resultados se pueden demostrar en ausencia de elecciones? La evidencia es mucho más compleja, y requiere que se haga más evidente lo que en otra situación se da por descontado. El político venezolano que trabaja en condiciones tan adversas tiene que ingeniárselas para tener impacto en la gente e influencia en la determinación de los resultados. Y ambas cosas se retroalimentan mutuamente, por lo tanto, debe demostrarlas constantemente.

En el caso de los políticos el poder también es la capacidad para movilizar los recursos que necesita con el fin de lograr sus objetivos. Es muy importante diferenciar liderazgo de poder. Puedes ser muy popular y también muy incapaz. Puedes sumar simpatías, y sin embargo no tener capacidad alguna para transformar la realidad a tu favor. Una de las tragedias de la situación venezolana es que se privilegia la simpatía a la eficacia. Es lo que he llamado en otros artículos “la erotización del poder”.

En ambientes totalitarios el objetivo debe ser construir organizaciones políticas fuertes y vigorosas, con capacidad de contraste en la exhibición y defensa de sus ideas y propuestas, y también en su capacidad de realización. Analizar la taxonomía de los partidos venezolanos nos muestra que, en la mayor parte de los casos, no se cumplen las mínimas condiciones para conferir el estatus de organización a buena parte de ellos. Vamos a estar claros, son cascarones vacíos, actas constitutivas que se llevan bajo el brazo, sin liderazgo, sin poder, sin militancia, sin ideales, y sin eficacia.

Una organización política no es una casita de muñecas en la que aspirantes a políticos juegan con sus monigotes. Un político serio y consistente es capaz de edificar instituciones, y en eso pone en juego su liderazgo. No compra un “sultanato político”, no exige prebendas ni privilegios fundacionales, no simula una trama organizacional. Estatuye un partido, convoca a sus militantes, diseña los niveles estratégicos, respeta sus instancias deliberantes, valora y se somete a las decisiones tomadas, y a las instancias donde se deciden, usa los canales oficiales para comunicar a los diferentes niveles de su organización, reconoce y se vale de los mecanismos de retroalimentación y feedback, y al final no se permite la tentación de la soberbia, que entre otras cosas transforma al partido en el altavoz del líder, sino que asume el rol de ser el vocero del partido, de sus decisiones, de sus deliberaciones y de sus aspiraciones. Claro que para eso el político debe contar con un partido de verdad.

En ese juego constante de compensaciones mutuas que se dan entre la organización del partido y su líder principal, hay más de una tentación. El permitir la adulación como sistema preferencial de acceso; el crear clanes, grupos de amigos, y accesos privilegiados para la toma de decisiones, que comprometen al partido, pero que se toman fuera del partido. El desborde de las atribuciones de los grupos cercanos, y el manejo de los recursos, sin presupuesto, sin rendición efectiva de cuentas, y usándolos como mecanismo de coerción y veto de los que no se someten. Un buen líder no tiene problema alguno en respetar la institución y en entender que solo mediante un buen desempeño institucional podrá hacer la diferencia.

Los líderes políticos suelen ser ocurrentes. Se endiosan y creen que todo lo que se les pasa por la cabeza puede ser posible. Creen que deben producir una nueva idea todos los días, y por esa razón son sus principales enemigos de la lógica estratégica. Sus cercanos adulan y refuerzan esa distorsión de la realidad. Por más rocambolesca que sea una de esas ideas, los adulantes se revientan los sesos para conseguirle algún atributo positivo. Se constituye una corte que evita por todos los medios cualquier señalamiento disidente. Y se establece una moral de conveniencias, en la que lo único importante es que todos se sientan a gusto. Así, poco a poco, se van creando las condiciones para “el cesarismo autoritario”. La casita de muñecas está lista para jugar a la política.

Los partidos no son clubes de fans. O por lo menos, no deberían serlo. Nada más patético que una organización erotizada. Suelen ser peligrosas y más temprano que tarde, fuente de fiascos. En los partidos bien organizados hay normas, roles y sistemas de autoridad que se respetan. Cuando son verdaderamente democráticos (y esto no tiene que ver necesariamente con la cualidad del ambiente) tienen rituales de renovación de sus autoridades, y por supuesto, mecanismos de rendición de cuentas. Un dato: Así como los líderes manejan sus partidos, de la misma forma pretenderán dirigir el gobierno, de tener oportunidad.

El caso venezolano es muy aleccionador. Los partidos no renuevan sus autoridades. No rinden cuentas. No suelen tener tolerancia democrática interna. Su líderes son la primera y última palabra de todo lo que hacen. Todos rinden un indebido culto a la personalidad, y toleran los equívocos de sus liderazgos a costa, incluso, de la suerte del país. Venezuela está sumida en un abismo del que no puede salir porque, entre otras cosas, vivimos y sufrimos una desgraciada guerra entre caudillos insensatos que han monopolizado los recursos del poder y cierran cualquier posibilidad a una opción distinta. Por más de una razón los ciudadanos se sienten abandonados y huérfanos de cualquier representación. La oferta política es irresponsable y demagógica. Nadie da explicaciones de por qué resulta ser así. Claro que tienen de su parte la excusa de vivir una época extrema.

Un partido político es más que un color y un lema. Es una organización, o por el contrario es nada más que una ficción de la que se valen algunos en el vano intento de tomar el poder. Porque vamos a estar claros, un político puede tener su casita de muñecas, pero con ficciones no se construyen realidades estables. Gobernar un país es cosa de muchos que se articulan.  El peor pecado es el diletantismo. Y los partidos, entre otras cosas, proveen los cuadros con quienes armar rápidamente una estructura de gobierno.  Los totalitarios siempre son un fiasco, entre otras cosas porque no se puede concentrar todo el poder sin llegar a corromperse y sin destrozar una época.

Quiero terminar citando al profesor Hugo Bravo (@HBravoJ): “El verdadero liderazgo se reconoce porque tiene claridad estratégica, capacidad para ejecutar y sobre todo entrega resultados. Es humilde para oír y corregir, tiene el coraje tanto para decir y honrar la verdad, como para sortear los avatares en la consecución de sus objetivos. El liderazgo es un proceso de ejemplo y persuasión, y será tan bueno como sea la calidad del que pretende liderar, como la de aquel que es liderado. No hay buenos líderes sin buenos seguidores, el trabajo se hace en equipo, y de acuerdo con los valores compartidos y vividos por todos”.

Víctor Maldonado
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