ESTACIÓN CARAPITA

Por Javier Ignacio Alarcón

 

Callan las guitarras al soplo misterioso de la muerte…

Vicente Gerbasi

 

bar2Ernesto tocaba la guitarra en un pequeño bar, en el Rosal. Todos los viernes se sentaba en una silla en el mismo escenario a tocar para unos pocos borrachos y algunos trasnochados que no tenían otro lugar a dónde ir. Su suerte parecía cambiar, o eso pensaba él, por lo menos. Cada vez habían más trasnochados y menos borrachos. Esto, él lo interpretaba como algo favorable: había gente dispuesta a quedarse hasta las tres de la mañana para escucharlo tocar.

 

El bar era un lugar oscuro y pequeño y poco conocido. Las razones por las que un guitarrista como Ernesto terminó tocando en ese local eran desconocidas. Pero ahí estaba, otro viernes, tocando su vieja Ibanez color negro, la misma que había tocado en New York hacía quince años y en New Orleans hace diez. En una época lo llamaban para que viajara a tocar fuera de Venezuela, no sólo a Estados Unidos, también a España y a Francia y a Argentina. Ahora estaba en ese pequeñísimo local en el Rosal, contando trasnochados.

 

Cuando terminaba su set, se sentaba en la barra y tomaba Cerveza. Siempre estaba solo, no hablaba con nadie y nadie hablaba con él. A nadie le interesaba hablar con él. Una noche, para sorpresa del guitarrista, un trasnochado quiso conocerlo. Era un hombre de unos treinta años, vestido con un traje marrón, manchado. Llevaba una corbata negra que no combinaba y una camisa blanca. Era canoso y, aunque no tenía barba, parecía que no se había afeitado en algunos días.

 

-Tocas bien –fue lo único que dijo (lo único que se atrevió a decir, pensó Ernesto).

-Gracias.

-De verdad, muy bien.

-Gracias –repitió Ernesto, sin voltear a ver al trasnochado.

-¿Cuánto tiempo llevas tocando? –Preguntó el hombre antes de pedir un wisky.

-Coño, me la pones difícil. ¿Cuántos años tienes tú?

-Veintinueve.

-Bueno, dejemos esto en que tocaba desde antes de que tu nacieras, ¿te parece?

 

El barman dejó el vaso de wisky en la barra. Los hielos hicieron un sonido agudo y el hombre tomó el vaso y dio un trago y dejó el vaso en la barra nuevamente. Ernesto era un viejo de unos sesenta años, siempre se vestía de traje para tocar y aunque tenía muchos, todos se veían iguales: oscuros y viejos y muy elegantes y limpios.

 

-Yo también toco la guitarra –confesó el trasnochado.

            -¿En serio?

            -Sí.

            -¿Qué guitarra tienes?

            -Una strato.

            -No me gusta como suenan esas guitarras.

            -Pero son variadas, puedes tocar jazz y rock y pop. Lo que quieras. Y suena bien.

            -Está bien.

            -Pero sí, soy guitarrista. Por eso vine –Ernesto miró de reojo al trasnochado-. Bueno, lo exacto sería decir que me enviaron a verte.

            -¿En serio? ¿Y quién se acuerda de mí que te mandó a escucharme?

 

Con el segundo trago, el hombre se acabo el wisky y, golpeando un par de veces el vaso sobre la barra, le dio a entender al barman que quería otro. Éste obedeció.

 

            bar-Un fanático de Estación Carapita.

            -¿En serio? –Ernesto pudo haberse asustado al escuchar el nombre de su vieja banda, se pudo haber aterrado o se pudo haber puesto nervioso. Pero estaba viejo, muy viejo, y estaba cansado de estar asustado-. ¿Quién se acuerda de esa banda?

            -Fernando –ahora el hombre tenía toda la atención del guitarrista.

            -¿En serio?

            -Sí. Dijo que tocabas arrechísimo. Y no se equivoco.

            -Gracias.

            -Le diré que dijiste eso –y probó su segundo trago de wisky.

            -Salud por Fernando –dijo el guitarrista y levantó su botella de cerveza y el hombre chocó su vaso de wisky contra la botella-. Y eso que el viejo te mandó a escucharme.

            -Bueno, no me mandó a escucharte. No exactamente. Pero cuando me dijo que viniera a verte me contó que eras guitarrista. Te imaginaras, siendo yo un guitarrista me interesó muchísimo escucharte tocar.

 

Ernesto tenía veinte años sin ver a Fernando. Sin saber nada de él. Escuchar su nombre después de tantos años debió haber sido una sorpresa. Pero, de alguna manera, lo esperaba. Él sabía que volvería a verlo o a escuchar de él. Hay cosas que nunca se olvidan, pensó el guitarrista, y problemas que sólo se pueden solucionar personalmente.

 

            -Bueno, ¿y por qué te dijo que me vinieras a ver?

            -Él me dijo que no tendría que explicarte. Tú sabes como es él, ¿verdad? Estaba ahí, sentado en su sillón, fumándose un cigarro y tomándose un brandi –la descripción venía acompañada de una imitación, sosteniendo el wisky como si fuera un brandi y acercando su mano izquierda a su boca como si sostuviera un cigarro-, tú sabes, haciéndose el misterioso y toda esa mierda.

            -Sí, así es Fernando –y se terminó su cerveza de un trago-. Y sí sé por qué vienes.

            -En realidad, yo también. Pero quería saber si era verdad que tú te acordarías –por primera vez en la noche el hombre sonrió.

            -Bueno, aun tengo que tocar otro set. Dame una media hora para terminar. ¿Te parece bien?

            -Por favor, me muero de ganas por escucharte tocar de nuevo. Qué privilegio –y se terminó el wisky.

            -Gracias.

 

Ernesto se levanto y dejó la botella de cerveza en la barra y volvió al escenario y se sentó en la misma silla. Su segundo set comenzaba con Sophisticated Lady. Levantó la guitarra, la puso sobre su pierna derecha y empezó a tocar. Contó a los trasnochados y a los borrachos: eran cinco, incluyendo al hombre que vino especialmente para verlo. Éste lo miraba, atento, entusiasta. Ernesto no podía verle la cara en la oscuridad, pero creyó verlo sonreír. El guitarrista debió haberse asustado al escuchar el nombre de Fernando. Pero estaba viejo, muy viejo y cansado como para asustarse.

 

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