EDITORIAL #152: MITOS Y MENTIRAS

 

 

Un mito, ese “relato o cuento de dioses o semidioses”, como el origen griego de su palabra chavez1 5lo describe, depende de muchas variables para resistir el paso del tiempo. Entre ellas, de que las mentiras sobre las que se sustenta sean difíciles de desmontar y que quienes quieran hacerlo callen por temor a enfrentarse a lo que, en algún momento, parece una fuerza incontenible.

 

El mito es más necesario “en la medida en la que los objetivos que éste buscaba no son alcanzados”, como lo explica el historiador Germán Carrera Damas en su magistral obra “El mito de Bolívar”. En Venezuela, no es la primera vez que un gobierno recurre a éste como herramienta para consolidarse en el poder. En el siglo XIX, Antonio Guzmán Blanco alentó con gran éxito el culto al Libertador. Unos años después, Juan Vicente Gómez también hizo todo lo posible por adjudicarse la herencia “bolivariana”.  Sin embargo, quizás nunca antes se había pretendido dar un paso adicional como se hace hoy con el recuerdo de Hugo Chávez: mitificar también a su líder al nivel del Libertador.

 

El chavismo juega esa carta no solamente por los motivos políticos de su dirigencia, sino también porque no se puede negar que, en una parte importante de su base, existe la creencia de que el expresidente alcanza es algo muy parecido a un santo. Además, la muerte de Chávez ocurrió en su mejor momento, justo después de haber ganado enfermo y “heroicamente” su cuarta elección presidencial y “haber dejado la vida por su pueblo”. Peor aún, cualquier consecuencia negativa de un gobierno de 14 años que ya estamos empezando a sentir no será culpa de Chávez, sino todo lo contrario: será “porque Chávez ya no está”. Con él, con “el gran líder”, lo que inevitablemente empezaremos a padecer “jamás hubiera ocurrido”.

 

La oposición venezolana debe enfrentar en pocos días unas nuevas elecciones presidenciales, y eso la pone frente a una compleja encrucijada. Su liderazgo debe comprender que más importante que derrotar electoralmente a Maduro es derrotar políticamente al chavismo. El peor error que puede cometer el candidato opositor es reivindicar la figura de Chávez por motivos electorales que no serán fáciles de conseguir y sumarse así a la estrategia oficialista de más largo plazo que es hacer del chavismo una forma de vida permanente. Esta estrategia de legitimación mítica y electoral puede llevar a la oposición a una doble derrota política y electoral. El peor escenario posible.

 

El escritor argentino Andrés Oppenheimer, en su libro “Basta de historias”, afirma que “es imposible que exista progreso en una sociedad conformista y sin ánimo de superación, algo así como detenida en el tiempo”. Hace mucho que Venezuela está detenida en el tiempo. La única manera de poder salir de este letargo es mirando hacia el futuro dispuestos a superar cualquier obstáculo que éste nos depare, sin miedo y con mucho realismo. Lo peor que nos puede pasar es lo que ya nos pasó los últimos 200 años: vivir más de un mito y sus mentiras que de la realidad y sus oportunidades.

 

Es hora de que la fuerza irresistible choque contra el objeto inamovible: la verdad.

 

 

 

Miguel Velarde

Editor en Jefe

@MiguelVelarde

mvelarde@guayoyoenletras.com

 

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