Nunca falta alguien así

Por Amayra Velón U.

 @AMAYRAVELON 

 

 

 

Cuando yo era niña, un conocido diario vespertino publicaba una caricatura que se llamaba “Nunca falta alguien así”, en la cual se presentaban situaciones típicas del comportamiento humano con un toque de humor. A lo largo de mi vida han sido muchas las ocasiones en las he recordado esa historieta, por ejemplo, al usar el transporte público.

 

Soy una viajera de oficio. He aprendido los trucos, los atajos, las mañas y los rostros de los pasajeros que normalmente comparten conmigo una rutina tan repetida, que a veces, como en el colegio, pareciera que uno tiene puesto fijo en el autobús. Viajar a menudo te enseña, por ejemplo, a calcular cuánto debes empujar a la gente que está en la puerta o  cuánto espacio queda para poder para poder subirte al bus sin molestar demasiado.

 

Convertirse en transeúnte profesional requiere de mucha paciencia, pero sobretodo de mucha observación. Hay que estar atento tanto a los cambios de humor de la muchedumbre como a las situaciones de peligro que acechan diariamente. En una terminal de pasajeros no hay nadie que esté contento, ni cómodo, ni a gusto porque generalmente hace calor, huele mal, hay apiñamiento y la espera se prolonga por varias horas. La gente está allí porque no tiene más opción, y por eso, la desesperación aflora de un momento a otro, develando el verdadero temperamento y naturaleza de cada quien.

 

Nunca falta la persona que reclina pedirle que me quedo callada para evitar discusiones, pero esta vez decidad, a el respaldo de su asiento para ponerse más cómoda, como si estuviera en una tumbona, sin percatarse de que incomoda al que va detrás, y que al recibir alguna queja del afectado responde: “Yo no sé cómo vas a hacer tú, pero yo llevo aquí unas bolsas…” Así: descaradamente, con la misma actitud del que te pisa con las ruedas de la maleta y ni siquiera ofrece una disculpa.

 

Tampoco falta el que se acerca despacio, arrastrando los pies mientras se come una chuchería y con pereza, pero sin dudar, llega directo hacia donde está el amigo o amiga, compañero, colega o simplemente vecino, que ya tiene rato en la fila y que por supuesto, le permite pararse allí, justo delante de ti, para subirse entre los primeros. A medida que pasen las horas, entre los dos van capturar a todos los conocidos que les pasen por el lado hasta formar una pandilla, si es que no les apartan el puesto dentro del autobús. Así: con la misma naturalidad con la que cualquiera se voltea para decirle al que acaba de llegar a la fila: “Para que sepas, estoy esperando a 14 personas…”

 

Una y otra vez me he encontrado con gente que no se sube al autobús si no tiene aire acondicionado, pero cuando llega el vehículo full equipo, y se logran subir, y la brisa helada le entumece las manos, entonces se arropan con la cortina y empujan la corriente hacia la persona que tienen al lado. También está el se queda justo en la puerta y le impide el paso al resto, el que no sabe dónde apoyar las rodillas y se las clava en la espalda al de adelante, el que viene a hablarle por encima de uno al que va en la ventana cuando está parado en el pasillo, o el niñito que, sin querer, te salpica la camisa con el helado chupi.

 

Sin duda, es un espectáculo deprimente la rebatiña que se forma cuando se trata de agarrar un puesto en la camioneta o el tren que viene vacío, y la ansiedad se impone al hacer lo que sea por quedarse junto al motor para poder ir sentado, bien sea allí o en el estribo. Desde luego, no todas las personas que viajan en transporte público son abusadoras, desconsideradas, impertinentes o “se la dan de vivas”, pues nunca falta el que se pone en la cola equivocada y de este modo confunde a los que vienen detrás.

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