La Pluma de los Sinclair

Por Juan Carlos León

@juancarlosleo11

 

 

 

Llevo largo tiempo observándola. Ella está arrodillada y de perfil a unos cuantos metros de distancia. Estamos solos en un callejón sucio y maloliente de alguna parte de la ciudad. Lleva puesto un ajustado y corto vestido amarillo, de esos que te obligan a invitar un trago en un bar o te mantienen despierto durante noches enteras con su solo recuerdo. Bañada por la luz tenue de la luna, ella luce casi perfecta.

 

Nadie más se ha percatado de nuestra presencia. Es uno de esos momentos en los que el mundo parece un lugar convenientemente solitario, volviéndose este el más confiable de los cómplices para guardar un secreto; pero  un secreto puede convertirse en el más despiadado torturador o tal vez es solo una opinión personal. Su cabello dorado y rizado  de un brillo no natural, cae hasta sus hombros camuflándose poco a poco con su vestido.

 

Me acerco a ella y solo se oyen mis pasos mientras camino; es como si la ciudad enmudeciera para nosotros, como si nos hiciera un favor momentáneo. Es que estar en este callejón justo ahora y justo en este momento que parece de elasticidad infinita, me hace creer en la alocada posibilidad de que en todo el mundo no exista nadie más. Sus labios están barnizados de rojo intenso y desde mi posición parecen un par de fresas cortadas a la perfección, fresas pequeñas, hermosas,  temblorosas…

 

Cuando estoy a solo un paso de su cuerpo me detengo. Sopla un viento helado que agita sus rizos y alcanzo a ver la piel de sus brazos erizada de frío. Ella tarda unos segundos en girar el rostro en mi dirección y entonces niega lentamente con la cabeza. El silencio continúa y parece una densa capa de plástico que nos ahoga haciéndonos respirar más lento, quizá es solo impresión mía; quizá la situación va colocando ideas, imágenes y suposiciones en mi cabeza. Sus ojos son grandes y tan azules y brillantes como el collar de zafiros que cuelga en su cuello. Están inundados de lágrimas y rodeados por la mancha deforme, negra y húmeda del maquillaje corrido que da un efecto triste y grotesco a lo que antes fue belleza.

 

La hermosa rubia falsa que llora de rodillas en el pavimento anegado de este callejón es la viuda Evie Sinclair; prestigiosa escritora del romanticismo moderno. Su rostro luce precioso incluso manchado de sangre o al menos es lo que pienso. La viuda Sinclair era ajena a este adjetivo hasta hace algunas horas atrás, cuando su esposo aún vivía. El magnate Dimitri Sinclair yace en su regazo boca arriba y con una pluma estilográfica plateada atravesando su garganta. Sus ojos verdes, antes cargados de vida, bondad y alegría parecen ahora ausentes y como perdidos en la inmensidad del cielo nocturno.

 

La viuda Sinclair se pone de pie e inútilmente trata de limpiar las manchas de sangre de su sensual y elegante vestido. Me dirige la mirada, sus ojos son tan hermosos que llenan de sosiego sin importar el momento.

 

—Usted no puede decir nada de lo que ha visto —dice entre sollozos, pero increíblemente tranquila —Yo no lo he hecho, yo no lo asesiné —No respondo. Me limito a observarla. Siempre tan hermosa, siempre tan elegante. No importa que el mundo entero se caiga a pedazos, Evie Sinclair sigue siendo Evie Sinclair — ¿No dirás nada? ¿Me ayudarás?

 

Aún sin responder me acerco al obeso cadáver del bondadoso señor Dimitri, su boca está abierta y su lengua sobresale con un leve tono purpura. Me quito la boina del uniforme y me inclino para observarlo un poco mejor.  Aunque han pasado pocas horas desde su muerte algunas moscas ya han hecho nido en sus fosas nasales. La hermosa pluma estilográfica destella a pesar de la poca luz del lugar, la tomo, la cubro con un pañuelo y la guardo en el bolsillo de mi camisa.

 

—     ¿Si le ayudo, de qué forma puede usted ayudarme señora?

Ella abre su bolso apresuradamente, las manos comienzan a temblarle y varios objetos caen al suelo. Recoge algunos billetes y me los entrega.

 

—Tome este dinero, solo tiene que callarse —dice mientras se inclina a recoger sus cosas.

 

—Ustedes los ricos tienen una manera rápida y sencilla de resolver las cosas, pero odio los clichés, Señora Sinclair —tomo el dinero y lo guardo en mi bolsillo junto a la pluma —. Por ahora esto me convierte en un mudo especial durante algunos días, pero lo que quiero va más allá de unos cuantos billetes.

 

— ¿Le hago un cheque? Pida la suma que desee; el dinero no es problema.

 

Rio de buena gana. Además de hermosa y sexy la viuda Sinclair sabe hacer buenos chistes. El aire es helado y es difícil adivinar si ella tiembla de nervios o de frío.

 

—No es tan sencillo, señora. Usted tiene razón, el dinero no representa un problema. Un asesinato sí —le guiño el ojo.

 

— ¡¿Qué es lo que quiere a cambio de…?!

 

— ¿De qué, señora Sinclair? ¿A cambio de que guarde el secreto de su pluma multifuncional?

 

— ¡Le he dicho que yo no lo hice! —grita alterada y sus cosas vuelven a caerse al pavimento.

 

Le ayudo a recoger sus cosas. Sonrío para que confíe en mí.

 

—Le creo Señora; pero nadie más lo hará si usted pierde la compostura conmigo. Debe calmarse esta noche e ir a su casa, tomar un baño caliente y recostarse a pensar en lo que hizo o en lo que no hizo; pero esto último es solo una humilde sugerencia.

 

La viuda Sinclair saca un pañuelo de su bolso e intenta limpiar las manchas de sangre en su cara, sin mucho éxito. Las manchas  de sangre son tan difíciles de quitar como las manchas del amor  o al menos eso dicen.

 

Uno puede llegar a pensar que una mujer como esa no podría ser más hermosa y uno puede cometer un error. Ella tira con sus manos de las puntas de su rubia cabellera arrancándose aquella peluca dorada que hasta ahora mermaba su perfección y dejando al descubierto su hermosa y risada melena roja. Ahora la mujer casi perfecta es perfecta. Una vez más esto es solo un sentir personal.

 

 —Le llamé para que viniera por mí y me llevase a casa —limpia sus  lágrimas con el borde de sus manos, manchando su cara aún más de sangre —Hágame sentir que fue una buena idea.

 

Arroja la peluca a un bote de basura cercano al cadáver, demasiado cercano. Me dirijo lentamente al sitio y tomo la peluca.

 

—No conviene ser tan buen ciudadano en la escena de un crimen señora. Ya habrá momento y lugar para deshacernos de esto—le advierto sonriente. Ella inhala un poco del aire helado que nos cala los huesos a ambos y lanza un suspiro acompañado de lágrimas— ¿Por qué me ha llamado a mí y no a alguien de su confianza? — le pregunto arqueando las cejas sin dejar de sonreír.

 

—Yo no… no sabía qué hacer.

 

—Miente señora, pero no se preocupe ya habrá tiempo para las verdades. Esta noche ha tenido suficiente. Suba al auto, su chofer la llevará a su bella y cómoda mansión —sonrío y señalo con la mano hacia donde está el auto —Cruce a la derecha, su carruaje le espera.

 

Ella avanza tambaleándose sobre sus altos tacones. Sus pasos son débiles, sus piernas tiemblan a pesar de su aparente calma, entonces  pierde el equilibrio y cae de rodillas en un charco. Solloza desconsoladamente.

 

La levanto en brazos y la llevo hasta el auto. Por un instante llega a mi mente la imagen de unos recién casados que van a su suite de luna de miel, la imagen es casi perfecta.

 

 “Es tan ligera como… una pluma” pienso riéndome internamente de la ironía de mis pensamientos. Ella golpea mi pecho con su puño débilmente.

 

—No fui yo, tiene que ayudarme —susurra con los ojos anegados de lágrimas.

 

—La ayuda está por venir señora —Le digo al depositarla en el asiento trasero.

 

Algún Tiempo más tarde en  la residencia Sinclair. El reloj de la sala marca las 12:24 de la noche. Los criados se han marchado a sus habitaciones, todos duermen refugiados bajos sus mantas o eso supongo. La señora me mira con los ojos enrojecidos por el llanto; pero con la templanza y seguridad que siempre la ha caracterizado. La escritora Evie Sinclair tan firme como las protagonistas de sus historias de amor y tan hermosa como solo la imaginación puede construir tales personajes.

 

Sus manos tiemblan mientras llena un par de copas de brandy. Se dirige hasta mí y extiende  una de la copas.

 

— ¿Desea usted un trago señor….?

 

—Vito, mi nombre es Vito —tomo la copa—. Se lo dije el día en que conduje su auto por primera vez.

 

Ella asiente con la cabeza y muerde su labio inferior. No lo habría recordado nunca.

 

— ¿Qué es lo que usted pide a cambio de su ayuda Vito?

 

—Se está precipitando y le recomendé que no lo hiciera —Ella toma un sorbo de su trago — ¿Le importa si intercambiamos copas? —Ella frunce el entrecejo extrañada por mi sugerencia—Me gusta el Brandy y no me atrevería a rechazarlo; pero acabo de encontrarla junto al cadáver de su marido  en circunstancias muy sospechosas ¿Comprenderá usted mi recelo?

 

— ¡Es usted un miserable! ¡Soy inocente!—me dice antes de que intercambiemos copas.

 

—Nadie es inocente, señora Sinclair — Observo la marca de su lápiz labial en el borde de la copa. Bebo mi trago con calma, es como si besara sus labios, eso quiero creer  —Le sugiero que descanse. Vendré a verla en la mañana  y entonces podremos hablar de negocios.

 

—No puede irse ahora. Debemos llegar a un acuerdo—se deja caer sobre un sillón— ¡Soy una estúpida, no debí llamarlo!

 

—No sabía qué hacer ¿Recuerda? Soy su empleado y me contrató para servirle. Creo que fue una reacción normal que me haya llamado al tener un problema—bebo otro poco de Brandy— ¡Oh! Adoro el Brandy—le digo —Ahora lo que no me parece algo normal es el asesinado de su marido, apuñalado en la garganta con esa pluma que tantas veces le he visto a usted —Ella enmudeció. Me levanté  del sillón.

 

—Espere, puede llevarse la botella si tanto le gusta el Brandy.

 

— ¡Oh! señora Sinclair. Primero dinero extra y ahora una botella de su delicioso Brandy ¿Acaso planea chantajearme? —Le pregunto sonriente e irónico. Ella me da la espalda. Noto su miedo y angustia, entonces tomo la botella para que se calme —Búsqueme en la mañana.

 

 

A las siete de la mañana, los fuertes y repetidos golpes en mi puerta me sacan del sueño profundo en el que me encuentro.

 

—Señor Vito, por favor salga. Debemos hablar  —dice la señora Sinclair con la voz alterada.

 

Ella nunca baja a las habitaciones de los empleados. Debe tratarse de un caso grave, tal vez quiere hablar del asesinato de su marido, pero claro que una vez más  es tan solo una suposición.

 

—Tendrá que esperarme unos minutos. No estoy decente en estos momentos —digo mientras entro al baño para lavarme los dientes—Espéreme en el comedor en seguida estaré con usted —En el espejo un apuesto y joven caballero de piel morena, cabello negro y ojos ámbar me mira con una hermosa sonrisa en los labios. La sonrisa hace a un hombre más agradable y confiable o eso dicen  algunos.

 

En el comedor ella me espera sentada a la mesa con las manos aferradas a una taza de café. Luce hermosa, fresca… apenas tiene huellas del llanto y el insomnio en su hermoso y simétrico rostro que enmarcado por sus brillantes y abundantes rizos rojos podría ser la joya más preciosa del mundo. Sobre la mesa hay un diario doblado a la mitad.

 

Una de las empleadas me sirve una taza de café por órdenes de ella.

 

—Insisto señora Sinclair, me está malcriando —digo al sentarme frente a ella y tomar la taza entre mis manos.

 

—Puede retirarse, Enora —dice dirigiéndose a la chica de servicio —. Le llamaré si la necesito.

 

—Como debe ser —digo sarcásticamente al oír el último comentario.

 

— Por favor, deje sus comentarios irónicos por un segundo. Tome el diario y lea la primera página —ella está más confundida que preocupada o eso aparenta.

 

—¿Antes de hacerlo, podría molestarla un poco con una petición? —Ella me mira inquisitivamente y me atrevería a pensar que siente miedo de lo que pueda pedirle; pero al final se encoge de hombros y me pide que le diga lo que deseo — ¿Podemos cambiar de taza?  —pregunto deleitándome con su ofendida reacción y segundos más tarde, con el delicioso sabor de su lápiz labial.

 

—Ya tiene mi taza. Ahora haga lo que le pido.

 

Observo la primera página del periódico y leo en voz alta.

 

—“Águilas vencen a Tiburones” No sabía que le gustase el deporte señora Sinclair y por la expresión de su cara imagino que no ganó su equipo favorito —bebo otro sorbo de café— ¿Por qué me muestra esto señora? ¿Quiere que la lleve al partido esta tarde?

 

—No sea imbécil —ella se acerca y me dice casi susurrando — Lo que quería que viera es que no aparece nada sobre la muerte de mi marido ¿No le parece eso muy extraño?

 

—La verdad, sí es muy extraño  —digo antes de arrojar el periódico en la mesa. Tomo otro sorbo de café. Ella se muerde el labio inferior preocupada o pensativa definitivamente más pensativa que preocupada, como si planificara sus acciones futuras — ¿Se siente usted triste por la muerte del señor Dimitri?

 

Ella suelta un instante la taza de café y clava sus ojos azules en mí.

 

—Por supuesto que sí y requiero de su ayuda para poder atrapar a su asesino —ella baja la cabeza volviendo a la taza de café —. Me doy cuenta de que a pesar de que no lo conozco muy bien y de su cinismo constante yo…—vuelve a morder su labio inferior, es un gesto que me encanta—yo no puedo confiar en nadie más.

 

—Usted me halaga, señora Sinclair, pero debe ser sincera —bebo otro sorbo y la miro directamente a los ojos. Ella suspira y me desvía la mirada—Cuénteme toda la verdad y luego hablaremos de  la ayuda.

 

— ¡Le he contado la verdad! ¡Yo no lo hice! —grita golpeando la mesa.

 

Enora regresa a paso veloz. Hace tiempo que intenta escuchar la conversación escondida a unos cuantos metros.

 

— ¿Todo está bien señora? ¿Desea algo? —pregunta la chica.

 

—Retírese Enora, estoy bien.

 

Cuando la joven se marcha tomo la palabra.

 

—Hasta ahora solo ha repetido lo mismo “yo no lo hice” “yo no lo mate”…

 

—Baje la voz —interrumpe ella mirando hacia los lados.

 

—A lo que me refiero es a que no me ha dicho nada más, no me ha dicho su coartada ¿Qué la llevó a estar en ese lugar por ejemplo? —Cruzo los brazos sobre la mesa y apoyo mi barbilla sobre ellos como quien descansa —. Comience a hablar. Prometo no interrumpirla —Ella mira a su alrededor como cerciorándose de que nadie más nos escuche— Si le parece podemos ir a un lugar más discreto, tal vez su apartamento al este de la ciudad.

 

—Apartamento, ¿cuál apartamento?

 

—El que compró hace algunas semanas —digo calmadamente.

 

—No he comprado ningún apartamen…

 

—Esa justamente es la actitud que no me permite confiar en usted —digo agitando el índice en el aire a manera de negación—. Parece ser adicta las mentiras.

 

Ella suspira.

 

—De acuerdo. Hablemos en ese apartamento, pero prométame que me ayudará.

 

—La espero en el auto. Póngase algo lindo —me levanto y le doy la espalda —Luego le diré si estoy dispuesto a ayudarla y cuanto le va a costar esa ayuda.

 

***

 

Mientras conduzco la observo de reojo. Lleva un nuevo vestido, esta vez es un vestido blanco de falda corta y tan sensual que incita al canibalismo. Mi corazón late fuerte mientras la imagino quitándose ese vestido  muy lentamente.

 

—Vito, lléveme antes al callejón donde estábamos anoche.

 

— ¿Para qué quiere ir allá?

 

—Como le dije en el comedor, me parece muy extraño que el diario no dijera nada sobre la muerte de mi marido.

 

—Sucedió a altas horas de la noche. Habrán encontrado el cuerpo hoy, por lo que las noticias, al menos en el diario, aparecerán mañana. Por otro lado si vamos a esta hora y la policía está en el lugar, eso puede suponer un problema, al menos para usted que es la principal sospechosa —suelto una pequeña carcajada.

 

Ella niega con la cabeza poco convencida.

 

—Está hablando del asesinato de mi marido, le exijo respeto. Sé que tiene razón porque yo misma lo he estado pensando toda la noche, aún así lléveme.  Pasaremos en el auto por la esquina del callejón a una velocidad que me permita dar un vistazo.

 

Así lo hacemos. Nos dirigimos a la zona del crimen  que esta vez luce menos sombría y más poblada. Las personas pasan de un lado a otro rumbo a sus trabajos y poco a poco nos acercamos al callejón. Conduzco el auto a una velocidad moderada justo en la esquina en la que la noche anterior había dejado el auto para recogerla. La viuda Sinclair lanza un grito ahogado.

 

— ¡El cuerpo no está! —grita aferrándose de mi brazo.

 

***

En el apartamento, mientras la señora Sinclair camina de un lado a otro, presa de los nervios me ocupo en dar un vistazo: El apartamento es pequeño pero lujoso, las paredes son completamente blancas, la sala es al mismo tiempo el comedor y un arco de cortinas semitransparentes conecta con la habitación donde una gran cama cubierta de sábanas blancas invitan a una noche perfecta ya sea que se duerma o no en ella. La habitación a su vez, cuenta con un magnifico jacuzzi de color negro lustrado. Toda una suite del amor.

 

—Tome asiento señora.

 

— ¡El cuerpo no estaba!  ¿Tiene idea de lo que eso significa? —pregunta alterada.

 

—Más de lo que se imagina señora Sinclair —respondo tranquilamente—. Soy un apasionado lector de novelas policíacas y también un escritor, claro que no uno como usted, más  bien un principiante aficionado; pero tengo una idea bastante clara.

 

—Esto es la vida real, señor Vito y si usted es escritor, como afirma, sabe que no podemos manejar los sucesos reales de la misma forma en la que lo hacemos al escribir. Por desgracia la pluma no soluciona todo. Creo que lo mejor será que huya del país.

 

—Usted no puede huir del país. Hay muchas pruebas que la incriminan y algunas las tengo yo ¿Cree que lograría subirse a un avión antes de que la policía la atrape?

 

La viuda Sinclair se deja caer en una de las sillas del comedor.

 

—Estoy perdida —dice con la mirada extraviada—Alcánceme esa botella —ella señala una botella llena hasta la mitad de brandy que reposa en una bandeja con un par de vasos haciéndole compañía.

 

Le doy la bandeja y ella comienza a llenar dos vasos.

 

—Beber no es la solución para todo, señora Sinclair ¿Por qué no comienza a contarme todo? Quizá quiera ayudarla si usted me convence.

 

Ella observa los vasos llenos de brandy y nuevamente las lágrimas comienzan a escaparse de sus ojos azules.

 

—Cuando llegué al callejón ya estaba muerto ¡Lo juro!

 

—Le creo; pero ¿cómo explica tal situación? —Me acerco a ella y la miro directamente a los ojos— ¿Qué hacía una mujer de su clase en un lugar como ese? —Ella apartó su mirada de mí.

 

—Usted no lo comprendería —dijo llorando todavía más.

 

Me levanté.

 

—Señora Sinclair sé que mantenía una relación amorosa con su editor, el señor Carson. Sé de sus salidas nocturnas para verse con él.

 

Ella se levanta bruscamente y me abofetea.

 

— ¡Le exijo que no se tome tales atrevimientos conmigo! —Grita furiosa —Yo amaba a mi marido.

 

— ¡No está en condiciones de exigirme! Este apartamento usted lo compró para verse a escondidas con él.  Ser un empleado  tiene sus beneficios, uno oyen cosas interesantes y es testigo de sucesos muy vergonzosos ¿No fue por saber demasiado que despidió a la señorita Rose?

 

La viuda Sinclair vuelve a su a siento. Yo hago lo mismo.

 

—Usted gana. Yo admito que mantenía una relación con Carson y que este apartamento lo compré para verme con él, pero…

 

— ¿Usted planeaba matar a su marido? Se puso usted de acuerdo con el señor Carson para deshacerse de él y así poder estar juntos sin problemas…

 

— ¡Por supuesto que no! Yo quería terminar con todo esto; pero Carson se puso como loco y comenzó a decir que me tendría sin importar lo que tuviera que hacer. Le juro que yo no lo asesiné, quizá fue Carson.

 

— ¿Y por qué llevaba puesta una peluca esa noche?

 

—Recibí una llamada de Carson. Me dijo que quería verme y que si no iba contaría a todos lo nuestro. Usé la peluca para que nadie me reconociera ¿Me cree ahora?

 

Un largo silencio se hace presente de pronto. A pesar de las lágrimas incesantes de sus ojos, ella desborda belleza y firmeza. Ella es hermosa.

 

—Le creo señora Sinclair. Sé que usted no mató a su marido —le sonrío comprensivo y rozo su mejilla con mi mano izquierda. Ella inclina su rostro hacia mi mano para sentir aún más mi caricia. Una erección comienza a dominarme.

 

—Tiene usted una sonrisa agradable, señor Vito —dice mientras sonríe sin alegría. Sé que intenta ganarse mi confianza a pesar de que le afirmo que creo en ella.

 

—Eso dicen, señora Sinclair, eso dicen —retiro mi mano de su mejilla.

 

—Ahora que me cree ¿No le parece que pudo ser Carson quien mató a mi marido? Quizá él mismo se llevó el cuerpo y lo ocultó en otro lado.

 

— ¡Oh! pero no cante victoria todavía señora. He dicho que le creo, pero las pruebas la señalan como culpable y aún no hemos hablado del precio de mi ayuda.

 

Ella vuelve a sonreír, pero esta vez su sonrisa tiene un brillo distinto.

 

—Me ha dicho que no quiere dinero. Me parece que sé exactamente lo que desea — Ella se acerca lentamente. El contacto de su mirada me paraliza el corazón y el del beso que me regala lo hace latir nuevamente. Finalmente pruebo el sabor de sus besos bebiendo directamente de la fuente ya no es solo la marca de lápiz labial en una copa o en una taza de café, ahora bebo de sus labios —He visto como me observa ¿Me acepta usted a mí como pago? —Ella parece otra persona y sin embargo conserva el carácter decidido que siempre ha tenido — ¿Qué le parece si lo decidimos mientras bebemos? —Ella dirige su mirada a los vasos de brandy que ninguno de los dos hemos comenzado a beber. Tomo uno y ella el otro. Le sonrío nuevamente y ella hace lo mismo —Antes de que comencemos, debo preguntarle una cosa.

 

—Usted dirá Señora.

 

— ¿Desea cambiar de vasos?

 

Ambos reímos.

 

—Esta vez no señora  —Ella bebe un buen trago de brandy y la imito. Durante un tiempo seguimos bebiendo y besándonos, buscando el momento de completar el precio del pago por mí silencio. Entonces decido cobrar—Usted  no se equivoca al pensar que lo que yo quería estaba relacionado con usted —ambos sonreímos somnolientos. El contenido de la botella se ha agotado—Me enamoré de usted desde el instante en que la conocí. Soñaba con sus besos cada noche desde que vi sus hermosos ojos azules —Ella enarcó las cejas sorprendida —Lo que deseaba como pago iba más allá de unos billetes. Lo que deseaba como pago era a usted misma y he usado las pruebas que la culpan para conseguirlo.

—Usted es un psicópata, señor Vito —me dice mientras ríe —. Muy astuto pero…

 

—Lo mismo dijo el señor Sinclair antes de morir —Digo mientras un dolor comienza a crecer en mí entrañas —Justo antes de que lo matara —La señora Sinclair enmudece—Yo la quería para mí, señora Sinclair y el bondadoso Dimitri era un estorbo en mis planes. Quería casarme con usted y me pareció buena idea extorsionarla para lograrlo, por eso robé su pluma  y apuñalé al señor Dimitri luego de contarle que estaba enamorado de usted y más tarde lo abandoné en el callejón; pero anoche después de pensarlo mucho descubrí que usted nunca estaría conmigo, quizá lograría todo eso amenazándola y extorsionándola; pero no habría sido algo real. Por  eso he decidirlo matarla a usted también —Saco la pluma de mi bolsillo. Ella está completamente sorprendida por lo que le cuento. Una especie de letargo causado por el licor nos envuelve a ambos. Estamos medio dormidos—Sí, señora Sinclair, yo lo hice y si leyera más historias policíacas y menos románticas sabría que el asesino casi siempre es el mayordomo  o en este caso  el chofer. Como le dije antes, odio los clichés así que esto resulta un tanto irónico —el dolor en mis entrañas me hace callar—Cuando esta pluma ponga fin a su vida, la sentiré realmente mía.

 

— ¿Así que fue usted quien me llamó anoche?

 

—Efectivamente fui yo quien la amenazó con contarle a todos sus aventuras si no asistía a la cita de anoche y también fui yo quien regresó por el cuerpo. Lo hice luego de llevarla a casa, lo arroje al río para que las pirañas se lo comieran —Un dolor punzante en el estómago, aún más fuerte que el anterior, me hace apretar los dientes—Aunque no entiendo por qué me dijo que había sido el señor Carson quien la llamó.

 

—Debo confesar que también yo le he mentido, señor Vito. El señor Carson si me estaba extorsionando, pero él no pudo llamarme porque yo lo asesiné hace un par de días. Yo no acepto extorsiones de nadie.

 

Sonrío. Ella luce hermosa, incluso confesándome que es una asesina.

 

—Ya sabía eso, señora Sinclair —ella está débil y yo también, hemos bebido demasiado. Aprovecho para acercarme un poco más y aprieto la pluma con fuerza—Pensé en matarlo también, pues era uno de mis rivales; pero usted se adelantó.

 

Ella me observa con los ojos entrecerrados en los que apenas distingo sus bellos ojos azules.

 

—No me sorprende que lo sepa; parece muy informado acerca de todo lo que pasa conmigo.  Lo que usted no sabe, es la forma en la que él murió.

 

—Acabo de descubrirlo, señora. Lo mató envenenado con su delicioso Brandy —lanzo una carcajada. Mis entrañas rugen y el dolor se vuelve aún más insoportable — ¡Qué ironía! a pesar de haber logrado recibir por fin un beso de sus labios, yo…debí cambiar de vasos con usted.

 

Ella sonríe.

 

—No habría funcionado. La noche en la que Carson murió, vertí el veneno en la botella entera. Planeaba suicidarme y matarlo a usted desde que tuve la botella en mis manos. Por un instante dude en hacerlo; pero luego descubrí que usted al igual que Carson no me dejaría en paz y seguiría jugando a volverme loca con su cinismo. Por otro lado la desaparición del cuerpo de mi marido era una carga extra de nerviosismo que no estaba dispuesta a soportar —Ella lanza una risa forzada. Se siente frágil y apenas puede continuar la conversación—Carson solo pudo beber un poco; pero usted y yo hemos hecho un buen trabajo con el resto del Brandy.

 

Engañado luego de tantas precauciones y  vencido en mi propio juego, me lanzo sobre ella y apuñalo su cuello con la pluma. Su sangre escapa a chorros de la herida salpicándolo todo. Ella tiembla sin decir una sola palabra, solo una especie de hipo acompañado de sangre sale de sus labios. Se asfixia y la abrazo hasta que su corazón deja de latir. Le digo que la amo y que es la única forma de calmar mis ansias de tenerla. Beso sus labios completamente empapados de sangre. La veo directamente a los ojos, sus hermosos ojos azules como el collar de zafiros que colgaba anoche de su cuello. Son tan hermosos que llenan de sosiego sin importar el momento o eso quiero creer. La admiro hasta que mi vista se nubla a causa del veneno. Su rostro luce precioso incluso manchado de sangre o al menos es lo que pienso. Elegante, hermosa. Evie Sinclair sigue siendo Evie Sinclair, incluso en esta incómoda situación.

 

Estoy en la irónica postura del escritor que juega a la aventura de ser dios, que crea vidas y mundos alternos con su pluma y que con su pluma misma escribe el fin si lo desea. La pluma de un escritor cobrándose la vida de infinidad de personajes, la maravillosa magia del control, la hermosa tentación de la decisión. El lector agradece, celebra, ríe, llora y sufre cada vez que lee esto; pero aun así lo considera un arte, que distinto y aburrido es el mundo real, que falsa moral le envuelve al considerar este arte algo detestable, cuanta hipocresía desborda al taparse los ojos si su corazón late fuerte con cada gota roja y su pupila dilata cada vez que percibe la violencia. Les seduce, les excita, todos están dementes y se aprovechan de esto para cubrirse unos a otros y señalar a quienes se atreven a ser sinceros.

 

La pluma plateada destella hermosa a pesar de la oscuridad que me envuelve.  Puedo verla mientras todavía me queda un poco de aliento. Está manchada en tinta roja controlando vidas y obsequiando muerte.

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