Los Oligarcas

0 los-oligarcasMás de quince largos años ha pasado Venezuela bajo la sombra del régimen personalista implantado por el caudillo de los llanos. Al parecer, en el horizonte se perfilan tiempos de cambio pues la oposición a su gobierno, aglomerada alrededor de un partido organizado, ha alzado su voz y es clara mayoría en el país.

El General José Antonio Páez ha propuesto al General José Tadeo Monagas como candidato a la Presidencia de la República para las elecciones de 1846 y esta decisión traza las primeras letras del capítulo final del predominio político del laureado “Héroe de las Queseras del Medio”.

Monagas no tarda en desvincularse de Páez e inicia su gobierno conmutando la pena de muerte que pesa sobre Antonio Leocadio Guzmán por el exilio, luego procede a sustituir las fichas de los conservadores en la administración pública por personeros del partido emergente. Es así como en menos de un año, de manera rápida y sagaz, el hombre le arrebata las riendas del poder al compadre.

El oriental Blás Bruzual, célebre militar, político y escritor, es uno de los protagonistas principales del teatro político durante la época del ocaso de la hegemonía del General José Antonio Páez como uno de sus más férreos antagonistas. Este participa en la fundación del Partido Liberal junto al caraqueño Antonio Leocadio Guzmán y desde las páginas de un periódico llamado “El Republicano”, editado en la ciudad capital, le hace la guerra con su pluma a la élite gobernante conformada por el  llanero y sus partidarios, esa que él ha bautizado como  “La Oligarquía”.

El 15 de enero del año 1848, tan solo nueve días antes de los sucesos conocidos como el “Asalto al Congreso”, Blás Bruzual publica, en el número 164 del rotativo “El Republicano”, un artículo titulado “Los Oligarcas” y en este escribe lo siguiente:

Con rapidez corre la República hacia un gran desenlace político, que decidirá sin duda la suerte del país por muchos años, y tal vez por algunos siglos. Lisonjero y nuevo en Hispanoamérica es el aspecto político de Venezuela. Un pueblo, independizado por su valor y su ejemplar constancia para arrostrar el plomo y el acero de unos opresores enorgullecidos, se lanza  hoy a la arena para consolidar su libertad, y apartar del poder público a los malos venezolanos, que abusando de la confianza que en ellos depositó la Nación, le hacían retroceder inmensamente en su marcha política.

 Con el Jefe de la administración al frente de esta grande propaganda, corre el pueblo a fijar sus destinos, colocando el cetro en manos de la libertad; y sus enemigos, atónitos y despavoridos, se precipitan en de absurdo en absurdo, de crimen en crimen y de atentado en atentado.

 Unas veces llenan columnas de insultos y desvergüenzas contra los miembros de la administración; en otras reemplazan las desvergüenzas con las mentiras, y en otras corren aturdidos a refugiarse en un desgraciado y despreocupado gracejo que solo excita a la burla y el desprecio. Otras veces emplean el poder judicial que aún retienen en sus manos impuras, para condenar con injusticia o absolver con desprecio de la razón y de la ley, presentando un repugnante contraste de su concepto de justicia.

 Y para dar la última prueba de su triste y desesperante estado, corren a ponerse a disposición de un hombre y en medio de un pueblo que los detesta, osan invocar el influjo de Páez, el influjo de un hombre que el pueblo ve como el único y exclusivo autor de sus males. Se atreven a invocarle, pronunciando la blasfemia de sobreponer un hombre al gobierno de la República, a las leyes y a todos los poderes legales.

 ¿Y quienes son los que han dicho a un hombre que sin él se pierde hasta la esperanza de conservar el orden? ¿Quiénes son los que confiesan que las leyes, el gobierno y el pueblo son insuficientes para mantener el orden público? Los mismos que traicionaron la confianza pública y aspiran a que se les entreguen los poderes para seguir gobernando.

 ¡Insensatos! ¿No veis que con esa misma invocación a un hombre estáis confesando vuestra incapacidad para dirigir los negocios de un pueblo libre? ¿En dónde fue nunca la confesión de incapacidad e impotencia un titulo para obtener la confianza y el sufragio de los pueblos? ¿Qué pueblo confío su suerte a los serviles ciudadanos que se degradaron hasta convertir a un hombre en principio y elevarlo al dogma?

He aquí un testimonio de las miras liberticidas del partido oligarca, y de la degradación en que sumirían al Estado si se le confiasen sus destinos.

El resto es historia.

Jimeno Hernández
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