Cuentos del Metro de Caracas: Reflejos de una sociedad

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No sé si sea una virtud o un defecto, tal vez no sea la única que lo posea, pero ser una persona callada tiene como consecuencia una habilidad increíble, entre el silencio tus sentidos se abren, escuchas con mejor claridad conversaciones ajenas, ves desde otra perspectiva situaciones cotidianas y subconscientemente sientes una fascinación por aquel comportamiento ajeno que estás observando, entonces tu vida monótona se convierte en toda una telenovela, por al menos un instante.

Nada más cotidiano para un caraqueño que un viaje en el Metro de Caracas, casi todos los días me pasan cosas que me cuestan creer y al contarlas siempre está quien me dice “Ana, a ti siempre te pasan cosas extrañas en el Metro”, a veces pienso que mi don de escuchar es una maldición, a lo mejor es como el equivalente en la vida real de ese morbo de ver a las personas peleándose durante un reality show, todos los días se producen escenas de reality en el Metro de Caracas pero tal vez no mantienes tu mente en silencio lo suficiente como para escucharlas.

Castigo divino

12:00 del mediodía, un horario tranquilo para viajar en tren. El vagón con dirección “La Rinconada” se encuentra lo suficientemente lleno para que se ocupen todos los asientos pero lo suficientemente vacío para que nadie este de pie. Un hombre de mediana edad se levanta en lo que el viaje comienza, abre su biblia y empieza su discurso.

“Estamos viviendo un castigo divino, Venezuela está así porque perdimos la fe en Dios”, un transexual en la Asamblea Nacional, ¡no!, ¡Dios nos castiga!, ¡estamos así por no creer en su poder!”-exclamaba sin parar el hombre.

Un jovencito no mayor de 25 años, obstinado de escuchar los gritos del predicador, se levanta, pone su mano sobre el hombro del evangelista y le dice “Por favor, vengo cansado, me robaron el teléfono saliendo de la universidad, no tengo dinero para almorzar, ¿al menos podría dejar de decir incoherencias?, nuestra situación política no tiene que ver con Dios”, el cristiano muy indignado comenzó a gritarle, “Si tuvieras fe en Dios no estarías así, estarías por el camino del bien y nada malo te pasaría”, el joven se sentó, abrió su bolso y saco una pequeña biblia, calmado le dijo “Hermano, tengo tanta fe como tú, pero eso no me da el derecho a juzgar a los demás, me acabas de juzgar sin saber que pertenezco a tu misma fe”. El predicador se sintió muy apenado, las puertas de “La Bandera” abrieron, deseo feliz día a los que viajábamos en el tren, “Dios los bendiga” y sin nada más que decir simplemente desembarcó.

Por eso el país no avanza

Quienes viajan día a día en Metro deben estar acostumbrados a quienes mendigan, muchos por enfermedades ficticias, muchos por necesidades reales, a ciencia cierta nunca se puede saber quién nos dice la verdad. Un muchacho, claramente con señales de vivir en la calle, bastante delgado y con un brazo lesionado se monta a vender los chicles número uno de los vagones, en su discurso explica que prefiere vender algo que andar por la calle robando, ya saben, lo típico.

Un señor, obviamente bajo los efectos del alcohol, empieza a burlarse del mendigo, “¿¡A quién vas a robar tu así chico!?”, rápidamente una ola de carcajeadas estalla, el muchacho sigue con su discurso a pesar de ello. Después de unos minutos los comentarios y burlas bastante denigrantes hacen al mendigo llorar, en ese instante una niña le pregunta a su abuela “Abuelita le puedo dar la arepa que no me comí a ese pobre hombre”. “Pobrecito abuela, está llorando”, la abuela asiente con la cabeza, saca una pequeña arepa envuelta en papel aluminio de su bolso y se la da al mendigo el cual agradece por la comida, la niña de unos escasos 4 o 5 años de edad le dice “Tú lo necesitas más que yo”.

El mismo señor que comenzó la ola de burlas le dice a la señora “Cómo es posible que deje que su niña caiga en esas mentiras de gente que no hace nada por su vida”, la señora, molesta le contesta, “Por lo menos mi nieta tiene buen corazón como la buena cristiana que estoy tratando de formar, le aseguro que cuando tenga su edad no estará viajando borracha a plena luz del día, por eso estamos como estamos y por eso este país no avanza”. Por arte de magia las carcajadas se borraron de varios rostros, el hombre guardó silencio y el mendigo continuo su recocido por el vagón.

¡No te lo dejes quitar!

La experiencia de tomar el tren desde “Plaza Venezuela” con dirección “La Rinconada” es aterradora, sobre todo en hora pico. La tensión crece mientras el tren se termina de estacionar en el andén, la gente se aglomera frente las puertas, sabes que estás perdido cuando sientes la presión de todos lados, o entras por tu voluntad o terminas dentro del tren lleno de hematomas. Una madre y sus dos hijos pequeños están entre la ola de salvajes, logrando tomar esos 3 asientos ubicados al final del vagón.

Una señora embarazada entra al tren, un poco después otra señora se monta con un bebé en los brazos. Al ver que nadie se ofrece un señor mayor (que usaba bastón) le da el puesto a la señora con el bebé pero aún queda de pie la embarazada. El anciano empieza a decir “Qué desgracia que habiendo tanta juventud los más viejos y cansados tengamos que ceder nuestros puestos”. La madre le dice a sus hijos “No te vayas a dejar quitar el puesto” en un tono bastante enojada después de que uno de los pequeños mostrara intenciones de concederle el puesto a la señora.

Los comentarios del viejo retumbaron y pronto se multiplicaron, mientras unos mágicamente cayeron en un sueño profundo la madre seguía diciéndole a sus hijos que por nada del mundo le dieran el puesto a la señora. Luego de unas 3 estaciones aguantando comentarios pesados la madre empieza a decir en voz alta “Ni que yo la mandara a salir preñada de un hombre sin carro”, “Dejen el fastidio que ni yo, ni mis hijos le vamos a dar el puesto, ni que fuera la única en el tren”, la madre con los dos niños se bajó del tren al llegar a su destino y por fin la embarazada se pudo sentar, luego de varias estaciones de camino.

¡Si son gafas vale!

Tres jovencitas viajan en la línea 1, todas mostrando mucha piel, bien maquilladas y con el cabello súper largo y lacio, como que si quisieran ocultar que no llegan a los 16 años de edad. Al parecer hace poco habían ido a una fiesta de 15 años, pues no dejaban de hablar de ello.

Entre los cuentos de aquellos dichosos 15 años muchos secretos salieron a la luz, resulta que dos de ellas se habían besado al mismo chico durante la fiesta. “¡Chamaaa no puede serrrr!, ¡eres una bicha, ese hombre es mío!”, en un instante de amigas habían pasado a rivales, mientras que una de ellas intentaba mantener distancia mientras las otras dos se insultaban. Luego de pasar un rato insultándose entre sí, la chica que no tenía nada que ver en el asunto logra calmarlas, “Pero si son gafas vale, se molestan entre sí en vez de molestarse con él”, decía la chamita. En ese instante pensé que tal vez podría ser la más tranquila de las tres, resulta que antes de bajarme del tren le dice a sus amigas “Estén con él las dos al mismo tiempo y ya, se hacen las locas, yo lo haría, está buenísimo, total es un novio de ratico”. Realmente no quiero saber cómo terminara esa historia.

¿Tienes otro cuento que escuchaste en el Metro de Caracas?

Ana Daniela Valero
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