No los quiero, no me gustan

DIBUJO POR FRANCISCO GRISOLIA

Cuando lo vi por primera vez, estaba saliendo de la adolescencia. Mis hormonas andaban disparatadas, dando tumbos de aquí para allá, lo que indicaba que se avecinan cambios importantes. Me sorprendió. Me alarme al punto de casi perder la cordura, pero era muy joven para andar pensando en esas cosas, así que lo dejé a un lado. No le di importancia porque, en mi opinión, no la merecía. No tenía idea que, cuando  él aparecía, era difícil sacarlo de tu vida. Era tenue, muy suave, así que no representaba ningún problema. Eso no duró mucho.

Andaba en mis veinte, cuando una amiga me lo señaló, como si fuera algo nuevo para mí. Casi la fusile con la mirada. Lo merecía por indiscreta. Hay gente así. He de reconocer, sin embargo,  que se había vuelto notorio. Había crecido, no mucho, pero sin duda no estaba en sus planes pasar desapercibido.

Era el único que tenía, pero, aún así, molestaba. No puedo aceptar que era desconsiderada porque no reconocía la lealtad que  tenía siempre conmigo, se podría decir, en su caso que, no podía escoger el lugar donde quisiera  en aquella superficie.  Siempre me acompañaba, se instalaba en el mismo sitio, oculto o al descubierto, era mi implacable seguidor. No entendía que, no le correspondía a su solidaridad, todo lo contrario, no lo soportaba.  Con frecuencia, lo notaba por el tacto. Después de eso, no podía conciliar tranquilidad alguna hasta liberarme, aunque fuera de manera temporal. Se empeñaba en mostrarse fuerte, reconozco que lo era. Siempre salía vencedor, aunque fuera tan pequeño. Eso me molestaba, porque lo quería erradicar su presencia para siempre.

Después de mi molestia inicial con esa amiga, la entrometida, agradecí sus recomendaciones. Me había sentido avergonzada porque, así como ella lo había visto, todo aquel que me conociera podría hacerlo. Sin duda, tenía que ser muy cuidadosa. Ella me aclaró que  no debía dejarlo crecer porque solía ser desagradable a los ojos de los demás. Me dijo que le pasaba lo mismo, pero siempre andaba pendiente para no dejarlo salir. En ese momento, decidí que no le daría libertad, le iba a declarar una guerra sin cuartel. Bajo ningún concepto le permitiría salir a flote. Seguí las instrucciones que había recibido de manera tan generosa. Traté de verlo de cerca, a veces acompañada de una lupa, para perderle el miedo, porque así podría entender la magnitud de su presencia.

Definitivamente, no lo quería en mi mundo. Comprendí que,  en esta guerra tenía todas las de ganar, porque era la dueña y señora de su existencia y, eso me hacía poderosa. Sería capaz de vencerlo, así que traté de mantenerlo en bajo perfil. Temía porque, de repente , colonizara más territorio. Eso pasó. En algún momento, la población aumentó. Ahora son tres. Armar tanta alharaca podría parecer exagerado de mi parte, porque en realidad no era la única que cargaba con una cruz parecida. Era una inconformidad sin sentido.

Estoy enterándome de la realidad, por mucho que haga el empeño, es difícil controlar  las hormonas; van avanzando y no es que sean malvadas, ni siquiera malintencionadas, son lo que son. Después de tanta lucha entendí que no los puedo erradicar, pero sí controlar. Ahora uso lentes de aumento. A nosotras, las mujeres, nos da cierto temor que esos tipos nos visiten, porque la gente que no lo comprende, empieza a maquinar cosas desagradables. Los hombres, en cambio, se pavonean por tenerlos en multitud.

El ejército triple que tengo, para mi beneficio, no se mantiene unido, quizás se odiaban desde su nacimiento, aunque sería incomprensible porque era difícil que se conocieran, de ser así, su presencia sería más incómoda. Cada uno anda por su lado. Lo común que tienen es que, todos están en mi cara y, me recuerdan, a cada rato, que tengo que estar pendiente.  Aprendí, con disgusto que, nunca se debe subestimar lo  notables que podrían ser, pero al mismo tiempo, eran  vulnerables. Como prueba, cada vez que se asoman, los atrapó utilizando esa bendita cosa, esa que se llama pinza.

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