El milagro económico

El sr. Nicolás Augusto Bello, Gobernador del Distrito Federal, suficientemente autorizado por el Presidente Joaquín Crespo, celebró en 1884 un contrato con Telmo Antonio Romero, un afamado curandero proveniente de Táchira. En este  le otorgó el gobierno la dirección del Lazareto de Caracas y el asilo de enajenados en Los Teques, todo con el fin que implantara en dichos establecimientos los sistemas que poseía para la curación de los enfermos.

A Romero se le asignó un pago mensual de 460 Bs. por el desempeño de estas tareas, así como también un bono por la suma de 2.000 Bs por cada elefanciaco o enajenado de estos hospitales curado. Con el objeto de facilitar los mejores resultados del mencionado contrato quedaron subordinados al brujo curandero el respectivo personal del Lazareto y el asilo de enajenados.

El laboratorio de menjurjes de Romero inició sus trabajos inmediatamente. En la prensa comenzaron a aparecer avisos en los que explicaba el poder curativo de sus jarabes, depurativos y reconstituyentes. Según estos, no existía mal que no pudiesen sanar sus remedios como el jarabe de Aipuru para las enfermedades crónicas; el gran hemostático de Romero; el jarabe depurativo de Romero; el sirope expectorante; el tónico indígena de Aipuru para las fiebres; el turno antiblenorrágico para curar la gonorrea; y la mixtura contra los pujos.

La fama de Romero y sus remedios corrió por pueblos, aldeas y ciudades del país. Lo demuestra un artículo del periódico caraqueño LA NACION (Nº 75) al decir: -Seguiremos con atención benévola, pero justiciera, los ensayos terapéuticos del sr. Romero, y daremos cuenta de ello a los lectores de LA NACION. Ojalá que el afortunado poseedor de tan maravillosos secretos indígenas prosiga su camino triunfal sin decaer en el con lo que lo ha emprendido.

En una casa de la capital ubicada en la esquina de “Las Mercedes” podían ver los transeúntes curiosos, a través de las ventanas abiertas, como las salas y corredores estaban ocupadas por mesas llenas de recipientes de diversos contenidos. En estos espacios un grupo de trabajadores llenaba con oscuros líquidos, botellas de distintos tamaños y formas a las cuales le colocaban diferentes rótulos del jarabe rejuvenecedor, el depurativo y el reconstituyente; o rellenando cajitas con manteca amarilla para sus pomadas y ungüentos. La fábrica de remedios de Romero se convirtió entonces en el más prospero de los laboratorios caraqueños, -quizás el primero por las dimensiones de la producción y por la importancia de su clientela, pues el comprador de esos productos era el Gobierno nacional-  comenta el historiador Ramón J. Velásquez en su libro titulado “Joaquín Crespo: El último caudillo militar del Liberalismo venezolano”.

En la capital el nombramiento de Romero fue un acontecimiento bochornoso y la decisión del general Crespo, de otorgarle este contrato al tachirense, no tardó en convertirse objeto de chismes y murmullos. La empresa “Romero & Compañía” abrió un almacén llamado “La Botica Indiana”, un local donde vendía las mezclas de semillas, raíces, hojas, pétalos, manteca de raya y culebra, combinados con medicinas europeas patentadas, licores y ungüentos. Las actividades comerciales del laboratorio y “La Botica Indiana” hicieron florecer sus negocios llenándole el bolsillo de dinero. Todo esto con la ayuda de la presión oficial que existía sobre los médicos para obligarlos a rendir testimonio de las cualidades curativas de los métodos curativos del brujo.   

Entre los caraqueños creció el interés por la importancia que fue cobrando el misterioso Telmo Romero, quien con frecuencia se podía ver paseando por los corredores y salones de la residencia presidencial “Santa Inés”. Llegaba en su caballo purasangre mostrando sus dotes de jinete, vestido de punta en blanco con yuntas, prendedor de corbata y un reloj de leontina, todos de oro.

En cuanto a los milagros curativos del brujo, a quien los caraqueños apodaron “guarapito”, se encuentran recogidos tanto las memorias de Nicolás Augusto Bello como distintos periódicos de la época.

-Con razón se pasma la sociedad ante el espectáculo, ciertamente singular de ver en goce de su entera salud a sujetos que hasta ayer estuvieron recluidos en el manicomio de Los Teques; paralíticos algunos, hidrópicos, otros; todos en el más triste estado de enajenación, sin patria y sin familia, sin padres y sin amigos. Rugieron al principio los médicos con la resolución del Gobierno, que ponía a los hospitales bajo la dirección de Romero: En verdad carecía de títulos, carecía de borlas, carecía de ruido; estaba solo con sus méritos y grandes aptitudes. El Benemérito Crespo con el tono que le imprime a nuestros actos la imparcialidad de criterio, tomó a su cargo la seria empresa de hacer frente a las pasiones y patrocinó la idea de encomendar a Romero, la curación de los enajenados de Los Teques.

Comenta el historiador Velásquez en el citado libro que: -La uniformidad en el estilo de las notas periodísticas, la novedad de los calificativos o siempre los mismos comentarios pocas veces utilizados en la prensa caraqueña y la novedad de los firmantes que no vuelven a figurar como cronistas, así como las iniciales que aparecen en otras notas hacen pensar en Telmo como el autor de las misma crónicas, más aún si se compara el estilo de otros escritos firmados por Romero como su autobiografía y propagandas que redactó sobre sus preparados medicinales.-

Todo esto hace pensar que el milagro de Telmo no fue medicinal, se trató más bien de un milagro económico.          

Jimeno Hernández
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