Relatos de un preso político

Cuenta en sus memorias un preso político de la dictadura del General Pérez Jiménez que su prontuario de la Seguridad Nacional decía textualmente: -Catalá Delgado, José Agustín 15 de enero de 1953. Adeco. Venezolano. Editor. Detenido en Caracas y traído del edificio “Las Acacias”. Primer piso, apartamento 1, donde según informe que reposa en esta oficina efectuaba reuniones todas las noches con elementos de filiación adeca. En su declaración desmiente los hechos formulados en su contra.-

También contiene como anexo el expediente tres notas. Catalá registraba varias detenciones anteriores por averiguaciones de carácter político, fue trasladado a la cárcel en Ciudad Bolívar el 7 de septiembre de 1953, y  estaba condenado a 3 años de prisión y al cumplir la condena debía ser expulsado del país. Pasó el tiempo en la cárcel y fue liberado el 15 de enero de 1956.

Debía ser expulsado del país el mismo día de su liberación –De hecho, en la Dirección del Penal fue consignado mi pasaporte, que nunca llegué a firmar. En los meses transcurridos se hicieron en Caracas trámites por mi libertad y familiares muy cercanos suscribieron una fianza por la cual garantizaban que no me dedicaría más al oficio de impresor.

Ese día lo pusieron en la calle junto a cuatro compañeros que habían cumplido la “calificación” policial. Un taxista los condujo desde las rejas de la cárcel hasta el aeropuerto, donde Catalá tenía consignado desde Caracas un pasaje en la Línea Aeropostal Venezolana. El resto del grupo carecía de recursos para trasladarse y cuando comenzaron a hablar sobre eso el conductor los interrumpió: -Si consigo con el jefe de la Línea que cambie ese pasaje por billetes, más plata que yo llevo en el bolsillo, los llevaría a todos hasta Caracas; a lo mejor alcanza para la gasolina, un cafecito y una arepa por el camino. Pero corremos un riesgo mayor, este carro es muy viejo, téngalo presente.-

Así salieron los cinco presos políticos de ciudad Bolívar, apretados en un taxi una tarde oscura y lluviosa para llegar a Caracas al día siguiente bien entrada la mañana. Por la barriada de Catia dejaron Catalá y el chofer a sus acompañantes en casa del familiar de uno de ellos donde se alojarían temporalmente.  

Cuando llegaron frente a la torre de su apartamento en el Bloque 7 en “El Silencio” se despidió de la persona que los había ayudado con las expresiones de gratitud debidas. Estrechó su mano preguntando su nombre y dirección para ver si algún día podía retribuirle el favor.

-Eso es lo único que no podré darle. Yo he corrido esta aventura con ustedes y ahora tengo miedo de regresar a Ciudad Bolívar porque las delaciones abundan en todas partes. Dios quiera que no sea el hombre que compró el pasaje con su nombre a quien se le ocurra echarme una vaina.- Catalá, después de garantizarle que por ese lado no vendrían los tiros, volvió a darle las gracias a ese chofer desconocido.

Mientras se bajaba del carro y veía lo mucho que había cambiado el vecindario en tan solo tres años se sintió invadido por los nervios. La emoción del retorno al hogar después de una forzada ausencia con escasa comunicación con el mundo exterior, únicamente epistolar y censurada, conmovieron poderosamente las fibras más íntimas del preso que acaba de recobrar su libertad. Su primera hija contrajo matrimonio mientras él estaba recluido y, en breves instantes, conocería al marido y las dos nietas . Además el futuro lo atormentaba, difícil, casi imposible le resultaría conseguir empleo a una persona que la dictadura había perseguido, encarcelado y torturado.

Su familia pagó una fianza garantizando que jamás volvería a dirigir una imprenta, pero aquello sería traicionar sus principios y eso no podía ser. Cuando uno no es soldado la pluma y las ideas se convierten en únicas armas para combatir contra la tiranía. El proyecto de montar una librería de nombre “Santos Luzardo” lo tenía más que entusiasmado, más pronto que tarde se volvería a inmiscuir en proyectos de resistencia poniendo su vida y la de toda su familia en peligro.

Pero aquel día se encontraba en una verdadera encrucijada. Dios le dio la oportunidad de cuestionar como pasaría el resto de sus días en libertad, era volver a la lucha o retirarse de la arena política renunciando a la resistencia con el propósito de disfrutar  la paz de la vida familiar y permanecer el resto de sus años en silencio.

Todo esto y mucho más le pasaba por la cabeza a José Agustín Catalá cuando se dio cuenta que el chofer se había bajado también para ayudarlo con la pequeña valija que aún quedaba en el maletero. Tras cerrar el cajón y entregarle su equipaje volvieron a intercambiar palabras.  

-Y cuando le tendí la mano otra vez para despedirme, ya al amanecer de ese día, me estrechó un fuerte abrazo conmovedor. Me vio a la cara y dijo: “Es que a mi me mataron un hijo por la misma causa que ustedes”. Y abordó lloroso el viejo vehículo. Nunca pude llegar a saber su nombre.-

Jimeno Hernández
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