El pésame

Quizás no exista cosa tan difícil en esta vida cómo brindar palabras de consuelo a un ser querido, al instante de experimentar una pérdida. Menos aún bajo circunstancias trágicas e incomprensibles, al igual que sucede cuando un ser querido abandona este mundo, aunque uno no entienda que la muerte es parte natural de la vida.

Al enterarse de la noticia sobre el asesinato de Pedro Elías Aristiguieta, uno de los tantos caídos en el episodio del Falke, invasión organizada por Román Delgado Chalbaud contra el régimen gomecista que vio triste final en el desembarco del 11 de agosto de 1929; un amigo dedicó sentidas palabras de consuelo a uno de los familiares del finado en sus horas de dolor.

El poeta Andrés Eloy Blanco, uno de los tantos presos que se encontraba encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, escribió una conmovedora carta destinada a María Josefina Aristiguieta, hermana de su amigo fallecido.

Debido a la falta de comunicación fuera de las paredes de la cárcel, Andrés Eloy se enteró del asesinato de Pedro Elías más de un año después de los eventos y el desembarque del Falke en Cumaná. El contenido de esta epístola se puede leer entera en el libro “Los desterrados y Juan Vicente Gómez”.

Castillo de Puerto Cabello, 16 de febrero de 1931.

Hermanita querida:  La oportunidad que me da el querido Patronio para hacerte llegar ésta, llena de anhelo intensísimo de mi corazón. Mentira parece que haga más de un año de aquel golpe que al igual se sintió allá y aquí, como esos golpes que se dan a los árboles y todo: tronco, ramas. Nido, todo se sacude… Y después, después que la verdad roja se confirmó, cuando ya no teníamos ni el refugio de la duda, entonces de manera santa, silenciosa, como a gotas caídas en mi corazón, me fue creciendo un pensamiento, una convicción que parecía haber brotado de la mano de dios, la fuente misma de los consuelos; esa idea se apoderó de mí de tal manera, que hoy sale de mis labios con la sencillez de esas aves domesticas que no se ven salir: Pedro Elías tenía que morir.

¡Ah, que espantosa, pero que luminosa verdad, arraigada en la conciencia de su selección! ¡Qué dura, que gloriosa elección! ¡Por qué radiante evidencia! ¿Quién si no era él, iba a morir? ¿Quién, entre todos los soldados de la falange, tenía el alma de aquel rebosante amor que se le vendía por las palabras? ¿Quién tenía en las manos aquella pureza que es el manjar de la muerte?

Su revolución era la revolución en el sentido apostólico; su ostracismo no le dio ni un odio; su desembarco fue un paso de Tiberíades; su caída fue bien su morir sobre la tierra soñada… Y entre todos, ¿quién debía ser el que borrara los pecados del mundo, los horribles pecados de esta tierra? ¿Qué recental había que sacrificar para la redención de esta conciencia nacional adúltera del terror desenfrenado?… ¡Buenos ojos tiene Dios, sabe ver! ¡No podía equivocarse!

Las revoluciones se asientan sobre la sangre del inocente no son nunca vencidas. Tu cordero embistió con fuerza. Tuvo para el ataque la bravura del toro, pero él sabía bien que, fuera del armado testuz, todo lo demás era cordero. Yo lo veo así, predestinado.

¿Pedro Elías vencedor? ¿Pedro Elías jefe? ¿Pedro Elías hombre entre los hombres, mirando con ojos cansados el botín de los asaltos? No, no. Pedro Elías era parte de esa célula divina que llevan los pueblos en el alma; era la intuición misma del sacrificio, doblado en sonrisa como flor de ofrecimiento sobre los labios que dijeron la palabra del pueblo. ¡Que buen maestro para esa idea para tal muerte!, diría el mismo Dios cuando su voluntad.

¡Yo le pido a ese Dios que me dé vida para que mi palabra sea la que salude un día en Cumaná el mármol que lo consagre, menos blanco que el vellón de su alma! ¡Que vuelos de palomas, qué de blancos en el azul de ese día en que aparezca la figura de tu cordero, trasegada en cristalina proyección histórica de la blandura de Sucre para dar aquella tierra en el ejemplo de la dignidad venezolana capitalidad evangélica!

Juan de Dios, Antonio, José, Luís, Angarita, todos te recuerdan con el más profundo amor. Tu nombre es la comunión de los presos. La gran fuerza de tu dolor está en nosotros, dolor que vigoriza el paso de la justicia, que es casta pero temible como el agua de las espadas que montan la guardia de tu cordero.

Tu hermano.

Andrés Eloy Blanco.  

Jimeno Hernández
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