El objetivo principal del chavismo fue el mismo que el del castrismo: eternizarse en el poder
Editorial #451 – Venezuela no es Cuba

Por un largo tiempo tiempo, incluso años después de la llegada de Hugo Chávez al poder, muchos se negaban a ver la realidad. Tanto en Venezuela como fuera de ella.

Los signos del camino que tomaba la “revolución” bolivariana en la tierra de Bolívar eran claros: Chávez y sus secuaces estaban determinados a hacer de Venezuela otra Cuba. Sin embargo, a pesar de las alertas, eran muchos los que lo negaban con la misma frase: “No vale, no creo. Venezuela no es Cuba”.

Con el paso de los años, no quedó duda de que el objetivo principal del chavismo fue el mismo que el del castrismo: eternizarse en el poder . Para lograrlo, seguir los pasos de su camarada Fidel era la mejor idea. Nadie como él había perfeccionado la fórmula para mantener a un pueblo dominado durante décadas.

Pensaron, en su momento, que el experimento del Socialismo del Siglo XXI iba a ser mejor que el cubano, porque existía una gran diferencia: el petróleo. Replicar una dictadura caribeña, pero en el país con las reservas petroleras más grandes del mundo bajo el control de los tiranos, era el escenario de dominación perfecto.

Es por eso que hoy no podemos tener la menor duda: todo lo que ocurre en Venezuela no es producto de la ineficiencia ni de la ineptitud –que existen y de sobra-, sino de un proyecto de tiranía socialista bien diseñado e implementado.

Para alcanzar esto, era indispensable tener el control absoluto sobre la gente y el mayor mecanismo de dominación que un régimen puede tener sobre cada individuo es controlar lo que come. Lo vimos en el pasado en la ex Unión Soviética y también en Cuba con las libretas de racionamiento. Hoy lo vemos en Venezuela, con mejor tecnología, con el Carnet de la Patria y las cajas Clap.

A todo esto le preceden políticas de intervención como el control de todos los poderes del Estado, las expropiaciones de empresas, la toma de medios y la censura, los controles en la economía, los cambios curriculares en colegios y universidades, la prisión y persecución a dirigentes y periodistas, etc, etc, etc.

A través de cada una de sus acciones, buscaron seguir avanzando en la dominación de un pueblo agobiado con sus problemas diarios y sin tiempo ni fuerzas para luchar por sus derechos y su libertad.

Hoy, 20 años después, vemos en el país el resultado del experimento chavista: la hiperinflación más alta del mundo, niveles de escasez de un país en guerra, la destrucción del sector privado y productivo, los servicios básicos en ruinas, el país más violento del mundo y un éxodo masivo de sus habitantes.

Los apagones a nivel nacional de los últimos días también son producto directo del modelo bolivariano, en el que la corrupción es una de sus grandes características.

Cien mil millones de dólares (100.000.000.000, para que lo tengamos claro) han sido destinados en los últimos años al sector eléctrico y, a pesar de eso, Venezuela pasó de tener uno de los mejores sistemas del mundo a ser un país en tinieblas.

Pocas cosas deben ser más martirizantes para un pueblo que no tener luz. Lo peor de todo es que lo que hoy vivimos no son fallas puntuales del sistema, sino su total colapso y, por eso, no vamos a ver una solución hasta que no exista un cambio político en el país. Ni en ese sector ni en ningún otro.

A estas alturas y ante la trágica realidad, quizá tengamos que darle la razón a los que con soberbia refutaban nuestras advertencias sobre el rumbo que tomaba Venezuela.

Es cierto que Venezuela no es Cuba.

Hoy, Venezuela es peor que Cuba.

Miguel Velarde
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