La última aventura de José María España

En Enero de 1799, José María España desembarcó en una playa cercana de La Guaira, puerto donde se había cocinado la revuelta un año y medio antes de su regreso a la patria que lo vio nacer, crecer y prosperar. Había zarpado desde Trinidad, pasado por la nueva Barcelona y desde allí a su hogar.  

Lo primero que hizo fue comunicarse con su mujer y otras cinco personas de su estricta confianza. Logró meterse en su propia casa evadiendo a las autoridades y, desde el primer día, emprendió en la tarea de repetir sus antiguos esfuerzos revolucionarios. El principio de sus planes, al igual que la última vez, consistía en redactar y distribuir papeles sediciosos que incitaran a sublevar la esclavitud, prometiendo a la gente de color la libertad e igualdad ante la ley de la nueva República.

Llevó a cabo su proyecto de sublevar el sitio contra el consejo de Picornell y Gual, quienes le aconsejaron que aún no estaban listos para regresar a la Capitanía General de Venezuela. 

Muchas eran las diligencias dirigidas a los Gobernadores de las islas extranjeras para que, o entregasen, botasen de sus territorios y dejaran de proteger a Picornell, Cortés, Gual y España. La Real Audiencia de Caracas publicó bandos de modo frecuente, resoluciones indicando que de ser hallados en cualquier provincia de dominio español, debían ser capturados y asegurados en prisión para enfrentar el peso máximo de la justicia. En éstos hasta se llegaron a ofrecer doce mil pesos a cualquier persona que prendiera a cada uno de ellos, o delatara el paradero fijo y cierto de los citados prófugos.

La estrategia de la Real Audiencia era intimidar a los reos de Estado para que se mantuvieran alejados, a mucha distancia de los predios de España, persuadiéndolos en tomar la decisión de jamás volver a mostrar sus rostros en cualquier esquina del reino o sus colonias. Sin embargo, vieron, hasta con admiración, como los prófugos continuaban elaborando planes de insurrección desde islas cercanas a la costa venezolana. Para ese momento era más que evidente que éstos no desistirían en su propósito de alejar a los vasallos de su obediencia al Rey y sus leyes injustas.

Durante tres meses, el rebelde España despachó tranquilo desde su residencia, sin levantar ningún tipo de sospechas en el puerto. No perdió ni un solo minuto de su tiempo al regresar, su esclavo Rafael era el encargado de llevar y traer cartas, pactar reuniones o cuadrar la circulación de pasquines incendiarios. En todas se hablaba sobre la independencia, así como los ideales de libertad e igualdad. De modo casi sorprendente, durante ese trimestre no se filtró palabra alguna que delatara su retorno a la patria. Ni las autoridades sospechaban de su presencia en el territorio o se percataron del crecido interés de la población en los premios que le ofrecía la causa al populacho. 

Casi un centenar de días después de regresar a La Guaira, el rebelde comenzó a sentirse convencido que no lo capturarían, satisfecho con la idea que podría llevar a cabo el  alzamiento de manera exitosa, que tal vez en un futuro el mérito de haber sido el primero en quebrar las cadenas que ataban los territorios de ultramar a España sería suyo y de más nadie. Tal vez hasta le cruzó por la cabeza el pensamiento que nombres como el de Gual, Picornell, Cortés, Andrés y Lax quedarían en el olvido, mientras el suyo quedaría grabado para siempre entre las páginas de la historia.

Logró introducir papeles entre las paredes de las cárceles y calabozos, donde se encontraban detenidos los antiguos colaboradores de la conjura fallida dos años antes. A sus cómplices hizo llegar su deseo de continuar la sublevación.

La última aventura llegó a su fin cuando le ordenó a Rafael España, su esclavo de confianza, que le anunciara al corregidor de Macuto, Miguel Gerónimo Pimentel, la señal que pronto sucedería algo en La Guaira y debía estar preparado. En menos de dos días, alguien le anunció que esta nueva intentona también había quedado delatada y debía esconderse o abandonar el sitio de manera inmediata. Así lo hizo Don José María en el acto, pero su esposa Joaquina Sánchez, su india criada y el esclavo Rafael fuesen capturados.

Al conocerse sobre la delación y las detenciones de Joaquina, la india y el negro, comenzó la cacería. Mucha gente en el puerto estaba al tanto que la persona más buscada por las autoridades se encontraba cerca, a las buenas de Dios y a la intemperie, lo buscarían hasta debajo de las piedras de ser necesario. Entonces se hicieron valer los 12.000 pesos que había puesto la corona a cualquiera que lo capturara, vivo o muerto. La búsqueda fue breve, en menos de una semana José María España fue arrestado y conducido inmediatamente desde La Guaira a una mazmorra en Caracas, donde fue ejecutado el 8 de Mayo de 1799.

Jimeno Hernández
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