La flor del retiro

Finalizada la Guerra Federal, con la firma del Tratado de Coche, el general José Antonio Páez marchó el sendero del exilio por segunda vez en Agosto de 1863. Con más de setenta años en el lomo, se fue solo, triste y pobre, el gobierno del general Juan Crisóstomo Falcón tuvo que facilitarle la cantidad de mil pesos para que abandonara del país.

Al poco tiempo publicó el doctor Felipe Larrazábal, liberal recalcitrante, un libro titulado “Vida del Libertador”, obra en la cual, con lenguaje fogoso y apasionado, ensalzaba la figura de Simón Bolívar, al mismo tiempo que resaltaba los errores del “Héroe de Carabobo”. Fue quizás aquello lo que impulsó al llanero, radicado en Nueva York, a escribir, con la ayuda de Simón Camacho, dos volúmenes de su autobiografía.

Mientras redactaba los episodios de su vida en la ciudad norteamericana, Páez conoció y entabló amistad con el ministro plenipotenciario de la República Argentina en Washington, Domingo Faustino Sarmiento, quien le habló maravillas de su nación y lo conminó a visitar Buenos Aires. 

El prócer, casi un octogenario, llegó a la metrópolis a orillas del río de la Plata en Junio de 1868, donde intentó realizar unos negocios de ganadería y conserva de carnes, pero no tuvo mucho éxito en sus propósitos. Cuando la situación monetaria se le complicaba, y se imaginaba hundido en la miseria, tocando su violín por dinero en las calles, la suerte le sonrió. El doce de Octubre de ese año subió a la Presidencia su amigo Sarmiento, entonces el panorama oscuro comenzó a tornarse brillante con la publicación de un decreto.

Buenos Aires, Diciembre 5 de 1868.

Habiendo llegado a este país el General Don José Antonio Páez, en persecución de una modesta industria para sostener su vida en la más avanzada edad; y considerando que este ilustre guerrero es la más alta gloria militar que sobrevive a los tiempos de la Independencia; y que sus hazañas reconocidas ya por la historia contribuyeron en gran manera a afianzar la independencia americana, el Presidente de la República Argentina, para asegurarle el reposo de sus últimos días en reconocimiento de sus grandes servicios decreta:

Artículo 1. Dese de alta en la Plana Mayor activa del Ejército Argentino, al General Don José Antonio Páez, en la clase de Brigadier General.

Artículo 2. Comuníquese, etc.

Firmado:  Domingo Faustino Sarmiento.

Refrendado: Martín de Gainza.

El decreto se presentó al Senado y fue aprobado por unanimidad. Cuando esto sucedió, el General Bartolomé Mitre, ex Presidente de Argentina, dijo lo siguiente:

Lejos de hacer un honor al General Páez, nosotros lo recibimos en que venga a acabar sus últimos días aquí; es una pequeña deuda de gratitud que le pagamos, nosotros, americanos, que hemos gozado de los beneficios producidos por los grandes servicios que prestó en la guerra de la Independencia.

Fue así como comenzó la vida del General Páez en Buenos Aires, reconocido por sus méritos y arrastrando su bien merecida fama. Gente que lo conoció durante aquellos días comenta que todavía era de cuerpo fornido y regular estatura, aunque había perdido agilidad a consecuencia de una caída a caballo sufrida en la capital de los Estados Unidos. La fractura de la pierna sanó, pero lo dejó con cierto tumbado al caminar, cosa que hacía con frecuencia, pues se le podía ver pasear por las calles acompañado de “Pinken”, su hermoso perro blanco e inseparable compañero.

Páez se mantuvo bastante ocupado en Argentina, además de atender diligencias de sus negocios, recibía gente importante en su casa, quienes lo visitaban para pagarle sus respetos, escuchándolo contar episodios de su agitada vida en los llanos durante los tiempos de la gesta emancipadora y lo cruel que puede ser la política.

En Buenos Aires, para distraer su soledad y aliviar sus tristezas, aprovechó a dedicarse a la música, pasatiempo predilecto y verdadera pasión. Estudió teoría y solfeo, armonía, formas y estilos musicales. Al violín, que tocaba con destreza, se le unió el piano en su repertorio de instrumentos para componer algunas canciones, como un valse lento para canto y piano titulado “La Flor del Retiro” y otra pieza llamada “Escucha Bella María”.

Una epidemia de fiebre amarilla obligó a Páez a salir de Buenos Aires en 1871, se dirigió a Rio de Janeiro, y de allí zarpó en dirección a los Estados Unidos, otra vez a Nueva York, donde expiró el siete de Mayo de 1873, a los ochenta y tres años de edad.

No abandonó la capital argentina sin dejar una huella del tiempo que allí pasó, ya que hoy día, en el Museo Histórico Nacional de aquel país se puede ver un cancionero de obras inéditas de su autoría, entre el cual figuran en sus páginas algunos fandangos, o joropos con múltiples voces y más de dos arpas.

Jimeno Hernández
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