Nos estamos acercando al momento de tomar medidas alternativas que preserven la salud sin terminar de destruir la economía
Editorial #501 – El remedio y la enfermedad

Mandatory Credit: Photo by Alessandro Serrano

En estos días de pandemia, vemos con preocupación que muchos gobiernos y un sector importante de la población se planteen la dicotomía que tenemos que elegir “entre la salud o la economía”. Es un grave error.

Nadie puede dudar que la vida de las personas es la prioridad en cualquier circunstancia. Sin embargo, si bien es verdad que sin salud no hay economía, sin economía tampoco habrá salud. Cuando advertimos sobre la gravísima crisis económica a la que la paralización de nuestras sociedades puede llevar a nuestros países, no la medimos en cifras económicas, sino en potenciales números de muertes y enfermos a mediano plazo.

De esto sabemos mucho en Venezuela. Los últimos años hemos sido testigos de una profunda crisis económica que ha tenido como consecuencias devastadoras en la salud y todos los aspectos de la vida.

A pesar de que la falta de datos también ha sido una característica del régimen chavista, los pocos informes oficiales admitían en 2017 un escenario desolador: enfermadades como la malaria, la tuberculosis, el VIH, y otros factores como la mortalidad materna e infantil y la desnutrición, afectó a decenas de miles de personas y se cobró centenares de vidas.

Todo consecuencia directa de una economía devastada que, además, genera problemas como la destrucción de una parte importante del sector productivo y, por ende, el desempleo, la inseguridad, la desescolarización y la condena a la pobreza de millones de personas.

Está claro que el Covid-19 nos tomó por sorpresa y poco preparados. Sin embargo, ahora que estamos construyendo el camino al andar, no podemos hacerlo viendo solamente el corto plazo.

La crisis se compone de cuatro etapas: la de salud (que ya la estamos atravesando), la económica (la “coronacrisis”, que empezaremos a enfrentar muy pronto), y las crisis política y psicológica que este proceso dejará, que tendremos que enfrentar en el mediano plazo.

El gran reto que los gobiernos tienen es encontrar ese punto de equilibrio para que el costo de esta tragedia sea menor. Todo parece indicar que, por ahora, las naciones que tomaron más temprano las decisiones más radicales son las que acertaron.

Sin embargo, algunas voces ya empiezan a cuestionarse si la extensión y dureza de una medida no hace que empiece a perder eficiencia y que genere efectos contrarios a mediano y largo plazo.

¿Hasta cuándo pueden nuestros países soportar una cuarentena total? ¿No tendrá ésta en el mediano plazo un costo mayor no solo en la economía, sino también en salud y en vidas? ¿Están nuestros gobiernos viendo el panorama completo a largo plazo o solo están reaccionando improvisadamente ante la emergencia?

Es muy probable que nos estemos acercando al momento de tomar medidas alternativas que preserven la salud sin terminar de destruir la economía. Por ejemplo, cuarentenas focalizadas solo en las regiones de mayor contagio, aislamiento segmentado de personas con mayor riesgo, periodos de cuarentena intercalados dependiendo del comportamiento de la curva de contagios, y otros que los expertos vienen analizando apresuradamente.

No son decisiones fáciles, menos cuando se deben tomar en medio de una tormenta. Pero es lo que le ha tocado vivir a nuestra generación. Hay que enfrentarla y superarla pensando en el presente y también en el futuro.

Lo que debemos evitar a toda costa es de que el remedio sea peor que la enfermedad.

Miguel Velarde
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