Cuatro ideas para flexibilizar la cuarentena
Editorial #502 – Coronacrisis

Aunque hace solo un mes muchos subestimaban el impacto económico que la pandemia de Covid-19 iba a tener, hoy ya es innegable que estamos frente a lo que será la peor crisis económica global de nuestra generación. 

La paralización casi total de la economía en todo el mundo comenzó a mostrar sus primeras consecuencias. En Estados Unidos, por ejemplo, la semana pasada las solicitudes de desempleo se duplicaron en relación a la semana anterior -de 3,3 a 6,6 millones – y llegaron a 10.000.000. Solo para tener una idea, en los últimos 40 años el nivel más alto había sido en 1980, cuando alcanzaron 695.000. 

La Bolsa de Nueva York tuvo grandes pérdidas, habiendo borrado en los últimos días prácticamente todas las ganancias que obtuvo en más de tres años de gobierno de Donald Trump. Así mismo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) pronostica que esta crisis podría destruir 25 millones de empleos en el mundo. 

Nuestras economías en la región son todavía más vulnerables. Más allá de los problemas que tienen las grandes empresas, el sector productivo, los comercios y emprendimientos -para los que los gobiernos diseñan velozmente algunos alivios como reducciones de impuestos y acceso a créditos- nos enfrentamos a un gran desafío: qué hacer con ese 50% de trabajadores informales los cuales, en muchos casos, ni siquiera están bancarizados. Aquellos que viven día a día y si no trabajan, no comen. 

Sin embargo, luego de un par de semanas en los que el mundo estuvo en shock ante la llegada de la pandemia y de que todos nuestros esfuerzos se focalizaron en lo sanitario, llegó el momento de enfrentarla de una manera más integral.

Estamos en guerra contra un enemigo invisible pero letal. Al entenderlo así, nuestros gobiernos deben conformar equipos multidisciplinarios -como lo son siempre los War Rooms– que diseñen una estrategia que abarque todos los aspectos, por supuesto el de salud, pero también el económico, el político y hasta el psicológico. 

¿Cómo hacemos entonces para evitar que los sistemas de salud colapsen pero sin que esto signifique que la economía se derrumbe y enfrentemos costos, incluso en vidas, tan o más grandes que a causa del virus? Hay cuatro ideas por las que podríamos comenzar a pensar en flexibilizar las medidas más estrictas de aislamiento.

La primera opción que se tiene es dejar salir a trabajar a la población que no es de riesgo. Es decir, menor a 60 años y que no tienen ninguna enfermedad de base. Esto, por supuesto, con las medidas de distanciamiento social y prevención que dicten los expertos, como el uso de barbijo, alcohol en gel, etc. 

La segunda idea, para reactivar algunos sectores claves de la economía, es permitir trabajar a aquellas personas que lo hacen cerca de sus casas y que, por lo tanto, no necesitan de medios masivos de transtorte donde se conglomera mucha gente y son un foco de contagio. 

Todo lo anterior tendría que complementarse con una tercera medida: segmentar las restricciones por áreas geográficas: en los lugares con menos contagios, más libertades; y por tipo de trabajo: las industrias y los oficios que más urgente necesitan la reactivación, mayor prioridad, como la de medicinas, de alimentos, de la construcción y también quienes viven día a día, como los plomeros, jardineros, seguridad y limpieza.

Una cuarta idea es la de las cuarentenas intercaladas. Según los expertos, luego de lograr aplanar la curva de contagios, el “pico” -es decir, el momento más complicado- de la enfermedad se posterga y ahora llegaría recién las últimas semanas de mayo. Lo que se puede hacer es flexibilizar la cuarentena un par de semanas y en cuanto se detecte que la curva vuelve a empinarse, retomarla por algunos días. Y así sucesivamente hasta superar la pandemia. Para esto, se necesitan métodos de medición y seguimiento en los que la mayoría de los gobiernos están trabajando. 

Si partimos de la base de que el virus llegó para quedarse entre 12 y 18 meses hasta que se encuentre la vacuna, tenemos que enfrentarlo como si fuera un gran incendio que se apagó pero quedaron puntos con brasas, y atacarlos ni bien veamos que se están volviendo a prender. 

Nuestra estrategia debe estar mucho más focalizada en las amenazas y las debilidades y no depender de la paralización total de nuestros países. La vida de las personas sigue siendo hoy la primera prioridad, pero no podemos obviar otra realidad.

Ha llegado el momento de enfrentar la segunda etapa de la pandemia: la coronacrisis.

Miguel Velarde
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