Relatos de un personaje imaginario

El dr. Armando Betancourt Ruiz es autor de un libro titulado “Memorias de una ordenanza durante la guerra de Independencia”. En esta obra un personaje ficticio llamado Aurelio Pinto relata distintos episodios sobre la vida en los campamentos describiendo a los hombres, que bajo el liderato de Simón Bolívar, hicieron guerra contra la corona española y huestes realistas.

Don Armando, sin faltar a la fidelidad documental, entrega a través de los cuentos de Pinto, un movido retrato de cómo eran las cosas durante aquellos tiempos.

La figura de José Antonio Páez, en los años de juventud, se erige como uno de los principales personajes del texto con toda la majestad de su fuerza, intelecto y leyenda, en medio de sus valientes llaneros, para quienes era un ídolo y, según Aurelio: -El único que podía mandarlos, porque se entendía muy bien.-

Continúa el personaje ficticio diciendo: -Páez les toleraba muchas cosas, porque ellos no tenían muy claros conceptos de disciplina, pero era muy estricto cuando se trataba de ordenes para la batalla. Este hombre me impresionó mucho por su trato cordial y bonachón. En varias ocasiones tuve que hablar personalmente con él por cuestiones del servicio, pues mi jefe me mandaba con recados por la dificultad que tenían en entenderse.- 

El jefe de Pinto no era otro que Gustav Hippesley, uno de los primeros oficiales ingleses alistados en Londres para sumarse en Venezuela a la lucha emancipadora, quien ignorando el idioma castellano lo contrató como interprete y servía de traductor en las conversaciones entre Páez y el extranjero. En aquella época la fama del catire y sus hazañas se había extendido a todas partes y los ingleses, al momento de unirse a sus filas, sabían que estarían a las órdenes de un hombre “embraguetado”.

-Páez siempre me trató bien, y hasta se chanceaba conmigo, y en algunas oportunidades  me presentó personas de su confianza, muchos de los cuales eran verdaderos héroes de mucha fama, aunque no lo parecían por su facha… Era un hombre de estatura mediana, muy musculado, con el cuello grueso, y tenía fama de ser uno de los más fuertes y de mayor resistencia en las fatigas. Sus llaneros lo querían, respetaban y temían, aún dentro de esa especie de desorden que se veía en el campamento.-

Los modos en su campamento eran distintos a los de militares británicos educados en la vieja escuela. Sus hombres, cuando querían algo, lo pedían con toda confianza, y él procuraba complacerlos si existía posibilidad de ello.

-A veces le daba permiso a grandes grupos de su gente para que se fueran a sus pueblos por un tiempo, con el compromiso de regresar para una fecha determinada, y siempre volvían.-

En cuanto a su personalidad, la manera de conducir a sus tropas en campaña, así como el respeto que sus subordinados, Pinto comenta lo siguiente: -Tenía un carácter alegre, era amigo de los dichos maliciosos, refranes y chanzas, a veces hasta pesados, que les gastaba a sus mismos compañeros… Manejaba estos hombres a su antojo en las batallas y grandes marchas, y tenía sus métodos propios de mantener la disciplina, aunque a veces era demasiado tolerante. Era inteligente por natural, y los llaneros, en su manera especial de decir las cosas, lo expresaban diciendo que había nacido aprendido.-  

Muchos piensan al “Héroe de Carabobo” como personaje autoritario que se disgustaba cuando le discutían o llevaban la contraria. Proponen que se sentía rey entre su horda de salvajes y nadie podía tener influencia sobre él, especialmente en cuestiones de mando. Al contrario, la novela de Betancourt Ruiz lo esboza como tranquilo, una persona que: -Se sentía a sus anchas en su medio, y su pensamiento posiblemente no abarcaba un ideal mayor que el horizonte de sus llanos, y quizás no comprendía las altas miras que tenían otros jefes respectivo a la finalidad de la guerra conjunta que se necesitaba hacerle a las tropas del rey.- 

Lo que sabíamos, aquellos que alguna vez escuchamos sobre la audacia del general y Padre de la República, es que: –No tenía igual en el arte de dar sorpresas al enemigo, y en algunas ocasiones arriesgaba su vida sin necesidad por demostrar su valor o por placer, y había veces que sus acciones parecían las de un desesperado o de un loco, y gustaba contarlas en el campamento cuando se presentaba la ocasión. Tenía dentro de su gente ya muy probado por su valor, que lo acompañaba en las empresas más arriesgadas y obtenía éxito en situaciones que a las luces de la razón debían ser desastrosas.- 

En un periodo de cuatro años, entre 1814 y 1818, logró poner al servicio de la causa patriota a los hombres de la misma región que antes servía la causa realista del despiadado Boves bajo el pabellón español.

Algo que despierta la curiosidad del escritor, el narrador de esta historia, así como probablemente la del lector, es como, poco a poco, iba absorbiendo aprendizaje de quienes lo rodeaban, conocimientos de personas más cultas que él, expandiendo su léxico, mejorando sus modales, progresando como individuo en una sociedad que apenas nacía.

Pocos imaginaban que marchando por aquel trillo se toparía con un camino que lo llevaría a ser muy útil a la patria, tanto en la guerra como en la política de los tiempos de paz.

Jimeno Hernández
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