Los nuevos puritanos ingleses

Hace un año me trasladé de Londres a Barcelona. Aparte de haber dejado Twitter, y las demás redes antisociales, es la mejor decisión que tomé en mucho tiempo.

Ya saben: el tiempo, el mar, la comida, la gente. Otra razón menos obvia es el haber podido huir del nuevo puritanismo que hoy asfixia a las sociedades anglosajonas.

Edinson Cavani, que se acaba de mudar de Francia a Inglaterra, sabrá de lo que habló. Cavani es un futbolista uruguayo que dejó el Paris Saint Germain por el Manchester United hace un par de meses. El fin de semana pasado marcó dos goles para su nuevo equipo y recibió un montón de felicidades en Instagram. Respondió a uno de los mensajes, de un amigo, así: “Gracias, negrito”, más un emoji con la imagen de un apretón de manos.

Lo mataron. “¡Racista!”, chillaron los diarios, los jugadores, los exjugadores que opinan de fútbol en la televisión. Los periodistas deportivos compitieron para ver quién se escandalizaba más, para lanzar sermones, para presionar a la federación inglesa (la Football Association) a que lo suspendieran por tres partidos. El delantero Troy Deeney, autoproclamado Martin Luther King del Watford FC, declaró que no, que un castigo de tres partidos no sería suficiente para compensar “el dolor” que Cavani había causado.

Bueno, señores y señoras lectores, ustedes saben perfectamente bien que el amigo de Cavani no sufrió el más mínimo dolor. Saben que el detalle de Cavani de optar por el diminutivo “-ito” le agregó un toque de cariño al mensaje que el receptor habría celebrado.

La noción de que Cavani escribió aquello con intención ofensiva o racista no se les hubiera pasado por la cabeza a ninguno de los dos. Pero “ofensivo y racista” fue el veredicto de los guardianes morales de Inglaterra, convencidos ellos de su superioridad cultural sobre los bárbaros del Sur. A ver qué pasa si se enteran de que Mercedes Sosa cantó una canción llamada “Duerme, negrito”. Acusarán a “la Negra”, como afectuosamente se la conocía, de racismo y censurarán su canción en las radios por temor a ofender la fina sensibilidad del gran pueblo inglés.

La risa es que, en el intento de llamar la atención a su buenismo, delatan su soberbia, sus propios prejuicios y su ignorancia de las costumbres de aquellos que tuvieron la desgracia de nacer del otro lado del Canal de la Mancha. Esta misma semana el ministro de educación británico, Gavin Williamson, declaró, sin ironía, “Somos un país mucho mejor que todos los demás, ¿no?”. Lo dijo a raíz de que Reino Unido fue el primer país de Occidente en aprobar el uso de la vacuna Pfizer contra la Covid, pero parece haber pensado que afirmaba una verdad universal.

El tonto de Williamson es de derechas, del ala más Brexitera del partido conservador. Pero hay que ser justos con él y con las grandes masas cuyo pensamiento representa. Williamson no pertenece a la secta que provocó el linchamiento de Cavani.

Los nuevos puritanos provienen de la izquierda. Se consideran progresistas ejemplares los inquisidores que reducen cada día más el espacio de lo políticamente correcto y castigan a los que se desvían de sus ortodoxias. No pasa un día en Inglaterra sin que se decrete una fatua a algún profesor universitario, a algún estudiante, a algún periodista, a algún escritor, o a alguna figura del siglo XVI cuyas ideas no corresponden con las que están de moda en la segunda década del XXI.

Hace unas semanas la Biblioteca Británica colocó a uno de los grandes poetas del siglo pasado, Ted Hughes, en una lista negra de personajes que se habían supuestamente beneficiado del esclavismo. El pecado de Hughes: haber tenido un antepasado nacido en 1592 con vínculos a la colonización de Norteamérica. El propósito de la biblioteca, cuya jefa declaró hace poco que “el racismo es la creación de gente blanca”, fue imponer una censura de facto sobre sus escritos. Si Hughes viviese aún, la Twittertropa se hubiera movilizado para silenciarlo o echarle de su trabajo.

Suzanne Moore, una veterana periodista de The Guardian, sigue viva. Hace unas semanas Moore escribió que el género era una clasificación biológica, “no un sentimiento”.

La que se armó.

Una carta firmada por 338 empleados de The Guardian, el diario más progre de Inglaterra, declaró que como consecuencia de la columna de Moore las oficinas del periódico ya no constituían “a safe space”, un lugar seguro, para gente transgénero.

Moore esperaba que la directora del diario la defendiera, pero ni pío, y Moore renunció.

Luego escribió un ensayo en el que acusó a The Guardian de “cobardía” y señaló la ironía de que se erige como un bastión de la tolerancia y la libertad de expresión cuando lo que reina adentro es una cultura del miedo. “Mucha gente” deseaba salir a defenderla, dijo Moore, pero se callaron por temor a perder sus trabajos.

Si Moore hubiese querido no perder el suyo tenía una solución a mano. Hacer como los disidentes en los tribunales de Stalin: reconocer su error y pedir perdón.

Someterte a una humillación pública y traicionar tus creencias es la salida que te ofrecen para poder seguir pagando el pan o, en el caso de Edinson Cavani, el Ferrari.

El uruguayo debe de haberse quedado muy perplejo cuando vio la reacción al mensaje que mandó a su amigo. Se habrá preguntado, ¿será posible que llamar ‘negro’ a una persona es considerado un insulto en este país? Pero Cavani se lo tragó y publicó un comunicado en el que dijo que nunca fue su intención ofender a nadie y pidió “las más sinceras disculpas”.

A ver ahora si la Football Association resiste las presiones de los ayatolas y se atreve a no sancionarlo. Como mínimo Cavani ha logrado evitar que el United lo despida. Y si se entera de lo de Moore, Hughes y compañía tendrá el consuelo de saber que en la Inglaterra puritana hay igualdad de oportunidad para extranjeros y nativos. Le acusaron de ser racista por ser sudaca, pero no solo.

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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