Editorial #542 – Corrupción estructural

Hoy queda claro que el problema de la corrupción en algunos de nuestros países ya no es un tema coyuntural

Como todos los años, la semana pasada fue publicada la clasificación anual sobre el Índice de Percepción de la Corrupción (CPI) de la ONG alemana Transparencia Internacional. Los resultados, en términos generales, son malos: dos tercios de los 180 países contemplados quedaron por debajo de los niveles aceptados.

Pero lo más preocupante es lo relacionado a nuestra región, donde sólo tres de las 19 naciones analizadas lograron una puntuación favorable.

Lo peor de todo, según el mismo informe, es que una crisis tan grave como la pandemia de Covid-19 agudizó la corrupción y eso, a su vez, entorpece la respuesta que nuestros países le puedan dar a la enfermedad.

Tampoco sorprende que, con pequeñas diferencias de año a año, se está haciendo costumbre ver en América Latina a los mismos países tanto en lo más alto de la tabla como en el fondo de ésta.

Uruguay y Chile, por ejemplo, están siempre en los mejores lugares del índice, mientras que, en los últimos lugares, encontramos a Venezuela, Nicaragua y Haití.

Este resultado no es casual. La relación entre independencia de poderes y solidez de las instituciones tiene un impacto directo en los índices de transparencia de cada país. Es por eso por lo que naciones como Chile o Uruguay, a pesar de haber tenido gobiernos de tendencias políticas diferentes, no pierden su rumbo.

En otros países como Venezuela y Nicaragua, la falta de libertades y de democracia se ve reflejada en los altísimos niveles de corrupción, mucho más cuando son pequeños grupos los que ostentan todo el poder desde hace años, sin ningún tipo de control ni contrapeso institucional que garantice la justicia.

Sumado a esto, la falta de medios independientes y la persecución a periodistas, a organizaciones sociales y a cualquiera que se anime a denunciar un hecho ilegal, se convierte en lo que es el mayor incentivo para la corrupción: la impunidad.  

Lo peor de todo hoy es que esto hace que una crisis muy profunda, como la que vivimos en la actualidad debido a la pandemia, es vista por estos grupos corruptos como una oportunidad para hacer lo que mejor saben hacer: robar.

La etapa de vacunación que recién comienza en nuestros países puede enfrentar graves problemas no solo por la evidente ineficiencia de muchos gobiernos, sino también por la poca transparencia en su manejo.

Hoy queda claro que el problema de la corrupción en algunos de nuestros países ya no es un tema coyuntural, sino un problema estructural. Esto nos debe alarmar aún más, porque ni siquiera con un cambio de gobierno o con la aplicación de algunas políticas puntuales, se podrá solucionar el problema.

La única manera de hacerlo será modificando nuestro modelo de país, no solo a nivel institucional, sino también a nivel social e, incluso, a nivel cultural.

Miguel Velarde
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