El Diablo de Río Negro

El nombre de Tomás Funes quedó escrito entre las páginas de la historia con la tinta indeleble de la sangre de los inocentes, esa que derramó durante sus andanzas por estas tierras. A punta de fuego y machete, este oriundo de Río Chico, se abrió pica entre la selva amazónica para protagonizar uno de los episodios más brutales y espeluznantes de la Venezuela del Siglo XX.

La noche del 8 de mayo de 1913, al mando de trecientos hombres, tomó por asalto la residencia del gobernador Roberto Pulido, el escogido de Juan Vicente Gómez, dándole muerte con un disparo en el estómago y un sablazo en la nuca. Luego procedió a hacer lo mismo con su esposa Mercedes y los dos niños. No conforme con semejante acto de barbarie, esa misma noche, ordenó también la ejecución de otras sesenta y cuatro personas en la población de San Fernando de Atabapo.

Sus esbirros, comandados por dos personajes conocidos como “El Picure” y “Avispa”, dieron cacería a las amistades de Pulido y las exterminaron. A los tres Espinoza los mataron a machetazos en la plaza como a unos perros rabiosos. Enrique Delepiani fue detenido  en su casa y descuartizado. Peores destinos sufrieron el Dr. Baldomero Benítez, Jacinto Lara y Julio Capechi. En menos de una hora el número de ajusticiados ascendió a más de dos decenas.

Entre el 8 y 11 de mayo fueron pasadas por las armas más de ciento veinte personas. Todas y cada una, bajo las órdenes de este funesto personaje que hoy se conoce como “El Diablo de Rio Negro”.  El hombre violó, saqueó y se proclamó nuevo gobernador del Amazonas, adueñándose así de bienes de los ajusticiados y un inmenso territorio virgen, repleto de riquezas propensas al negocio de la explotación de los árboles de caucho y sarrapia. Comenzó entonces una orgía de sangre y muerte que se prolongó durante ocho largos años en los que la única leyes fueron su revólver y la barbarie. Él anotaba minuciosamente, en una pequeña bitácora, cada uno de los ejecutados con nombre y apellido.

Mientras tanto, el dictador se hizo del ciego, el sordo y el mudo, todas a un mismo tiempo. El general Juan Vicente Gómez no envió contingente alguno para combatir al infame Tomás Funes, pues no le interesaba el Amazonas.

-Ese lugar es inhóspito, se encuentra plagado de indios, jaguares, víboras, saurios y parásitos. Allí no se puede criar o engordar ganado, tampoco sembrar o cultivar. En esa jungla cualquiera puede hacer de las suyas mientras las aguas del Orinoco provean vida a los territorios que sirven para la producción agrícola.-

Probablemente pensaba el “Benemérito”. Además no le gustaba desperdiciar pólvora en zamuro. Sabía que la vida de los habitantes de la selva era efímera, pues entre la espesura del follaje existen millones de bichos que lo acosan a uno por cualquier lado y a toda hora. Fue por todos estos motivos que el reinado del terror y la crueldad duró en Amazonas hasta bien entrado el año 1921.

Para aquel año se podían leer más de cuatrocientos ochenta nombres en el diario del temido Tomas Funes. Una inmensa lista de ajusticiados cuyos restos fueron descuartizados, dejados a la intemperie para servir de alimento a los carroñeros, o lanzados al río para banquete de caimanes y pirañas.

El vengador de estas almas fue el General Emilio Arévalo Cedeño, un afamado guerrillero y opositor al gobierno que, durante años, recorrió los territorios de la República burlando las tropas del dictador andino. Invadió el territorio nacional al mando de una expedición que partió de las tierras araucanas de Colombia y, luego de recorrer cientos de kilómetros y sobrevivir a más de mil penurias, llegó finalmente a San Fernando de Atabapo la madrugada del 27 de Enero de 1921.

Sus hombres atacaron la fortaleza del tirano del Amazonas esa madrugada y la refriega se extendió durante todo el día. Tomás Funes y los suyos se rindieron junto a  los últimos matices del ocaso. Pensando que podía escapar a la justicia divina, optó por firmar un armisticio.

Al refrendar ambas partes el documento, Funes extendió su mano en gesto de paz al general Arévalo Cedeño y este le rechazó la diestra al bandido. Con tono inclemente le dijo:

-“Si todos los ríos de la tierra juntaran sus aguas, estas no serían suficientes para lavar sus manos.”-

La vindicta pública clamaba a gritos por justicia y deseaba se impartiera un castigo ejemplar para los culpables de 8 años de horrores. Tomás Funes, el “diablo de Rio Negro” fue sometido a juicio militar y la sentencia del tribunal devengó en la pena de muerte para él y su segundo al mando, Luciano López.

El ajusticiamiento de ambos se convirtió en todo un espectáculo. Con las primeras luces del 30 de enero se reunieron en la plaza los habitantes de San Fernando de Atabapo, todos con ánimo de júbilo y sed de justicia. La masa estalló en aplausos al escuchar los tiros y ver el cuerpo del tirano de Amazonas caer sin vida sobre un charco de sangre.

Así terminó la leyenda del diablo de Río Negro, con el famoso lema ese que dice: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

Jimeno Hernández
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