La Bolivia de hoy: crónica de una muerte anunciada

Los países dependen de su economía para crear bienestar.  La única forma de entregar un mejor vivir a su población es a través de una correcta inversión en políticas públicas que permitan el desarrollo conjunto de sus ciudadanos.  Más allá de la eficacia y eficiencia de inversión de los estados, los planes estructurales hay que financiarlos.  Si no se pueden financiar, los países quedan estancados o inclusive deterioran su condición existente.  Bolivia enfrentará un periodo muy complejo en los próximos años, con riesgo de destruir lo poco que ha construido hasta hoy.

La economía boliviana se explica principalmente por la exportación de materias primas o commodities, tales como: gas, oro, zinc, petróleo crudo, soya, estaño, etc.  Todas las materias primas antes mencionadas dependen de precios internacionales, por lo que Bolivia es un tomador de precios.  Las fluctuaciones de precios de materias primas tienen un impacto directo en los presupuestos de gobierno año tras año, ya que, a mayores precios, mayor recaudación fiscal.  La exportación de dichos productos debiese influir también el tipo de cambio, ya que, a mayor entrada de dólares, el tipo de cambio debiese fortalecerse.  Sin embargo, en Bolivia, el sistema vigente de control de cambio denominado Crawling Peg (tipo de cambio semi variable), no funciona como tal desde hace más de una década, para poder mantener la inflación a raya.  Los eventos inflacionarios que vivió Bolivia a lo largo de su historia hacen que mantener una inflación controlada sea imperante desde un punto de vista de gobernabilidad.  Sin embargo, cuando los mecanismos son poco ortodoxos, emergen problemas mucho mayores.

Según el Banco Mundial, Bolivia fue exportador neto (exportó más que lo que importó) desde el 2004 hasta el año 2014.  La razón tiene que ver con un super ciclo de materias primas y los contratos de gas vigentes.  Lo anterior llevó a una acumulación de reservas internacionales y a la apreciación teórica del boliviano frente al dólar, pero se prefirió fijar artificialmente el tipo de cambio para que las exportaciones tradicionales no pierdan competitividad.  Los excedentes fiscales permitieron financiar programas públicos, que lejos de ser eficientes, igualmente permitieron reducir la brecha de pobreza significativamente.  Por otro lado, la demanda interna tuvo un crecimiento exponencial debido a la estabilidad económica y gobernabilidad existente en dicha década.

Desde el año 2015, Bolivia pasó a ser importador neto (importa más de lo que exporta).  La razón tiene que ver con el fin del super ciclo de materias primas y más recientemente con la imposibilidad del gobierno de turno de renovar la totalidad de los contratos de exportación de gas a Brasil.  Desde entonces, Bolivia ha financiado su balanza comercial negativa con emisión de deuda, y con reservas internacionales, que hoy languidecen.  El tipo de cambio debiese haberse devaluado para eliminar la presión sobre las reservas.  Pero hacerlo, implicaría una presión sobre el nivel general de precios, llevando a un golpe inflacionario relevante.

La crisis política de fines de 2019 y la pandemia que vivimos hasta hoy, han golpeado a la economía boliviana de manera violenta.  El efecto fue más devastador que en otros países vecinos debido a la informalidad económica, que hasta antes de la pandemia llegaba al 80% de la economía nacional.  Hoy posiblemente sea mayor.  La informalidad le pasó la cuenta a la población, ya que, sin seguridad social, ni empleadores formales, el desempleo se disparó con creces y el bienestar de las personas se desmoronó.

Bolivia está contra el reloj, ya que reporta déficits fiscales desde el año 2014, inclusive de dos dígitos en 2019 y 2020.  Además, el país cuenta con un nivel de endeudamiento cada vez más alto como porcentaje del PIB.  Si bien aún tiene capacidad de emitir deuda para financiar sus déficits fiscales anuales, los mercados internacionales y multilaterales podrían cerrarle sus puertas si la tendencia continúa.  En 2019, la deuda pública total boliviana representó un 58% del PIB o USD 24bn.  En 2020 las cosas no se ven mejor ya que si consideramos que el presupuesto fiscal anual es de USD 20bn aproximadamente y el país reportó déficit fiscal de 15%, Bolivia deberá emitir cerca de USD 3bn para financiar dicho déficit, llevando la deuda pública total a 73% del PIB (asumiendo un 8% de contracción económica en 2020 según la CEPAL).

La única forma de salir de este espiral es generando mayores exportaciones y ser nuevamente un exportador neto.  ¿Pero qué industrias permitirían dicho cambio? Brasil no quiere depender de Bolivia en compras de gas, lo que permitió reemplazar contratos existentes con Bolivia a través de proyectos relevantes de regasificación (LNG terminals).  Argentina no cumplió con su promesa inicial de comprar los cerca de 28 millones de pies cúbicos anuales de gas (14m proyectados para 2021) y hoy Vaca Muerta promete ser uno de los polos energéticos de la región, reduciendo su dependencia a Bolivia.  La minería esta devastada por ausencia de inversiones y nacionalizaciones disfrazadas (caso Glencore).  No existen las condiciones para atraer inversión minera, la que es capturada regionalmente por Chile y Perú (USD 5bn y USD 6bn en 2020 respectivamente).  El litio es un mito porque no existe la tecnología para extraerlo, la ley de mineral por m3 es muy baja en comparación a otros reservorios relevantes, el contenido de magnesio y otras impurezas es demasiado alto, entre otros.

El gobierno de turno tiene un gran desafío por delante, pero la partida está en su contra.  No cuenta con programas de desarrollo reales, ni proyectos en industrias relevantes.  Además, Bolivia es uno de los países más corruptos del mundo (124 de 180 por Corruption Perception Index 2020). Bolivia es considerado un régimen híbrido, es decir, entre democracia y dictadura (The Economist, publicación de febrero de 2021).  Bolivia tiene una profunda crisis institucional de la justicia (Naciones Unidas, publicación de marzo de 2021). 

A menos que exista un cambio estructural de modelo, Bolivia está destinada a una pronta muerte transitoria.

Esteban Szasz
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