Editorial #551 – ¿Ola o tsunami?

No queda espacio para decisiones que profundicen la crisis

La segunda ola de coronavirus en la región ya es una realidad. En los últimos días, los aumentos de casos en América Latina encendieron las luces de alerta y son varios los gobiernos que nuevamente empezaron a tomar medidas estrictas de restricción y aislamiento para tratar de desacelerar su llegada.

El panorama no es bueno. A pesar de la existencia de la vacuna y de que se está aplicando en nuestros países, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte ahora que esta nueva etapa puede ser mucho más extensa que la primera.

El organismo informa que ya existen más de 19.7 millones de casos de coronavirus en toda América y se superaron las 475.000 muertes. Mientras tanto, también indicaron que 124 millones de personas en América ya recibieron al menos una dosis de la vacuna y 58 millones ya tienen la inmunización completa.

En términos sanitarios, más de un año después del inicio de esta crisis, con todas las lecciones aprendidas y con el proceso de vacunación iniciado, el impacto en términos de internación grave y muerte no debería ser peor que el del año pasado, principalmente porque podría ser más fácil evitar el colapso del sistema sanitario.

Existen excepciones que son motivo de preocupación. Como Brasil, donde el número de fallecidos y contagiados de Covid-19 se incrementó de manera considerable y las camas de terapia intensiva superan el 80% de ocupación, lo que pone a su sistema en crisis.

Otra mala noticia llegó desde Argentina, donde el presidente Alberto Fernández informó el viernes que dio positivo para coronavirus, a pesar de haber recibido el 21 de enero y el 11 de febrero las dos dosis de la vacuna rusa Sputnik V.

Se sabe, como el mismo laboratorio ruso se encargó de aclarar luego de la noticia de Fernández, que la vacuna tiene un 91% de efectividad, es decir, el presidente argentino tuvo la mala fortuna de ser parte del 9% que aún vacunado, se contagia. De todas formas y en una coyuntura de tanta incertidumbre entre la población, un hecho como éste solo genera más desconfianza.

Como lo hicimos hace más de un año cuando inició la pandemia, más allá del análisis sanitario, es fundamental que otorguemos la importancia que merece a la otra pandemia: la económica. No queda espacio para más decisiones que profundicen la crisis.

La semana pasada, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) advirtió que una de cada tres naciones de la región está en situación de “vulnerabilidad financiera”, según un indicador construido con base a los niveles de deuda y a criterios de liquidez y solvencia.

No hay que indagar mucho para comprender que no existe músculo económico ni humor social para una nueva cuarentena larga y estricta como la del año pasado. Sería imperdonable que tantos meses después, no hayamos aprendido nada que nos permita manejar mejor esta crisis.

Por eso, y después de todo lo visto en los últimos meses, no está demás insistir en que hay que tener mucho cuidado con que las malas decisiones de nuestros gobiernos no conviertan un inevitable segunda ola en un inmanejable tsunami.

Miguel Velarde
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