Cada vez más sumergidos

Nadie sabe cuántos han sido vacunados en Venezuela, legal o ilegalmente. Es un número que comenzó guardándose en la oscuridad del secretismo y hoy no es posible de calcular. Porque en el mismo pote entran los vacunados abiertamente (con vacunas que cumplieron los protocolos), los que obtuvieron la protección vía «delivery» (tremendo negocio), los que acudieron a un centro de salud y les inyectaron algo, no se sabe qué, pero que no era la vacuna. Así las cosas, hoy hay gente, no se sabe cuánta, que está vacunada y gente que cree que está vacunada. 

El mercado negro es un negocio que opera manipulando las emociones. El miedo, la angustia, la desesperación. La certeza de que el gobierno no está haciendo nada para que lleguen vacunas. El terror de la posibilidad de contagiarse y acabar muerto o, en el mejor de los casos, arruinado luego de tener que pagar millones en gastos de hospitalización y tratamiento. La gente cae en estado de pánico. Y ahí prospera la delincuencia. 

Dado que el gobierno tiene el férreo monopolio de las vacunas (nadie las puede importar), es gente del mismo gobierno la que facilita y alimenta el mercado negro. Se quedan con el santo y la limosna. El asunto ya llega a escalas de máxima criminalidad. En una instalación hospitalaria, previo acuerdos pecuniarios en verdes, hay quienes acuden a vacunarse. Hasta les dan un «certificado». Y les tranquilizan diciéndoles que «usted puede confiar, que somos gente seria». Les enseñan la caja de la vacuna y el vial con etiqueta. No les dicen que ya el proceso es todo un timo. Que esos viales fueron rellenados con alguna sustancia inocua. Que la reconstrucción de la caja, del sello y del certificado es asunto de habilidad.

Nadie sabe cuándo o cómo logrará saberse la verdad. O cuántos que creen estar vacunados se contagiarán. La recomendación es cuidarse, todavía más. No confiarse. Que el virus se ríe a mandíbula batiente de timadores y timados.

Entretanto, todos los días nos enteramos del contagio o deceso de prestadores de servicios de salud. Para ellos, personal primordial, no hubo vacunas. Las que ellos han debido recibir, por elemental ética y lógica, se las dieron a quienes tuvieron palanca, contacto o verdes para pagar. 

Esta semana sufrimos la angustia de ver a Tania Sarabia contagiada y hospitalizada. Se cansó de pedir que la vacunaran. Pero no. A pesar de su edad y su condición de superviviente de cáncer, para ella no hubo vacuna, como no la hay para tantos en su misma situación. 

Pero no se puede cargar sobre los hombros de los que pagaron este pecado. Son víctimas de un dilema ético creado por un régimen inmoral. 

Con cada pinchazo de verdadera vacuna el mundo va superando este drama.  En Venezuela cada vez estamos más sumergidos en el pantano de la tragedia.

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