La aldea que se convirtió en ciudad

El general Antonio Guzmán Blanco era un verdadero enamorado de París. La ciudad de la luz era la capital del mundo y él se embelesó con el ambiente de la elegancia, lujo social, así como las frases ingeniosas de los franceses. Por eso se dedicó a modernizar Caracas y convertirla en lo que él mismo bautizó como el “Petit París”.

Se afanó en transformar a una pequeña población que estuvo paralizada durante décadas, como detenida en el tiempo. Una cuyo deficiente estado de conservación era evidente y donde nada funcionaba. Quiso que esta dispusiera de servicios e instalaciones esenciales para una vida que se aproximara a los parámetros de lo civilizado, como había visto en Europa.

Diseñó claramente las gestiones de gobierno para ocuparse de la ciudad en líneas generales. Un plan maestro para la transformación del espacio caraqueño que se manifestó en el tipo de edificaciones, la ubicación de las mismas en la ciudad y su significado. 

Lo primero fue proyectarlo en maqueta, trabajo de arquitectos, que por primera vez en Venezuela se destacan de manera importante en la evolución urbanística de la capital. En estas labores destacaron los señores Juan Hurtado Manrique y Luciano Urdaneta. Una vez realizada esa primera tarea, se debía conseguir, disponer y administrar los fondos necesarios para el desarrollo del plan, para lo que sirvió la Compañía de Crédito.  Se puso entonces manos a la obra y el mismo Guzmán Blanco fue el encargado de coordinar e impulsar el programa.  

Para el año 1873 la pequeña aldea, en la cual aún podían verse ruinas del terremoto de 1812, comenzó a vivir bajo una constante y tupida nube de polvo que todo lo ensuciaba, haciendo difícil a veces hasta respirar. Esto fue consecuencia de la construcción de pasos públicos como el de “El Calvario” con su magnífico jardín, también por la demolición de edificios para dar paso a nuevas obras.

La primera de todas fue el Panteón Nacional al Norte de la ciudad, decretado el 27 de marzo de 1874. Para ello se recuperó la iglesia “La Trinidad”, que se encontraba en ruinas desde el año del sismo. Delante de un monumento esculpido por el artista italiano Pietro Tenerani y debajo de una enorme lámpara de cristal de “baccarat”, fueron colocados los restos mortales del Libertador. En otras partes del templo se depositarían a futuro los de los próceres y ciudadanos ilustres. De ese modo, el máximo honor que podía recibir un venezolano, era ser enterrado en el mismo lugar que reposaban los de Simón Bolívar, eminencia de la Patria. Escoltar por la eternidad al inmortal. 

El arquitecto francés A. Roudier diseñó el proyecto para convertir la Plaza Mayor en la Plaza Bolívar, dotada en el centro del cuadro con una espectacular estatua ecuestre del insigne que le daba su nombre, también elaborada por otro artista italiano llamado Adamo Tadolini. En el pedestal del monumento le pusieron una placa con la siguiente inscripción:

-“El Ilustre Americano, General Antonio Guzmán Blanco, erige este monumento.”

El sitio sirvió como lugar de encuentro, descanso, paseo, discusión y reunión social de los caraqueños, que fueron acostumbrándose a vivir alrededor de la figura del Libertador.

Estaba clara la carencia de instalaciones como edificaciones destinadas a servir de sede a los Poderes Públicos, actividades de enseñanza, recreo y esparcimiento, labores culturales y religiosas; así como infraestructura de servicios como acueductos, tratamiento de aguas servidas, iluminación y salud pública. Dotar a Caracas de esos elementos urbanísticos convirtió lo que era una aldea en una verdadera ciudad.

El problema del agua fue solucionado con la elaboración del acueducto, suplido por los estanques ubicados en la colina de “El Calvario”, alimentados por el río “Macarao”. Las calles, de tierra que levantaban polvo en el verano y salpicaban barro en el invierno, fueron pavimentadas. Poco a poco, se fueron alfombrando de adoquines para facilitar el tránsito de coches y carretas. Todo con un sistema de aceras elevadas para el uso peatonal.

Pero la construcción de los edificios públicos fue, tal vez, la obra más significativa y opulenta, dándole cierta majestuosidad por la falta de costumbre de la población en observar la elaboración de obras de talla como lo fue la del Capitolio Federal, por las dimensiones del inmueble, la belleza de su diseño y su apariencia elegante. Algo nunca visto por la urbe y sus habitantes.

“El Ilustre Americano” convirtió el Capitolio en un símbolo que hasta entonces no existía de lo que significaba el Poder Público en el país. Uno enorme y suntuoso en el que ubicó el lugar de trabajo para las dos cámaras legislativas, el despacho del Ejecutivo y la Corte Federal.

Todos los caraqueños pudieron ver al general Guzmán Blanco visitar e inspeccionar los trabajos en el día a día, actuando directamente en el proceso de supervisión y toma de decisiones en el tema de su construcción, que culminó en 1877.

El edificio pasó a ocupar una manzana completa, quedando ubicado frente a la Universidad y en ángulo con la Plaza Bolívar, rodeado de paseos en forma de “boulevares”, decorados con arboledas. Su cúpula dorada destacó como punto de referencia obligado sobre los techos rojos de Caracas, para que todos supiesen desde donde se gobernaba Venezuela. 

Jimeno Hernández
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