No hay vacuna contra la incurable estupidez

Uno podría haber pensado que el homo sapiens comparte con las demás especies el instinto más elemental de todos, el de la supervivencia. Resulta que no. O que no siempre. En el país más próspero de la historia de la humanidad hay gente, mucha, que exige sobornos para no matarse.

Me refiero a Estados Unidos y los incentivos económicos, gastronómicos o sexuales que se están ofreciendo para que sus habitantes se salven la vida vacunándose contra el coronavirus. Las pruebas de que las vacunas funcionan son contundentes, arrolladoras, matemáticamente irrefutables pero hay entre un 15 y 20 por ciento de estadounidenses que no se lo creen.

Mucho se especula sobre cuales serán los legados de la pandemia pero existe una conclusión a la que podemos llegar ya con absoluta certeza. La pandemia ha confirmado, quizá más que nunca, que una proporción importante de la población humana es tremendamente estúpida. Digo más que nunca porque jamás el mundo ha vivido una época en la que más personas tienen acceso a la educación. Pese a que el porcentaje de gente que sabe leer y escribir y sumar es más alto que en cualquiera de los 300.000 años desde que habitamos la tierra, demasiados miembros de nuestra peculiar especie siguen incapaces de distinguir entre la más flagrante mentira y la más manifiesta verdad.

La excusa que podrían haber tenido anteriores generaciones no existe, o no en la misma medida. Esto no va a cambiar. A diferencia del Covid, estamos hablando de un problema incurable. Un problema que explica la persistencia con la que la gente vota y vota, año tras año, por perfectos imbéciles.

No fue ninguna sorpresa descubrir que existe una clarísima correlación entre la gente que votó por Donald Trump y los que se niegan a vacunarse. Un repaso de las numerosas encuestas que se han hecho demuestra que al menos el 25 por ciento y quizá hasta el 40 por ciento de los votantes del partido republicano de Trump dicen que no se pondrán la vacuna contra el Covid comparado con solo cinco por ciento de votantes del partido demócrata del actual presidente, Joseph Biden. Una de las encuestas concluyó que la mitad de los votantes trumpistas que viven en las zonas rurales o tienen entre 18 y 49 años le temen a la vacuna más que a la enfermedad.

Temen que, por ejemplo, al recibir la vacuna se les implantará un microchip que permita al gobierno monitorear todo lo que hacen y todo lo que piensan; se creen que durante la llamada “gripe española” de 1918 las vacunas causaron 50 millones de muertes, cuando la verdad es que nunca existió ninguna vacuna contra la gripe española; se creen, como declaró una señora de Tennessee ante una comisión gubernamental esta semana, que la combinación de las vacunas y las torres de las redes 5G provocarán una reacción magnética cuya consecuencia será que los tenedores y los cuchillos saltarán de la mesas y se pegarán a las frentes de las personas.

Vemos todo esto y es más fácil entender que tres cuartos de los simpatizantes republicanos sigan convencidos de que Biden le robó la presidencia a Trump y que el 30 por ciento de ellos tiene la certeza de que en agosto Trump será restaurado a la Casa Blanca. Pero aún no hemos tocado fondo. Descendemos a un punto de estupidez incluso más profundo y oscuro cuando descubrimos que la misma gente que piensa que la vacuna le va a matar, o convertir en zombies, cambia de opinión y aceptan el pinchazo a cambio de un regalito. Tras vivir cuatro años en Estados Unidos me fui con la idea de que era un país de adolescentes. Me equivoqué: es un país de chicos pequeños.

Premios e incentivos
El estado de Nueva Jersey ha financiado un plan según el cual recibes una cerveza gratis tras demostrar que te has vacunado. En Nueva York te dan una entrada gratis a un partido de béisbol de los New York Yankees. En West Virginia, un billete de lotería que te ofrece la posibilidad de ganar una escopeta. En Michigan una tienda que vende marihuana ha regalado 35.000 porros a aquellos clientes capaces de demostrar que han sido vacunados. Por todo Estados Unidos la franquicia Krispy Kreme regala dos donuts a los que tienen el certificado de vacunación, otras empresas de fast food obsequian hamburguesas y patatas fritas.

Se podría cuestionar si la oferta de comida alta en calorías es una opción sensata cuando es bien sabido que el coronavirus impacta de manera más grave en la salud de los gordos que de los flacos pero, bueno, los que entran en estos juegos no son muy de cuestionar, que digamos. Lo mismo podríamos decir del premio de la escopeta en un país en el que las armas de fuego cobran 40.000 muertes anuales.

Más saludable es la iniciativa propuesta por las aplicaciones de citas Tinder, Hinge y Bumble. Las empresas que se dedican a conectar almas gemelas, o parejas libidinosas, se han asociado con la Casa Blanca para promover el uso de las vacunas entre los escépticos. Según entiendo los clientes que han recibido la vacuna se clasifican con algo llamado “super likes”. Como consecuencia, tienen más visibilidad en las apps, más opciones de ligar. La idea, según un comunicado presidencial, es que el haber recibido la vacuna te identifica como una persona que posee “una cualidad universalmente atractiva”.

Más digna de encomio, me atrevería a decir, es el regalo que el presidente Biden va a ofrecer a los 92 países más pobres o más caóticos, o los dos a la vez, del mundo. En un gesto que a Trump jamás se le hubiera ocurrido, Biden anunció esta semana que su gobierno compraría y donaría 500 millones dosis de la vacuna Pfizer a dichos países.

Se compensa así la obscenidad de que en un país tan afortunado como Estados Unidos haya tenido que convencer a su gente a vacunarse con ofertas de dinero, donuts o sexo. La estupidez humana es infinita, ya vemos, pero hay consuelos. La generosidad es uno de ellos.

Fuente: Clarín

JOHN CARLIN
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