Castigo y perdón

A principios de 2011 un chico de 16 años participó en una protesta contra el régimen de Arabia Saudí. Fue detenido cuatro años más tarde cuando la policía descubrió fotos de la protesta en su celular. Según sus familiares se le mantuvo incomunicado en la cárcel durante seis meses sin acceso a un abogado y solo confesó al crimen de “incitar la sedición” tras una serie de palizas brutales. En 2018 un tribunal le condenó a muerte. Hubo una campaña mundial para salvarle la vida pero de nada sirvió.

El martes de esta semana los padres de Mustafa Hashem al-Darwish, de 26 años, se enteraron a través de los medios oficiales saudíes de que ese mismo día le habían cortado la cabeza.

¿Qué decir? Me quedo sin palabras. Alzo la mirada de la pantalla de la computadora, me levanto y me doy una vuelta… Bueno, veamos el lado positivo. Mohamed bin Salman, hijo predilecto del rey y poder absoluto en aquella beata nación, observó las formas. Actuó dentro de la ley. Ley islamofascista, quizá, pero ley. No fue como el caso del periodista disidente Jamal Kashoggi, descuartizado en el consulado saudí en Turquía en 2018 por un equipo de especialistas a las órdenes del susodicho defensor de la fe.

Habría que entender también que pese a que expertos internacionales tachan a Bin Salman de “reformista” (no olvidemos que en 2018 tuvo el detalle de conceder a las mujeres el derecho a manejar autos), el espacio mental que habitan él y su gente está anclado en la Edad Media. Rezan al cielo “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso» pero la clemencia y la misericordia no son valores que aplican con mucho fervor aquí en la tierra, mortal hipocresía que nos recuerda a los antiguos inquisidores cristianos, más proclives ellos al mensaje vengativo del Antiguo Testamento (“ojo por ojo”) que al de la caridad que proclama Jesús Redentor en el Nuevo.

No pensemos tampoco que tenemos el dilema entre el castigo y el perdón tan resuelto acá en los países que hemos entrado en el Siglo XXI. Hay espacio para la mejora en todas las democracias occidentales. El caso del chico saudí nos da una pista de por dónde podríamos empezar.

La cuestión es la siguiente: ¿hasta qué punto debería existir un mayor grado de clemencia cuando el criminal comete su delito a una edad cuando apenas ha aprendido, como dice un personaje del novelista Saul Bellow sobre un par de adolescentes, a cagar?

La noticia de Hashem al-Darwiz me dejó helado. Dos más que leí esta semana no tanto, pero me perturbaron. Ambas tienen como escenario las dos democracias más antiguas y más autosatisfechas del mundo, Reino Unido y Estados Unidos. Ambas tienen como protagonistas a individuos castigados por la ley por crímenes cometidos cuando eran muy jóvenes.

La noticia británica es sobre una mujer que hoy tiene 20 años llamada Shamima Begum. Cuando tenía 15 abandonó su hogar en Londres y viajó a Oriente Próximo para incorporarse al movimiento terrorista ISIS. Se vistió de negro de arriba a abajo, tuvo tres hijos, todos los cuales murieron, y hoy habita un campamento de refugiados en Siria. Arrepentida por el error en el que cayó en su adolescencia, según dijo al Daily Mail esta semana, ruega que el gobierno británico cambie de opinión y le permita volver a su país natal. Unos jueces decidieron que ella tenía razón pero el gobierno apeló y un tribunal superior dijo que no. Begum sigue en el limbo, vestida ahora de camiseta y vaqueros ajustados, con los labios en las fotos visiblemente pintados.

En Estados Unidos salió publicada una extraordinaria entrevista desde la cárcel con un hombre llamado Kip Kinkel. Cuando tenía 15 mató a sus padres y a dos chicos en un colegio de Oregon. Se le condenó a 115 años sin posibilidad jamás de libertad. Kinkel dice en la entrevista que nunca había hablado en público antes por temor a dañar más los familiares de sus víctimas. La culpa y la vergüenza que siente es feroz, escribe la entrevistadora, y hoy el personaje que presenta no coincide en absoluto con aquel niño que hizo un daño tan terrible a su comunidad. Tiene un título universitario y es instructor de yoga. No pide clemencia pero señala que antes de cometer los asesinatos fue diagnosticado con un caso grave de paranoia esquizofrénica. Oía voces y se obsesionó con la muerte, las armas y las bombas.

¿Porqué decidió Kinkel por fin romper su silencio? Eso es lo interesante. Fue, explicó, porque había visto demasiados casos de personas como él encarceladas en la juventud a las que, utilizando su caso como precedente legal, se les negaba “una segunda oportunidad”.

Existen infinidad de variaciones sobre el tema, la mayoría infinitamente más banales que los casos de Begum y Kinkel, como el del rapero mallorquín Valtònyc que huyó de España tras ser condenado a 3 años y medio de cárcel por escribir canciones a los 19 años que, según la letra de la ley, enaltecían el terrorismo y calumniaban al rey. La cuestión es si uno es más responsable de lo que hace a los 16 que a los 15 años, a los 19 que a los 16. O a los 24 que a los 20. ¿Cuál es la edad en la que uno se merece sufrir todo el peso de la ley? ¿Cómo se decide, y quién, que una persona ha llegado al punto de la plena de madurez? Sospecho, en base a mi experiencia personal, que no se llega nunca.

Por eso, en la duda, me inclino hacia el perdón. Voy con Shakespeare, que escribió, “La cualidad de la misericordia no se fatiga./Cae como la suave lluvia del cielo/Sobre el lugar debajo./Es dos veces bendecido:/Bendice al que da y al que toma”.  Otros se inclinarán, muy legítimamente, hacia el castigo. Reconozco que hay casos en el que no hay ni duda ni perdón posibles. Como el de Mohamed bin Salman. En 2017, un año antes del asesinato de Kashoggi, me ofrecieron un millón de dólares para escribir su biografía. La oficial. Mi pequeño castigo fue mandarlo a la mierda.

Fuente: Clarín

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