El penoso triunfalismo inglés

En tiempos de paz no hay nada que exalte más los sentimientos patrios que el fútbol, y más cuando se está disputando un torneo internacional como un Mundial, una Eurocopa o una Copa América. Hablo de personas normales. Para mí estos torneos lo que hacen es exaltar los sentimientos anti patrios. Mi más ferviente deseo durante la Eurocopa que llega a su conclusión ha sido que pierda Inglaterra. Hasta ahora me he visto frustrado. Solo me queda la esperanza de que Italia les gane en la final.

Esto provocará cierta confusión en aquellos que tienen la costumbre de referirse a mí como “un periodista inglés”. Cada vez que lo leo o lo oigo me irrito. Por dos motivos. Uno, que no es verdad: mi padre era escocés y mi madre española. Dos, que sí es verdad: nací en Londres, me eduqué en Inglaterra y, por más que me duela reconocerlo, la cultura que más me define es la inglesa.

No sé que hubiera dicho mi padre, que combatió en la Segunda Guerra Mundial, pero la semana pasada en octavos de final rezaba, casi, que Alemania ganase a Inglaterra. Cuando entró el segundo gol inglés y acabaron ganando me hundí. Igual cuando vencieron a Ucrania y luego a Dinamarca en la semifinal.

Nada contra el equipo inglés. Su estilo de juego no me agrada pero hay que reconocer que forman un bloque admirablemente solido. Inglaterra como país tampoco es del todo desdeñable. Ha aportado cosas a la humanidad, entre ellas su lengua, buenos versos, la revolución industrial, Chaplin, los Beatles y los Stones, Isaac Newton, Monty Python, David y Victoria Beckham, Winston Churchill, Borat, Diana y su hijo Harry, Amy Winehouse y el fútbol. Las libertades que ofrecen la antigua democracia parlamentaria tienen su atractivo también. Algún motivo habrá por el que el 99 por ciento de los habitantes de las Malvinas y Gibraltar insistan en seguir siendo leales a la corona inglesa.

Pero a mí me gusta mucho más mi madre patria española y siento más afecto por el país de mi infancia, Argentina. Por cierto, escribo esto antes de la final contra Brasil pero ojalá que les hayan ganado. Si no, recuerden el partido de 1986 contra Inglaterra. Siempre quiero que España y Argentina ganen a los ingleses en cualquier deporte, especialmente Argentina porque les duele más.

¿Cuál es mi problema? Sencillo. Habiendo vivido en muchos lugares, y ahora en Barcelona, los miro con una curiosa mezcla de distancia y cercanía y aunque tienen cosas que me inspiran orgullo el triunfalismo ingles me resulta detestable.

Las victorias de la selección de fútbol destapan el lado más feo de los ingleses. Verles celebrar durante esta Eurocopa, ver la histeria de los medios ante la posibilidad de que ganen su primer torneo internacional en 55 años, desde el Mundial de 1966, es enfrentarse a la esencia del espíritu del Brexit. No hablo de la salida en sí del Reino Unido de la Unión Europea, impulsada por los ingleses. Hablo de un fenómeno emocional que late en las vísceras de los isleños desde mucho antes del referéndum de 2016.

Consiste de un sentimiento de superioridad hacia el resto del mundo en general y hacia Europa en particular. Pero eso es solo lo que se ve en la superficie. Uno rasca un poco y ve algo más complejo, más retorcido. Ve que esta soberbia se basa en la nostalgia por la gloria perdida, en mitos como la persistencia del recuerdo del imperio y la noción de que ellos, solos, ganaron las dos guerras mundiales. Chocan duro con la realidad porque Inglaterra es un país cuya influencia mundial ha estado en permanente decadencia desde que los estadounidenses y los rusos vencieron a Hitler, desde que – oh triste ironía – Alemania se volvió un país mucho más potente.

Por eso se hacen un lío mental. Por eso el triunfalismo inglés contiene un ingrediente menos visible pero igual de real: la desesperación. Fue especialmente patético ver la importancia que le dieron al partido contra Alemania. Para los alemanes Inglaterra es un rival más, como Francia, España, Italia o Holanda. Para los ingleses Alemania es EL rival. Es la oportunidad de revivir la Batalla de Inglaterra y el Día D. No lo esconden. Cuando juegan contra Alemania los hinchas ingleses corean desde hace décadas un cántico supuestamente burlón pero en el fondo penoso, “!Un Mundial y dos guerras mundiales!”.  Su desesperación por creerse superiores nace de saber que se engañan. Saben que Alemania es un país más exitoso, que en Italia y España se vive mejor. Se aferran a la idea de que son los amos del fútbol pero saben que aquella victoria de la semana pasada fue la primera vez desde hace más de medio siglo que no perdían contra los alemanes en un torneo internacional.

La euforia ha sido el tono dominante de la prensa inglesa estos días pero me consoló encontrar el viernes en the Times unas palabras que me hicieron sentirme menos solo. El articulista escribió, “Detectó una vena desagradable de jingoism y triunfalismo en las celebraciones…ha sacado lo peor de los inglesillos”. Jingoism es una buena palabra, una de esas que se debería convertir en un anglicismo de uso habitual en otros idiomas. Significa, según el diccionario, “patriotismo extremo, agresivo”.

Estamos hablando del nacionalismo en su versión más rancia, de un sentimiento masivo que combina arrogancia, inseguridad, violencia y victimismo todos a la vez. No es algo exclusivo a los ingleses, alguien dirá. Es verdad. Por no ir más lejos, los argentinos algo saben de nostalgia, decadencia y desesperación. Mi particular sensibilidad hacia el jingoísmo inglés es fruto de mi cercanía. Que Inglaterra gane la Eurocopa hoy, justo en el año en el que salió de la Unión Europea, sería tener que presenciar de nuevo el pérfido show, esta vez más grotesco que nunca. No. Que les den un baño de humildad o, mejor todavía, que los humillen. ¡Forza azzurri

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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