Idiotas anónimos y los insultos en Twitter

Un chico de 19 años dio un ejemplo al mundo el lunes al tomar la valiente decisión de abandonar Twitter. Aguantó tres días y no pudo más. Entró en su cuenta y lanzó un sentido ataque contra…Twitter y otras redes antisociales como Instagram y Facebook. Algo así como fracasar en el intento de dejar la adicción a la droga, armarse un porro y fumarlo, todo el tiempo despotricando contra los daños que provoca la marihuana.

O una cosa o la otra, nene. Si vas a nadar en las fétidas aguas tuiteras aceptá las consecuencias. Si no las aceptas, dejalo. Buscate una diversión más digna.

El chico en cuestión juega para la selección inglesa de fútbol y se llama Bukayo Saka. Me dio una alegría, debo confesar. Falló uno de los penales que le dio la victoria a Italia en la final de la Eurocopa el domingo pasado. Los otros dos jugadores ingleses que tampoco marcaron fueron jóvenes y negros, como él. A las pocas horas empezaron a aparecer mensajes racistas contra los tres, y un cuarto jugador inglés negro, en Twitter.

No fue exactamente la noticia del siglo. Más “perro muerde hombre” que “hombre muerde perro”. Obviamente el sector cavernícola de la sociedad no iba a resistir la oportunidad de iluminar al resto de la humanidad con sus reflexiones.

Los diarios ingleses tampoco pudieron resistir. Recogieron los insultos y les dieron tema para las portadas y las columnas de opinión a lo largo de toda la semana. “¡Qué lacra el racismo!”, “¡Pobres chicos!”, “¡Qué asco que los millonarios popes de las redes sociales no censuren estas barbaridades!”. Hay una solución. Abandonar las redes sociales; condenarlas a los basureros de la historia.

Saka dijo en su tuit del viernes que tras fallar el penal supo “instantáneamente” el tipo de insultos que iba a recibir. ¿Entonces porqué los miró? ¿Es un masoquista? Yo dejé Twitter precisamente porque no lo soy, y porque la vida es demasiado corta y la indignación demasiado corrosiva para dedicarle un minuto de mi vida a tanta estupidez.

OK. Sí. Lo sé. Pretender que las redes sociales van a dejar de existir, que miles de millones serán capaces de superar su adicción, es ilusorio. Es seguir el ejemplo de Canuto, el rey danés de Inglaterra del siglo XI, que se sentó en una silla en la orilla del mar y ordenó a las olas que se detuvieran. No hubo manera.

Pero sospecho que es igual de inútil pretender que los genios que administran las redes sociales sean capaces de eliminar toda ofensa ─sea esta racista, sexista, gordista, feista─ del inconmensurable universo digital. Aparte, ¿quiénes son estos nerds californianos para determinar qué opiniones o qué personas representan un daño moral para la humanidad?

Cuando me enteré de que habían borrado la cuenta de Twitter de un expresidente de Estados Unidos que consiguió los votos de 74 millones de personas mi primera reacción fue aplaudir pero, pensándolo mejor, veo que no es una buena cosa. Si medio Estados Unidos quiere leer lo que tuitea una vaca naranja con retraso emocional negárselo es atentar contra la libertad de expresión.

Además, a diferencia de la enorme mayoría de los suscritos a Twitter, @realDonaldTrump no se escondía. Y e aquí una solución factible, quizá, al problema de las barbaridades que se dicen en las redes. ¡Acaben de una vez y por todas con el anonimato!

En los viejos tiempos antes de la era digital los que escribían a los diarios a dar sus opiniones tenían que proporcionar sus nombres reales (verificados con su dirección y número de teléfono) antes de que se publicaran sus cartas. Aún se mantiene la tradición en algunos medios hoy. Que hagan lo mismo ahora en las redes sociales y con los comentarios que publican los diarios debajo de los artículos en la web.

Así, de golpe, se eliminaría un altísimo porcentaje de la bosta que prolifera hoy por internet. La gran mayoría de los cobardes que se refugian en el anonimato se callarían. Los audaces más tontos, bueno, se sabría quiénes son. Harían el ridículo frente a sus familiares y vecinos, recibirían el oprobio de la sociedad y, en casos de incitación extrema al odio, se las tendrían que ver con la ley.

Al reducir dramáticamente la cantidad de sandeces que dan la vuelta al mundo se mejorará también la salud social. Ganaremos perspectiva, objetivo tan deseable como inusual. Veamos el caso de los insultos racistas que sufrieron los cuatro jugadores ingleses negros.

Se montó un drama nacional en Inglaterra, se creó la percepción de que el país sufría una epidemia de racismo, cuando la realidad, como se ha constatado, es que entre los cuatro recibieron no más de dos mil de estos insultos. Dos mil son dos mil demasiados pero tomando en cuenta que Inglaterra tiene 56 millones de habitantes estamos hablando de un porcentaje minúsculo de la población.

Minimizar la exagerada histeria que las redes provocan ─en todos los ámbitos─ representaría un avance.

Hay un poderosos argumento, eso sí, en contra de acabar con el anonimato. Que menos personas acudirían a Twitter y la empresa perdería dinero. Pero sospecho que muchos podríamos convivir con semejante tragedia, especialmente si como consecuencia se reduce el mundanal ruido y se deja de crear la percepción de que la especie se vuelve cada día más bestia cuando lo más probable, especialmente en el caso del racismo, es que lo opuesto sea verdad.

Apostaría cualquier cosa que el mundo real que habita Bukayo Saka es mucho más decente y civilizado que el que vislumbra cuando abre su cuenta de Twitter. Se acabe o no con lo pseudónimos, el mejor favor que se podría hacer a sí mismo es abandonar las redes sociales para siempre.

Sería un favor a la sociedad en general ya que cuantos más famosos abandonen el vicio, más personas normales imitarán su ejemplo y más se acercará la feliz posibilidad de que Twitter será recordado como un aberrante fenómeno de principios del siglo XXI.

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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